Lo de estar gorda: 5 cosas que debes saber

FEAT-AMARSENo me cansaré, hasta que me muera, de hablar de esto.

A lo mejor piensas que no me importaría si estuviera flaca, pero te equivocas. He sido una persona de apariencia delgada, de talla 36-38, larga melena castaña y ojos verdes. No hace mucho. Ahora gasto la 4o. De entre todas las cosas que se me pueden llamar, gorda no es una de las más adecuadas para describirme. No es precisa. No estoy gorda.

No conozco a todas las gordas del mundo, así que esto que escribo aquí se basa en mi experiencia propia y en lo que he aprendido de las gordas de mi alrededor. Te sorprendería saber hasta qué punto las flacas de mi alrededor comparten muchas de estas cosas.

1.- Ser gorda está prohibido

A lo mejor no te lo parece porque ahora hay modelos de talla grande y tenemos weloversize.com, pero no. La verdad es que ser gorda está prohibido. No lo prohibe la legislación, pero sí lo condena el mundo. Lo condenan las tiendas cuyas tallas grandes no les entran a mis amigas más delgadas, por ejemplo. Pero también lo condenas tú cuando ves a una gorda en leggings y te preguntas si no le dará vergüenza enseñar la celulitis, o la arruga de la cintura. Lo condeno yo cuando veo a una chica gorda entrar en un MacDonalds.  Lo condenamos todos cuando decimos de alguien que es guapo pero está gordo, que es muy mona, pero le sobran kilos. Estar gordo es el defecto que elimina todas las virtudes. Es lista pero está gorda. Adele canta de vicio pero hay más titulares acerca de su talla que acerca de su música (casi).

2.- Cuando una gorda adelgaza no se pone ropa ajustada para gustar a los hombres ni para que la envidien las mujeres

Como la obesidad está prohibida, cuando una gorda adelgaza, lo que hace es, por fin, encajar en la norma, salir de la ilegalidad estética, saludable y hasta moral y convertirse en una mujer normal. Por tanto, se viste como lo hacen las mujeres normales. Acorta faldas, estrecha blusas, se atreve con los shorts y le grita al mundo que por fin tiene un cuerpo aceptable. A lo mejor hasta se maquilla porque cree que ya se lo merece, porque ha renunciado a un gran porcentaje de lo que era (literalmente, ha renunciado a una parte de su cuerpo) para poder ser como las demás.

Dirás que lo de la normalidad es relativo y yo me morderé la lengua para no mandarte muy muy lejos. Haz la prueba:abre google imágenes y escribe cuerpo mujer normal. Verás como enseguida identificas las excepciones. Bingo, las excepciones son gordas.

3.- Adelgazar no es una alegría

Adelgazar es una imposición. Y no, casi nadie que yo conozca adelgaza por salud. Adelgazamos para estar más guapas porque nuestra obligación como mujeres es ser guapas y la belleza es mayor si la sustentan pocos kilos. Ese es el mensaje mayoritario. No te atrevas a decirme que no. O atrévete, que lo niegues no va a cambiar la realidad.

Da mucha alegría entrar en unos pantalones dos tallas más pequeñas. De inicio se siente una gran sensación de triunfo, sí. Luego lo quieres celebrar y, no sé ¿tomarte un helado? ¡No! ¡Horror! Un helado hará que jamás vuelvas a poder ponerte esos pantalones. Así que nada de helado, nada de disfrutar. A la alegría la sustituye de inmediato el miedo. El pavor a volver a ser gorda, a volver a estar prohibida, a que salga al aire tu gorda interior.

4.- Ser gorda es muy cansado

En serio. Ser gorda y no gustarse (francamente, no conozco a ninguna mujer que se guste ni flaca ni gorda, pero las gordas, además de no gustarse, son gordas, que ya es mala suerte) es agotador. Para empezar, cuando abres el armario por la mañana no buscas algo que te quede bien, sino algo que no te quede mal. Sales a la calle pensando que a lo mejor lo que llevas puesto oculta tus redondeces de manera más eficiente. No aspiras a gran cosa, sólo a no disgustarte y a no cazar ninguna mirada reprobatoria. El objetivo no suele cumplirse.

5.- No, a las gordas no les hacen falta tus consejos

No necesitamos que nos digas que nos vendría bien perder unos kilos, ni que debemos querernos más, ni que nos mientas y nos digas que la talla no importa ¿que la talla no importa? Pues deja de hablar de la talla. Si de verdad no te importa mi aspecto porque me quieres como soy, deja de decirlo. No me digas que a mi figura la va mejor una falda de tubo que una de vuelo. Es muy probable que me haya leído todas las páginas de moda que existen para ver de qué manera la ropa diseñada para las flacas me puede hacer parecer menos horrenda.

A ver si has pillado la paradoja de la última frase…

A modo de cierre diré que es muy probable que te ofenda esto, pero la mayor parte de nosotros somos esclavos. Esclavos del trabajo o de la carencia de trabajo, esclavos de las expectativas de nuestro entorno, pero también de las del mundo. Esclavos con muy poca capacidad de elección. Las mujeres además son esclavas de… ¿en serio necesitas que lo escriba? Somos esclavas de un ideal no de belleza, sino de normalidad, que no es que sea poco razonable, es que no existe. La esclavitud de las mujeres gordas es triple: por ser personas, por ser mujeres y por ser gordas, por estar prohibidas y sometidas a la obligación de encogerse, de estrecharse, de renunciar a docenas de cosas y hasta de ideas, para poder salir a la calle a que las insulten por llevar la falda corta.

¿Sabías que muchas mujeres gordas creen que no merecen ser amadas o deseadas? ¿Sabes que muchos hombres se avergüenzan de sentirse atraídos por mujeres gordas? Eso también es esclavitud.

 

 

¿Qué es la normalización de la violencia contra las mujeres?

FEAT-VIVIRLa normalización de la violencia contra las mujeres no es la generalización de las agresiones a mujeres por parte de hombres. Tampoco es una acusación. Cuando digo que la violencia contra las mujeres está normalizada no digo que todos los hombres sean unos agresores potenciales, unas malas personas y que deban ir al infierno por ello. Tampoco digo que todas las mujeres sean unas santas.

Escribir el párrafo anterior ya es un síntoma de hasta qué punto está normalizada esa violencia. Básicamente, lo que acabo de hacer es ofrecer las palmas de mis manos en son de paz: “¡Eh! ¡No me peguéis virtualmente, que yo sólo quiero explicar una cosa! Luego ya si no estáis de acuerdo, pues genial, pero hablemos. Hablar mola”.

Tener que escribir eso, tener que poner una defensa preventiva antes del texto en sí, ya debería darnos a todos una pista de lo que pasa.

Cuando digo que la violencia contra las mujeres está normalizada digo que es algo que está tan arraigado en el mundo que vivimos, que ni siquiera se percibe como violencia contra las mujeres.

Como la violencia no se percibe como violencia sino como algo sin importancia, algo normal (normalización), cuando se pone de manifiesto que sí es violencia, quienes ejercen esa violencia se sienten atacados y reaccionan de manera agresiva.

¿Quiénes se sienten atacados y reaccionan de manera agresiva? Hombres y mujeres. A lo mejor esto os sorprende, pero sí. La violencia contra las mujeres también se percibe por nosotras como algo normal. Y por eso muchas (muchísimas) mujeres dicen que quienes hablamos de normalización de la violencia, de micromachismos, de sesgos machistas, etc. somos unas exageradas.  También las mujeres llaman a otras mujeres feminazis. Los hombres lo hacen más y con mayor vehemencia. Esto no me lo invento yo porque sea una retorcida mujer en busca de la criminalización del hombre, esto se lee en los comentarios a casi cualquier post de, por ejemplo, @barbihijaputa (esta frase también busca poner la venda antes de la herida ¿veis?).

¿Os cuento un pensamiento machista que os acaba de cruzar a todos por la cabeza? Sí, soy así de lista. Todos habéis pensado que es peor una mujer machista que un hombre machista. La sorpresa es que no, no lo es. Las lacras sociales son iguales para todos.

Hasta ahora tenemos las siguientes ideas:

  1. La violencia contra las mujeres está normalizada, es decir, actos de violencia contra las mujeres no se perciben como actos violentos.
  2. Cuando se dice que esos actos no percibidos como violentos lo son; es decir, cuando se visibiliza la violencia como tal, hombres y mujeres se ponen a la defensiva y contestan con agresividad.

¿La consecuencia? Se genera todavía más violencia contra las mujeres en forma de insultos, muchos de ellos de carácter sexual: “a ti te daba yo lo tuyo” es la frase que mejor resume casi todos esos insultos. Y los resume bien porque incluye al hombre como jefe que sabe lo que le conviene a la mujer, a la mujer como ignorante además de carente y el contenido sexual que pone a cada uno en su sitio (al hombre en posición de poder y a la mujer en posición de sumisión).

Estoy segura de que casi todos los hombres que hayan llegado hasta aquí se mueren por un par de ejemplos de esa violencia normalizada contra la mujer. Aquí vienen: violencia en publicidad. Totalmente gratuita. Diréis que la publicidad es solo eso y que bla bla bla. Vale, para que os deis cuenta de hasta qué punto os parece normal algo que no debería serlo en absoluto, haced el siguiente ejercicio.

Imaginad, para cada imagen, que la posición ocupada por la mujer la ocupáis vosotros.

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¿Y cómo se “cura” la normalización de la violencia? Pues haciendo un ejercicio de humildad. Hay que estar atento y dejar fuera de la ecuación lo de sentirse ofendido. La mayor parte de los hombres son tan buenas personas como la mayor parte de las mujeres y todos tenemos sesgos machistas. Cuando veamos que se dice que un hecho manifiesta la normalización de la violencia contra las mujeres, en lugar de ponernos de uñas y sentirnos atacados, deberíamos pararnos a pensar si nos gustaría que lo que fuera nos lo hicieran a nosotros.

 

La foto de los violadores

FEAT-VIVIR

Hacía mucho tiempo que no me asustaba tanto como hace un rato, cuando he visto la foto de los violadores detenidos en San Fermín.

Son cinco hombres ¿muchachos? No sé qué edad tienen, no lo he leído, he preferido no hacerlo. En cualquier caso son cinco perfiles masculinos que podrían corresponder a cualquiera de los hombres de mi entorno. Mi novio, sus amigos, mis compañeros de trabajo… cualquiera. Sobre todo porque sus caras están pixeladas y no puedo agarrarme a los rasgos definitorios del monstruo.

Ese es el problema y de ahí viene el miedo: no son monstruos. Son tipos normales. Llevan camisetas blancas de las fiestas, vaqueros y beben cerveza. Como todos los chicos que conozco. Son personas normales que han llevado a cabo un acto monstruoso. Un acto monstruoso normal.

Cinco hombres (¿muchachos?) han violado a una chica de 19 años en el transcurso de una fiesta popular porque eso es lo que se hace, porque se puede hacer. Ayer compartía una frase de esas de red social que hablaba de los piropos callejeros, de que un piropo callejero no es una muestra de admiración sino un alarde de poder.

Una violación no se perpetra por deseo sexual, estoy segura. A esos cinco no se les puso dura porque la muchacha fuera una belleza. No sé si lo era. Esos cinco se vinieron arriba porque podían.

En un mundo en el que no se puede nada, los hombres normales que no pueden nada ejercen ese poder físico, bestial, sobre mujeres que pueden menos. Es así. Se ve a diario.

No todos los hombres, está claro. Algunos se conforman con ejercer el poder del improperio callejero y otros, los hombres de verdad, tratan a las mujeres como lo que somos: personas. Me precio de conocer a un buen puñado de estos últimos.

Me asusta no saber a cuántos de los otros conozco.

Este miedo no es compartido por los hombres. Los hombres no cambian de acera cuando en su camino hay un grupo de otros hombres. Los hombres no piensan si se les ceñirá demasiado la camiseta al pecho. Los hombres quizá teman una paliza. Las mujeres somos educadas con el miedo a que nos tiren al suelo y nos abran de piernas. Es así.

Cuando camino de noche por esas calles porque, por Dios, tengo 42 años y derecho a llegar a mi casa a la hora que me de la gana, no temo que me roben, ni que me empujen, ni que me magullen. Temo que llegue un tío, que lleguen dos, y que me bajen las bragas. Es un miedo real. En mi cabeza siempre les hablo. Siempre les digo que, si van a violarme, mejor me matan. Porque si no les mataré yo. Antes o después, de una manera o de otra. Porque en ese momento no podré, podrán ellos conmigo. Pero ya llegará el poder.

Es lo que me digo para dar el siguiente paso y luego el otro, hasta que llego a mi portal y me aseguro de que la puerta queda bien cerrada a mi espalda.

En Madrid, un fin de semana normal, sin fiestas populares ni circunstancias especiales.

No conozco a ninguna mujer que viva sin ese miedo.

Ahora venid a hablarme de igualdad.

violad

Me agota

FEAT-ESCRIBIR

 

 

 

 

Me agota

el arte este del misterio

que consiste

en hacerse ver hasta el tuétano

sin mostrarse.

 

Me agota

la colección de talentos

que explota

en fuegos artifecales

blanquinegros.

 

Me agota

que sea todo cierto.

Me cansan la simpleza

y la esperanza.

Ser simple es bueno.

 

Y a mí me agota.

Gota a gota me deshago

así, por dentro;

por fuera me encalo y la de arena

¿Y la de arena?

¡La de arena!

 

Se escurre por el cuello

angosto del tiempo que se agota.

El tiempo muerto

de enseñarse,

de ensañarse con lo ajeno.

 

 

¿Por qué has votado al PP?

FEAT-VIVIRReconozco que escribo esto desde la más profunda incomprensión. No comprendo a los millones de ciudadanos que han votado a un partido político del que se sabe que, durante su estancia en el gobierno del país, ha robado cantidades ingentes de dinero. De mi dinero y del dinero de sus votantes. De tu dinero. Por eso te pregunto:

¿Por qué has votado al Partido Popular?

Tengo la sensación de haber caído en una especie de pesadilla de la que jamás podré salir, una pesadilla en la que el resultado de las elecciones es un arma arrojadiza que unos esgrimen contra otros: hemos ganado y por lo tanto os fastidiáis. Pero no nos fastidiamos nosotros, nos fastidiamos todos, porque lo que un gobierno hace o deshace nos afecta a todos; también a sus votantes.

Tal y como yo lo veo, que quizá no sea la manera correcta y por eso escribo este post, para que me expliques de qué otra manera puedo verlo que no me produzca estupefacción, miedo y pena; tal como yo lo veo, decía, con tu voto has legitimado todas las acciones del gobierno. Al votar al PP has dicho que te parecía bien todo esto:

  • Que el ministro del interior conspirase de manera ilegal contra adversarios políticos.
  • Que los miembros del Partido Popular pagasen gastos personales con dinero público a escondidas (las tarjetas black famosas).
  • Las irregularidades en la tesorería del Partido Popular, en su financiación. Todo el asunto de los sobres y el dinero B.
  • Que despedir a un trabajador (a ti, a tu mujer, a tu marido, a tus hijos, a tus padres), sea mucho más fácil y mucho más barato.
  • Que no se ponga remedio a las situaciones de pobreza extrema que llevan a adultos responsables de sus familias al suicidio.

Verás, yo no soy una perroflauta. Pago mi hipoteca puntualmente desde que firmé el préstamo hipotecario, con sudor. Lo hago porque no tengo que elegir entre que coma el presidente del Sabadell o que coman mis hijos. Pero entiendo a quien escoge comprar comida. Tengo una licenciatura en derecho porque mis padres trabajaron mucho para pagármela; trabajo desde que me dieron el título y he hecho de todo: desde limpiar retretes en el extranjero hasta lo que hago ahora. Soy secretaria de dirección. Desde que comenzó la famosa crisis, he perdido 5.000€ cada año. Antes de que explotara la burbuja ganaba 5.000 € más que ahora al año. Y tengo mucha más experiencia, más conocimientos y mucha más paciencia. Soy una profesional mejor, pero cobro menos.

Con tu voto has dicho que te parece bien que yo cobre menos, que muchos cobremos menos (quizá tú también), que la sanidad que has estado disfrutando hasta ahora sea peor (la sanidad que pagabas con tu suelo, ese que a lo mejor ahora es más bajo que hace unos años), que los alumnos de los colegios públicos aprendan en peores condiciones que los alumnos cuyos padres pueden pagar colegios privados.

Hay más ricos (millonarios) en España ahora que cuando comenzó la crisis, pero los pobres son mucho más pobres. Tu voto dice que eso también te parece bien.

No lo entiendo.

Tenías la oportunidad de castigar a quienes te han robado, mentido y humillado. Salvo que creas que no ten robado, ni mentido, ni te sientas humillado.

Tenías el poder.

Podrías haberlo ejercido para mostrar que contigo, con tu dinero, con tus hospitales, con la educación de tus hijos, no se juega.

Si hubieras votado a otro partido (a cualquier otro partido), habrías mostrado tu descontento con el hecho de que una de cada cinco personas en edad de trabajar esté en paro. Cuando vayas por la calle hoy puedes hacer esto: cuenta a la gente con la que te cruces. 1, 2, 3 y 4 trabajan, puede que a cambio de un sueldo que cubra sus gastos, pero puede que no. 5 está en paro. 5 no tiene donde ir cuando se levanta por la mañana. 5 a lo mejor tiene 19 años y alguna esperanza, pero a lo mejor tiene 45 y de esperanza ni las raspas.

Tu voto te permitía decirles que no, que tú no consientes que te tomen el pelo. Que aquí o se gobierna bien o no se gobierna.

Pero has usado tu poder para dar el mensaje de que lo sucedido durante los últimos 4 años es correcto, está bien. Nos has dicho a todos  que no necesitas que nada cambie.

De todas maneras vuelvo al comienzo del artículo y te pregunto ¿por qué lo has hecho?

Espero recibir alguna respuesta.

Gracias.

 

En otras pieles: cuando pierda la cabeza

FEAT-ESCRIBIR

 

 

 

 

Cuando pierda la cabeza

No sabré dónde la he puesto.

Me verás sentada, o en pie,

el pecho lánguido, arrugado el cuerpo.

Recuerda entonces que te amé.

Fue verdad –lo digo ahora

la cabeza erguida sobre el cuello-

todo aquello que te hice:

el café de la mañana,

por ejemplo.

Cuando pierda la cabeza

seré yo todavía, no habré muerto.

Tú sin embargo no serás,

ni tu tacto, ni tu aroma, ni tu aliento.

Cuando pierda la cabeza

Tendré miedo.

Ya tengo miedo ahora

que te quiero.

 

 

 

 

 

Mamá Celestina

FEAT-VIVIRNo he encontrado el enlace a este texto que publicó El Diario Montañés el domingo 17 de agosto de 2014. Hace ya casi dos años, yo trabajaba en una empresa en la que debía leer ese medio a la busca de recortes de prensa relacionados con nuestro sector o nuestro presidente. En ocasiones encontraba cosas muy interesantes. Ahora que estoy haciendo limpieza he juntado un buen montón de páginas que quiero compartir.

Estas pocas palabras pertenecen a Alejandro Pedregosa (http://alejandropedregosa.es/) y se publicaron en la sección “Sangría de Verano”. Muy adecuado todo.

Transcribo.

Yo les hablo desde el interior de la tierra pero no sé si ustedes me oyen. Aquí llevo muerta más de diez días, desde que el Cejijunto Sempronio nos echó a la fosa con un saco de cal encima. Temía que alguien pudiera reconocernos si la casualidad o una alimaña nos sacaba tierra afuera. Demasiados esfuerzos se tomó pues la Hondureña y yo ya veníamos desfiguradas por tanto golpe y tanta brutalidad como nos infringieron. Se me hace que la Hondureña está más muerta que yo, pues en todo este tiempo no ha dicho palabra; y ya es raro pues me llegan otras voces de mujeres que están más lejanas, voces que no conozco y que hablan de soledad, de martirio, de hombres…

Desde aquí abajo veo los zopilotes revoloteando en busca de carroña, las serpientes arrastrándose de matorral en matorral e incluso siento la convulsión de la tierra cuando pasan veloces los carros en busca de la frontera… Ni la Hondureña ni yo llegaremos ya nunca  a los “Estados”, nos hemos quedado aquí, bajo el desierto mejicano, a poco menos de cincuenta kilómetros.

Nos conocimos en Guatemala y atravesamos juntas todito México. Dicen que es un país relindo y puede que estén en lo cierto; a nosotras no más nos dio tiempo a conocer la extorsión, los golpes, los abusos… las mismas barbaridades, curiosamente, que dejé allá en El Salvador, con lo que digo yo que podrían ahorrarse las fronteras y los visados pues, al cabo, la policía te maltrata en todos sitios por igual. Aun así, mientras tengas un poco de plata en el bolsillo siempre hay opciones de sobrevivir, los problemas comienzan cuando te quedas pobre de solemnidad, algo que a nosotras nos ocurrió en la parte alta de Chiguagua.

Pasamos tres noches durmiendo en la calle. Mientras la una dormía la otra vigilaba. Al cuarto día alguien nos habló del albergue de la Mamá Celestina, una especia de hospedaje para migrantes y desdichados donde te dejan vivir un tiempito de la caridad mientras consigues buscarte los pesos necesarios para contratar un buen “coyote” con el que pasar al otro lado de la frontera.

La Mamá Celestina es una vieja bien regorda y patizamba que siempre anda acompañada de Pármeno y Sempronio, dos sobrinos cejijuntos, que la ayudan con el majeo del lugar. El albergue estaba lleno, solo quedaba un catre en una habitación atestada de gente. A nosotras nos bastaba y dimos gracias al cielo por habernos encontrado finalmente un corazón cristiano en nuestro desdichado viaje.

El afecto hacia la mamá Celestina fue creciendo con los días pues, a pesar de la precariedad, siempre encontraba para nosotras un detalle con el que alegrarnos la jornada: una pastillita de jabón, un poco de perfume… Una mañana nos propuso quedarnos con ella; nos pondría una habitación con dos camas a cambio de llevar la limpieza y la cocina del albergue. El trato nos pareció justo; al fin y al cabo la frontera quedaba ahí mismito, incluso nos vendría bien tomarnos un tiempo antes de emprender el salto definitivo a los “Estados”. En mala hora le dijimos que sí.

Esa misma noche Pármeno y Sempronio, que ya venían mirándonos con ojos turbios, se mamaron bien de tequila y se colaron en nuestra habitación para encamarse con nosotras. Conseguimos sacarlos a empujones y a la mañana siguiente acudimos a Celestina en busca de protección. Pero la vieja nos salió con tímidas disculpas y extraños disimulos: “Ay, pues ya sabéis cómo son los hombres… Ni modo cuando se ponen testarudos… mirad que sois dos chavalas rebonitas y la frontera, sin un hombre al lado, es un sitio peligroso… Aquí no os va a faltar de nada…”. Sus palabras nos asustaron más que el empeño de los sobrinos y esa misma tarde, a escondidas, abandonamos el albergue.

Mala decisión porque los cejijuntos se sintieron agraviados, y en la siguiente borrachera se lanzaron en nuestra búsqueda por toda la comarca. Querían dejarnos bien claro que dos machos mejicanos pueden hacer lo que les venga en gana con dos indias pobres de la gran chingada.  Y le juro, Hondureña, que nunca pensé que fueran a matarnos. Ni en el fragor de los golpes, ni en los insultos constantes, ni siquiera cuando se cebaron en nuestros cuerpos con costumbres más propias de animales. Nunca. Porque, dígame usted, Hondureña ¿qué ganaban pegándonos un tiro? ¿qué ganaban?

No me contesta, amiga. Acaso los gusanos de la tierra se le comieron ya los oídos. Mejor así. Yo en cambio veo el mundo desde aquí abajo y escucho las voces de otras mujeres que no deben de andar muy lejos de nosotras. Toditas hablan en castellano. En eso conozco que tampoco ellas alcanzaron la frontera.

MAMÁ CELESTINA

Ser comedor compulsivo

FEAT-AMARSEComer no siempre es un placer.

Uno de los libros de referencia sobre el tema, de Espido Freire, se titula “Cuando comer es un infierno”. Habla de trastornos de la alimentación y lo hace desde la experiencia, la honestidad, la sensibilidad y la desmitificación. Es bueno, lo recomiendo. Como recomiendo, por ejemplo, seguir leyendo este artículo.

Porque no todos los trastornos de la alimentación son tan tristemente famosos como la anorexia y la bulimia, lo que quiere decir que son menos visibles; por tanto también se comprenden menos. Tanto por parte de quienes los sufren en primera persona, como por parte del entorno.

Yo no los conozco todos, pero sí hay uno que me es muy familiar: la compulsión y la adicción a los hidratos de carbono.

Hace ya unos años busqué ayuda en un grupo cuyo funcionamiento se basaba en los doce pasos de los AA. Se llamaba “Comedores Compulsivos Anónimos”.  La experiencia no me gustó. Para empezar porque los doce pasos se basan en una confianza ciega en la ayuda de Dios a la hora de terminar con una adicción humana y yo con Dios tengo mis desavenencias, así que no me fío de él. Sin embargo lo peor de la experiencia fue el vertido en grupo de las miserias de cada uno. Como era mi primera vez no tuve que hablar. Como no he vuelto, no he hablado.

Cada persona presente contaba cómo había pasado el mes anterior, si había recaído en…

Pero, claro, no os he contado en qué consiste ser un comedor compulsivo.

Los comedores compulsivos tienden a contestar que sí a varias o muchas de estas preguntas, las quince preguntas. Las respuestas son mías, a modo de ejemplo.

  1. ¿Come usted sin tener hambre?

Sí. Como para castigarme, para premiarme, para evitar el aburrimiento, cuando me siento sola, cuando estoy frustrada o para quedar bien con las personas con las que estoy.

  1. ¿Se da usted atracones de comida sin razón aparente?

Bueno, yo sé por qué como, aunque a los demás les podrá parecer que no hay razón para hacerlo. Como para no escribir o para no pensar en una preocupación real porque si como engordo y puedo echar la culpa de mis fracasos a mi sobrepeso, lo que evita tener que enfrentarme a ese mismo problema real. Es decir, como para eludir mi responsabilidad ante la vida. Oh, yeah, baby.

  1. ¿Tiene usted sentimientos de culpa y remordimientos después de comer en exceso?

A estas alturas tengo sentimiento de culpa incluso cuando no como. Si como en exceso es una culpa conocida, así que ahora me siento culpable cuando como de manera saludable porque el sentimiento de culpa es una parte de mi identidad.

  1. ¿Dedica usted demasiado tiempo y atención a la comida?

Pues muchas horas al día, sí. Desde que abro los ojos y pienso en qué desayunaré, qué tomaré a media mañana y qué comeré. Pienso en que no tomaré nada a media tarde, que eso despertará mi ansiedad y que luego tendré que compensarlo. Durante la comida pienso que comer está mal y después de comer pienso que no debería haber comido. Sí, algo de tiempo le dedico.

  1. ¿Anticipa usted con placer los momentos en que pueda estar solo para comer?

Con placer y con auténtico terror. Me da miedo no ser capaz de controlar mi ansia de comida, me da tiempo de que la gente deje de quererme cuando me vea comer.

  1. ¿Planea usted de antemano estos atracones secretos?

Oh, sí. Planeo qué y dónde voy a comer algo “prohibido” y me siento fatal mientras lo hago y me digo que no lo haré pero ¿sabéis qué? Al final como.

  1. ¿Come usted con mesura cuando está con otras personas y se desquita cuando está solo?

En cuanto tengo la oportunidad, sí. Esas cajas enteras de galletas, por ejemplo, que caen una a una a medida que avanza mi serie del momento. Sí.

  1. ¿Afecta su peso a su manera de vivir?

Bueno, solo me odio. Menos cuando bajo de peso y me encuentro monísima. Entonces me siento tan extraña y tan farsante que hago lo posible para volver a engordar. Porque yo soy gorda y las gordas no adelgazan, no. Las gordas son gordas. Que quede claro.

  1. ¿Ha intentado usted de hacer dieta durante una semana (o más) sin haber logrado su meta?

Cientos de veces. De hecho estoy a dieta ahora.

  1. ¿Le molestan a usted los consejos de otras personas que le recomiendan “un poco de fuerza de voluntad” para dejar de comer en exceso?

Los mataría a todos ellos. Pero como el homicidio está penado, he decidido escribir un poco al respecto. Porque esto no es una cuestión de voluntad, es una enfermedad de difícil curación. No como porque me gusta, como porque me compensa. Y los mecanismos de compensación no te los desactiva un artificiero, no. Los desactivas tú, con ayuda. Porque el enemigo es tu cabeza, no un grupo terrorista. Tu enemigo es quien mejor conoce tus debilidades. Comer compulsivamente es como una posesión diabólica ante la que te encuentras, la mayoría de las veces, inerme.

  1. A pesar de la evidencia en su contra, ¿sigue usted afirmando que puede hacer dieta “por sí mismo” cuando lo desea?

Jajajajajajajajajajajajajaja.

Sí. Estoy a dieta.

  1. ¿Siente usted ansias de comer a una hora determinada del día o de la noche, además de a la hora de comer?

Por lo general a media tarde y cuando llego a casa del trabajo.

  1. ¿Come usted para huir de las preocupaciones o de los problemas?

Esto ya lo he explicado más arriba, pero vamos, que sí.

  1. ¿Alguna vez le ha tratado su médico por exceso de peso?

Alguna, sí.

  1. ¿Su obsesión por la comida le hace infeliz a usted o a otros?

Pues sí, pero no vamos a hablar de otros. Mi obsesión por la comida me lleva a pensar que no soy digna de amor, que no me merezco ser feliz. También me hace juzgar a los demás según esos mismos criterios. A riesgo de que me juzguéis en pago, confieso que cuando veo una pareja formada por un chico delgado y una chica gorda salta mi alarma antigordas (no es antigordos, no. Lo tengo estudiado). Pienso que la relación está enferma y que no hay amor. Es uno de esos sesgos deleznables. Suelo cazar el pensamiento al vuelo, lo tiro a la basura y me agredo por ser tan idiota. Claro que sé que el amor no viene determinado por el perímetro. Y claro que veo hombres enamorados de mujeres obesas y se me cae la baba de la ternura. Es el demonio ese, contra el que me pego a diario, muchas veces al día.

Explicada la cosa de la compulsión, continúo. En el grupo cada una contaba cómo le había ido el mes, si se había dado algún atracón, si no… Todas las asistentes eran mujeres de estrato social bajo, gordas, mal vestidas y con historias terribles a la espalda. Y yo me sentía identificada con todas ellas. Todas sufríamos lo mismo. Una impotencia que deriva en fragilidad cuando se trata de comida.

No me sentí cómoda. Una de las razones por las que como es porque no conecto bien con mis emociones y aquello supuraba emoción. Y se trataba de emociones dañinas, negativas, que no venían acompañadas de nada más (ni de nada menos), que de la aceptación de los demás de que aquello era así. Nadie proponía soluciones ni fórmulas. Una contaba una historia tremenda y todas las demás la aceptaban.

Repito: Una contaba una historia tremenda y todas las demás la aceptaban.

Y así es como me gustaría que todos actuásemos respecto a todo, claro, pero en este caso y sobre todo, respecto a las personas con adicciones tan socialmente integradas que no parecen problemas.

Si alguien os dice que no puede dejar de comer y que por tanto prefiere no empezar, que no quiere una patata frita, que no va a cenar pero que pidáis vosotros lo que queráis, no insistáis ¿vale? Porque decir que no es difícil la primera vez, pero casi imposible la tercera.

Y si veis que vuestro compañero de mesa, o compañera, se pide dos postres y luego un tercero, no se lo hagáis notar. Ya lo sabe. Uno no se come tres raciones de tarta sin darse cuenta. Si queréis echar una mano, hacedlo en privado y con cuidado, porque tratáis con un adicto, con alguien que no es capaz de controlarse (coño, si lo fuera no se comería tras raciones de la famosa tarta. Creedme, el estómago nos duele, como a todo el mundo).

Y aquí sigo, con la cosa de que soy Alicia, soy comedora compulsiva y llevo sobria un día.

Besos y eso.

 

 

Quiénes somos: Claseate

FEAT-VIVIR

Hola!

Hoy me han hablado de Claseate, que es una asociación madrileña basada íntegramente en el voluntariado. La cosa funciona así: profesores particulares ofertan sus clases y proponen una ONG a la que quieren que se destine el importe que los alumnos paguen por asistir. Los alumnos hacen una donación a esa ONG y, justificante en mano, pueden asistir a la clase.

 

¿Lo mejor? El dinero va directamente del alumno a la ONG, no hay posibilidad de que las donaciones no se hagan o se destinen a otros fines.

Pensando en organizar un curso de inglés básico, de lite creativa, de tarot… No sé, pensando. Os lo dejo, que mola medio millón🙂

Se me ocurren algunas personas que conozco de las redes que harían muy bien de personal shopper… Por ejemplo🙂

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¿Quiénes somos? Somos una Asociación Solidaria en Madrid, formada exclusivamente por voluntarios. NUESTROS ESTATUTOS (descarga aquí) ¿Qué hacemos? Promovemos un Nuevo concepto de Clases, mediante l…

Origen: Quiénes somos

Ayudar o no ayudar

FEAT-VIVIR

El 16 de junio de 2011 escribí esto:

De ratones y hombres

Madrid, ocho y cuarto de la mañana.

Intercambiador de la Avenida de América

Llega el 122, estaciona en su dársena. El conductor espera a que bajen todos los pasajeros, abandona el vehículo y lo cierra a su espalda. Sin embargo el autobús no está vacío, un chico con gafas y camiseta roja se ha quedado dormido. Cuando despierta se encuentra encerrado en el bus.

Mis compañeros de fila y yo le miramos como a una carpa dorada en una pecera; es decir, como si ver personas encerradas en autobuses fuese un asunto doméstico.

El muchacho se lo toma con cierta calma.

Yo sé cómo se abre el autobús desde fuera y me planteo dejar mi puesto en la fila para permitir que el chico baje. Me lo impide el miedo a que el conductor reaparezca inopinadamente y me eche la bronca. Miro al chico, miro el botoncito rojo que he visto accionar a la docena de conductores de autobuses que me han tenido esperando mientras aliviaban sus necesidades  en cafeterías cercanas  y pienso: el chico se queda dormido, el conductor no mira si el autobús va vacío y ¿tengo que ser yo quien se sienta responsable por hacer algo al respecto?

Sigo mirando el botón rojo y al muchacho de la camiseta roja. El rojo es señal de peligro, señal de prohibido, augurio de sangre. Sí, mi cabeza es una jungla salvaje, pero yo no soy Lorelai Gilmore y retomo mi hilo principal: si no me acerco a abrir la puerta, que es lo que me piden todas las células de mi organismo, querrá decir que soy una cobarde, egoísta, patética y gris ciudadana que no es capaz de arriesgar ni el mínimo por un bien ajeno (a estas alturas el chico de rojo parecía preocupadillo). Formaré parte de toda esa masa de personas incapaces de mover un dedo por sus vecinos. Seré una de esas ciudadanas anónimas que siempre me hacen abrir los ojos de par en par en las películas porque pasan de largo ante una persona herida en la calle.

(Sí, mi capacidad para el drama es infinita)

En cambio, si me acerco a abrir la puerta, querrá decir que aún me queda esperanza. Quizá si tengo esa esquirla de valor –un valor enano, diminuto, de andar por casa- y la uso, la esquirla crezca y yo me convierta en una persona realmente valiente. Quizá si hago esta pequeña cosita, se abra la puerta a cosas mayores.

Así que dejo mi bolsa  verde guardando mi sitio en la fila, me acerco al autobús, pulso el botón rojo, la puerta se abre, el chico tarda 5 segundos en darse cuenta de lo que ha pasado, sale del bus, me da las gracias, cierro la puerta, vuelvo a mi sitio en la fila y espero otros diez minutos a que aparezca el conductor del autobús.

Y ni un milímetro de corteza terrestre ha temblado con todo el asunto.

He leído los comentarios a la entrada de Facebook y me he encontrado varios de “muy bien, Ali”. También este:

Te la has jugado Alicia. Te llega a pillar el conductor y seguro que has incumplido alguna ley súper importante de vida o muerte. Y si te toca un conductor cabrón a lo mejor hasta te denuncia y podías haber acabado pagando una multa de seis mil euros. Otro día no te muevas de la fila, que nadie se ha muerto por estar quince minutos encerrados en un autobús. Y ¿tú crees que el de la camiseta roja lo hubiera hecho por ti? Por Dios, un tío que se queda dormido mientras la gente sale y no se entera. Y te dio las gracias. Te tenía que haber dicho “te invito a desayunar” o algo así. Pero te da las gracias y se pira, menudo elemento. Haberlo dejado ahí encerrado hasta que se hiciera pis encima y luego que lo hubiera tenido que limpiar el conductor por huevón, y encima hubierais podido presenciar una buena pelea. No vuelvas a hacer eso! Otra cosa es si alguien está herido o enfermo o una embarazada de ocho meses y medio que se tropieza y cae redonda en la acera y la gente pasando por al lado sin ayudarla y sin decirla nada y ella llorando en el suelo (esa fui yo). Pero un pringado que se duerme en el autobús? Haber andao más despierto. Por cierto, te podía haber dado veinte euros, ya que te has jugado tener antecedentes (seguro que es un delito lo que has hecho).

Esta fue mi meditada y comedida respuesta. Y la pego aquí porque pienso, después de cinco años, lo mismo:

Como dijo Melania Hamilton: Ashley podría estar vagando por esos caminos del norte, y ¿Quién sabe si alguna mujer no estará haciendo lo mismo por él?

Lo cual, en todo caso, no es el motivo por el que yo abrí el bus. Lo abrí porque me lo pedía el cuerpo. Por lo mismo que si veo a un guiri mirando un mapa con cara de puzzle me acerco y le pregunto si puedo ayudarle, el mismo motivo que me impulsa a ayudar a la gente a subir los carritos de bebé, las maletas y etc. por las escaleras del metro…
 
A mí me han ayudado en muchas ocasiones cuando lo he necesitado. Cuando me volví de Londres, agotada tras una experiencia personal devastadora, sabiendo que volvía al infierno de la casa materna, fracasada, sin un duro en el bolsillo, sola y avergonzada, lo hice con una maleta de cien kilos. Siempre hubo alguien junto a cada tramo de escaleras que me ayudó a subirla. Por ejemplo.

También hay gente que no mueve un dedo por nadie, pero como yo no quiero que el mundo sea así, me toca ponerme en el grupo de personas cuyo perfil quiero que sea el predominante: las generosas.
 
¿Haría él lo mismo por mí? Si esperar que la gente se comportase según mis estándares determinase mis acciones, lo más probable es que me quedase en la cama de por vida.

Y luego está el otro motivo: no hacerlo habría sido cobarde. Y hay ya demasiadas cosas que no hago por cobardía.

O sea que, como siempre dije, la generosidad empieza, y casi siempre termina, por uno mismo.

Pero es muy pronto para esto ¿no?🙂