SCROOGED CORRUPTION (Y AQUEL OXÍGENO ACTIVO QUE VENÍA DEL FUTURO)

Claro, se puede decir mucho más claro. pero más bonito y mejor, resultará difícil.

La Ali cuando rebloguea, rebloguea de verdad. Queno, no me interesa, rebloguear de casualidad.

VIAJES AL FONDO DEL ALSA

Querido Scrooge de nuevo cuño, necesitas saber cómo funciona esto, y éste es un buen viaje sin transbordo alguno en el libro de instrucciones del tiempo.

1) EL FANTASMA DE LAS CORRUPCIONES PASADAS.
Felipe III, la María Cristina aquella que nos quería gobernar; el estraperlo promovido por el franquismo; Matesa, Sofico, aquel chabolismo vertical tan horrorosamente hermoso. La transición, ay, la transición, su aceite de colza para aliñarla bien; el cambio, la rosa, con Rumasa, Filesa, Juan Guerra, los GAL, el Petromocho astur, tan de frotarse las manos agrietadas con aquellos miles de millones que iban a venir levitando desde el mundo Saudí; un ánsar de grandes alas sobrevuela el terreno ahora, Gestcartera, César Alierta compra acciones de Tabacalera… Es que estoy Malaya, muy Malaya…
¡Qué cagalera!
“El Señor de los Ladrillos”, Mortadelo y Filemón explicando la alta rentabilidad de la arcilla cocida…
Nos teletransportamos, huimos de todo esto. ¿Lo…

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Notificación a mis compañeros de piso – deberes de inglés

FEAT-ESCRIBIRNo hay mejor manera de aprender phrasal verbs que emplearlos. He aquí una carta en la que me quejo a mis compañeros de piso de su empeño en aparecerse, agitar sus cadenas y robarme la ropa. ¡Señores monstruos, comportense!

 

 

Dear Mr. Flurry Monster:

Please find below the list of what I consider minimum standards that make coexistence possible. If we are to be flatmates, please note that:

  • Coming forth is not an option. I do sleep in my bed and, even though I acknowledge that you live under it, and that you have to leave your house some times, just as I do, I would prefer you to roll over a bit and then stand up. It is somehow disturbing to feel your body passing through mine after you come out in the middle of the night. I know tradition commands that vampires just rise from their coffins, but I haven´t heard of such a thing when it comes to under the bed monsters.

 

  • I don´t need you to fill me in with any news at all. I am not interested in your private life and therefore do not need any screaming, yelling or any other communicating noise that might interrupt my sleep. This is not the first time I complain about how loud you can be. I would also appreciate that you don´t pretend that it is your duty to scare me. This letter proves I am not scared at all. So you are either lying about your job or far too inefficient at carrying it out.

 

  • Please let the guy in the wardrobe know that I will not accept your habit of borrowing my clothes. We all enjoy a good party but if you need to dress up, just go out and do some shopping. I am fed up with finding my best garments missing buttons. In the meanwhile, I do demand that you do the laundry after you use any of my clothing. This is not only an issue regarding good manners but also hygiene.

 

  • The mirror faces that tend to show up when I am doing my hair seem to think that I am the violator of their space when we have already set out the terms of our renting contract and it happens to be the opposite. They are more than welcome to use all reflecting surfaces during the night, but the mornings are mine. Actually, as I have a job that keeps me away from home most of the day, I find those faces are really cheeky and should be warned about the consequences of their acts.

 

  • Please ask the lady under the stairs that walking in my slippers can hardly be considered as noisy or loud or mean. Her eternal headache might come from the fact that she was decapitated and that has nothing to do with me.

In Madrid at November 14, 2016

Dolor, hambre y frío

 

FEAT-ESCRIBIR

 

 

 

 

 

Las palabras

dolor,

hambre,

o frío,

no cambian nada.

Puedes repetirlas

hasta quedar afónica.

El dolor,

el hambre,

el frío,

no son palabras.

Mentira

FEAT-ESCRIBIR

Lo malo, diré,

lo malo,

lo malo de verdad

es escribir

justo eso

que quieres escribir.

 

Que te amó aquel día

o que lo amaste.

Aquel día que también

sacaste la basura.

Prensa española, ideología e identidad. Esto es un título que puede resultar confuso. El artículo solo menciona la prensa, pero habla de identidad, ideología y emociones.

FEAT-VIVIRAyer leí un comentario del amigo de un amigo, que decía que “ lo que nos cuentan de Trump es lo que deciden los medios españoles, casi todos tomados por la izquierda o un tibio centro-derecha”.

Y me ofendí.

Me ofendí tanto que no tuve más remedio que cuestionarme los motivos de ese sentimiento de ofensa mío. Llegué a la conclusión de que, amigos, hay ideas  asumidas a nivel estrictamente particular hasta tal punto que conforman las identidades individuales.

Vamos, nada que no supiera ya de antes.

Lo que me dejó muy de piedra fue presenciar cómo el fragmento de mi identidad que se corresponde con la idea, ingerida cual pastillita roja, o azul, de que la prensa española es un instrumento de la derecha, quedaba total y vergonzosamente revelado.

Aquí, por cierto, no se trata de descalificar al amigo de mi amigo, por tentador que parezca, queridos colegas de la izquierda (o lo que seamos, que no viene al caso), sino poner de relieve la necesidad de cuestionar las emociones que despiertan las ideas ajenas. Porque la emoción no razona ni enriquece cuando se cuela en medio de una conversación. Más bien ofusca y enturbia.

Ocurre que, de la misma manera que nuestras identidades se conforman a partir de ideas, las identidades de los demás también. Ocurre que, cuando te identificas, es decir, cuando pasas a SER una idea (o a creer que lo eres), cada manifestación contraria a esa idea se convierte en un ataque personal a ti mismo.

Esto es muy evidente en el fútbol y en política, que en España son casi la misma cosa. Pero ocurre en absolutamente todos los demás ámbitos. La religión, por supuesto, pero yo lo he visto –y sentido- en cuestiones tan aparentemente inofensivas como la literatura o el arte. O ayer, en la exposición de Hitchcock en la Fundación Telefónica.

Ejemplo: todos esos señores y señoras  que dicen que lo que se hace con cámaras digitales no es fotografía y todas, TODAS, las discusiones que provoca están trufaditas de ideología/identificación. Esto va más a o menos así: “La fotografía digital no es fotografía”, dice un fotógrafo analógico. Y lo dice porque lo cree y porque lo cree se siente ofendido en su identidad de fotógrafo por los que usan la tecnología digital, así que tiene que poner de manifiesto lo muy ofendido que está y lo hace, sí señor. Lo hace mediante la resta de identidad de los digitales: “Querido digital-dice- no eres fotógrafo”. Y ya la tenemos liada. “Los digitales le dicen al analógico: eres un dinosaurio a punto de extinguirte, no tienes ni idea.”

La violencia escala y…

Cada vez que descalificamos a alguien o algo de manera automática estamos evitando pensar. No pensar deja espacio a “otras cosas”; en primer lugar a la emoción pura, que no suele traer nada bueno, en segundo lugar a las variopintas manifestaciones de esa emoción pura. La más importante de todas ellas, la única, aunque tome diversas formas, o grados, es la violencia.

El enemigo de la violencia no es el amor. De hecho el amor es un gran generador de violencia. El enemigo de la violencia es la razón. La que usamos cada uno,  no la que deseamos que otros usen. Esto puede parecer sutil, pero es que obligar a los otros a lo que sea, aunque sea a pensar,  es ejercer determinado tipo de violencia.

Debemos usar la razón para comprender nuestras emociones primero y para ser superiores a esas emociones después. Porque solo desde la superación de las emociones se puede entender, no solo a uno mismo, sino también al prójimo y sólo comprendiendo se puede convencer.

Que no, que no he alcanzado el zen, ni se me da esto de maravilla, ni voy por ahí en plan robot, ni alzo la mano en un displicente gesto de profeta cuando veo una trifulca. Esto no va de robotizarse. En mi caso, personal y transferible, esto va de ir descubriendo cuáles son los resortes que me llevan a actuar o a no hacerlo. También va de observar si a los demás les pasa parecido. En el proceso me doy cuenta de que, amigos míos, nos parecemos como guisantes, reaccionamos de modos tan similares que le hacen a una cuestionarse si de verdad somos individuos es en sentido amplio de la palabra.

Vamos, que no escribo esto desde el dominio de la técnica de la razón, sino desde el aprendizaje. Y desde el aprendizaje os digo (ahora, sí, se impone un gesto profético), que es muy satisfactorio pararse a respirar cuando uno se siente ofendido, darle una vuelta al motivo de la emoción y dejarla ir porque uno sabe que las emociones van y vienen, los credos y las ideologías van y vienen, pero nadie ha superado a Parménides en la formulación del ser: el ser, es.

 

 

 

No se puede estar en todo

FEAT-VIVIREso es lo poquito que he aprendido en el día de ayer.

Ayer, día de los fieles difuntos, pasé las horas revisando la fecha de caducidad de los medicamentos, vaciando cajones que hacía meses que no abría, bajando a la basura cosas que hacía años que se habían quedado obsoletas, reordenando la comida y la arena de los gatos, limpiando, pensando cómo reorganizaré lo que aún tengo pendiente de organizar. Me pegué un poco contra el horror vacui y no tuve tiempo de escribir ni una sola palabra.

Ayer, además, era el día en el que me había propuesto comenzar el entrenamiento para mi próximo objetivo deportivo. En abril os cuento. La cuestión es que tampoco pude salir a correr. Para las siete de la tarde estaba físicamente destrozada y hoy, de hecho, sufro las consecuencias de un día de actividad frenética. Parece mentira lo frenética que es esa actividad doméstica.

Y es que, ya lo digo más arriba, no se puede estar en todo.

Lo bueno es que se puede estar en algunas cosas. Ahora mi casa es un lugar mucho más agradable y por tanto me apetece llegar esta tarde y sentarme un rato, o cocinar algún plato rico.

Estamos educados para creer que la vida es algo grande, algo con significado, algo sobre lo que debemos dejar nuestra impronta. Como si cocinar un buen pollo o elegir qué te pondrás para ir a la oficina no fueran la vida, sino algún tipo de accesorio.

¿Habéis pensado alguna vez en lo que significa eso de la impronta? Conlleva una tremenda responsabilidad y una enorme cantidad de trabajo para que, al final, no sean más que unos pocos los que de verdad consiguen marcar una diferencia de gran calibre. Conlleva por tanto, grandes dosis de frustración luchar a diario para eso de ser alguien. Y suele llevar aparejado el olvido de que ¡sorpresa! Ya somos alguien.

En mi Facebook tengo algunas amigas que son muy alguien, tienen una gran muchedad. Ninguna de ellas ha descubierto la cura de una pandemia ni ha acabado con el hambre en el mundo. Son mujeres humildes, alegres, que se pegan con sus propios monstruos y que viven vidas normales. Solo que sus vidas no son normales: son sus vidas y yo las veo llenas de color. Se les plantean retos diarios, como los catarros de sus hijos o un mueble que no encaja bien en la cocina o cómo compaginar el amor a la familia con el amor a la música y la necesidad de trabajar para que el mundo sea mejor, un poco mejor, mejor en la medida de sus posibilidades. También llenan sus vidas de momentos de diversión (se divierten de maneras muy distintas a la mía) y creo que ninguna de ellas llega con holgura a fin de mes. Son amas de casa, artesanas, artistas, escritoras, madres, hermanas… son mujeres con pocas posibilidades de hacerse un hueco en la Wikipedia, la verdad.

Ayer aprendí que me gustan porque me enseñan, a diario, que la felicidad tiene diferentes formatos. Lo mismo que la plenitud.

A mí no me han bendecido con una buena familia, ni con mucha riqueza. Mis bendiciones son otras: soy capaz de observar, soy capaz de admirar y creo que soy capaz de contarlo. Esas son las bases de mi felicidad.

Por eso ayer bajé tantas bolsas de basura y por eso he renunciado ya al nanowrimo de este año. Porque una mujer debe elegir con cuidado sus batallas.

Ayer aprendí, a fuerza de bajar y subir los tres pisos que me separan de los contenedores, que lo importante tampoco es estar en algo todo el tiempo, sino estar en el momento adecuado. Os decía que debí haber empezado mi entrenamiento. No lo hice porque me pareció prioritario continuar con la limpieza de mi casa. Empezaré mañana. Hace unos días, esta decisión me habría llevado a renunciar a ese objetivo deportivo del que no puedo hablar. Me habría dicho a mí misma que ese retraso era un fracaso total.

No lo es. Un retraso es un retraso. Mi agenda no me permite ser tan estricta como a un deportista de élite. Es lo que hay. Tampoco me permite escribir cuatro horas diarias, ni desarrollar ningún tipo de disciplina férrea. Es la vida, que se empeña en medir mucho más que un horario.

Sospecho que, poco a poco, a medida que acepte más de mis limitaciones, a medida que renuncie a todo lo que creo que debo hacer y me centre en lo que quiero hacer de verdad, la vida será más benévola conmigo. De momento me siento satisfecha por haber aprendido que no, no se puede estar en todo. Ni debe intentarse. Ni parar es un fracaso.

 

Brangelina o el triunfo de los humanos

FEAT-VIVIRHace muchos, muchos años, en ese país muy lejano donde se fabrican los sueños, el príncipe azul conoció a la chica de al lado. Tuvieron una bonita relación, se casaron. El matrimonio duró un lustro. Hubo muchos motivos para que la historia de amor terminara, pero el que nos importa mide muchos cm de altura y es protagonista de muchos sueños húmedos. Aparece pues una princesa bella y oscura, lejana como una estrella de los Años Dorados y la chica de al lado queda sola, con sus pequeños ojos pardos anegados en lágrimas.

El príncipe azul se casa con la princesa oscura y, diez años después, ese matrimonio también se rompe.

¿Por qué se inunda internet con memes que muestran una supuesta satisfacción de Jennifer Aniston? ¿Por qué esa inquina contra Angelina Jolie? ¿Envidia?

Yo creo que no. Yo creo que, sin entrar en casos particulares, a las mujeres del mundo nos ha parecido que el divorcio de Brad y Angelina es un caso de justicia poética.

Jennifer Aniston, oculta bajo la pátina de Rachel Green, nos parece una chica normal, guapa, delgada, que ha tenido éxito a pesar de ser, sobre todo, eso: NORMAL. No es muy alta, ni una gran belleza. Es divertida, un poco histérica, hace papeles de comedia romántica, parece cercana, es imperfecta. Resulta fácil identificarse con Jen. En fin, se trata de teñirse el pelo, de adelgazar un poco o de ponerse pechos, o de operarse la nariz, vestir vaqueros y camiseta blanca. No es mucho pedir, no es inalcanzable. Es un objetivo aparentemente realista y el premio lo merece. En pocas palabras: la boda de Brad y Jen fue la boda de todas nosotras, las chicas normales, con el hombre por excelencia.

Es el triunfo de la mujer normal, de la mujer trabajadora. Recordad la pátina de Rachel Green, esa chica rica que renuncia al dinero de sus padres, comienza a trabajar de camarera y termina teniendo cierto éxito en el mundo de la moda. Ahora sed sinceros y reconoced que es imposible hacer la separación Aniston-Green. Así que una de nosotras se he llevado el premio gordo. Chicas: Brad es nuestro porque, como todo el mundo sabe, cuando marca una, marca el equipo.

Entonces, tras cinco años de bello matrimonio, Brad deja a Jen porque, parece ser, Jen no quiere tener hijos. Y además Angelina, la princesa bella y altiva, que ya es madre, entra en escena.

¡Venga hombre ya! Tener o no tener hijos es una opción de las mujeres normales ¿no? ¿No nos han enseñado que la maternidad ha dejado de ser obligatoria? ¿No es acaso cierto que una mujer tiene mucho más que ofrecer a un hombre que su capacidad procreadora? ¿Qué pasa con el amor? ¿Dónde queda el valor de la simpatía, la gracia del histerismo doméstico? ¿Qué pasa con estos cinco años que te hemos dado?

Pues parece que nada de eso vale, en realidad.

Y nos sienta mal porque queremos ser amadas por nosotras mismas, con nuestras imperfecciones, nuestra ambición y nuestro deseo de ser madres o la ausencia de él. Habría sido duro si Brad nos dejara sólo porque quiere ser padre, pero es que además nos deja por una madre hermosa como la noche.

Y no es justo.

No es justo que una mujer de belleza inigualable, un modelo inasequible, aúne además los atributos de la mujer tradicional. En serio, tía, Angelina, estabas destinada a ser una díscola y alocada mujer promiscua, no una madre adorable comprometida con no sé cuántas causas humanitarias. Deja algo a las demás y, sobre todo, no nos robes lo que nos ha llevado siglos de historia construir: la fantasía de que las chicas normales ganan.

Con esos mimbres se ha trenzado la cesta de ese sentimiento de equilibrio restaurado ahora que Brad y Angelina ya no son Brangelina.

Y hay mucha lana que cardar debajo de toda esto. Una lana áspera, fea y de mala calidad, tejida de todas esas cosas que las mujeres hemos tejido desde siempre porque no nos hemos parado a pensar que las relaciones no son triunfos, ni necesidades. O porque no nos damos cuenta de que, con o sin las ventajas de una belleza de escultura griega, si las pinchas también ellas sangran.

Y no, no es envidia, sino ese sentimiento de ofensa recibida que por fin queda lavada. Porque te prometieron algo, te lo concedieron y te lo quitaron; así que ahora, este divorcio de dioses, se convierte en una victoria de humanos.

 

 

Limpieza de otoño

FEAT-LEERLa ignorancia tiene sus recompensas.

Por ejemplo, si ignorabas que una antología de Silvina Ocampo anidaba en tus estanterías a la espera de ser descubierta, puede que la encuentres durante una limpieza en profundidad y que decidas leerla.

Los libros que se han ido

Ayer bajé a la basura, en pulcras bolsas de plástico, para que no sufrieran con la lluvia, más de 200 libros. A los pocos minutos desaparecieron, así que no os doláis por ellos: alguien más los está disfrutando.  Había leído casi todos; desde “El Señor de los Anillos” hasta “Trópico de Cáncer”. Muchos de ellos habían marcado etapas largas de mi vida y/o configurado alguna de mis identidades.

Y sin embargo.

A pesar de que eran buenos libros, libros disfrutados, libros vividos, no quedaba espacio para ellos en mi habitación.

El criterio para decidir si sacarlos de casa no ha sido único y, desde luego, no ha sido ortodoxo:

  • Te adoré pero tengo que seguir adelante sin ti: fuera.
  • Eres muy bueno pero lo que tienes ya no es para mí: fuera.
  • Eres más malo que todas las cosas pero sonrío todavía cuando veo tu lomo (Sí, “La forja de un mago” se ha quedado como último bastión de la obra de Margaret Weiss): dentro.
  • No te terminé, pero creo que debo darte una oportunidad porque para mí que te guardas algo útil: dentro (Diario de una escritora, Virginia Wolf).
  • Ni te he abierto, pero no pierdo la esperanza: dentro (Pavese, “El oficio de vivir”)
  • Quiero conservarte, pero no quiero que acumules polvo y te he encontrado en versión digital: fuera (docenas, literalmente)
  • He tirado casi todos tus títulos, pero todavía nos une una sólida piedra de color azul y además no dueles: dentro (M. Duras, Henry Miller)
  • ¿Y tú que tenías escrito?: Fuera
  • ¿Pero a quién quería engañar cuando te compré?: Fuera
  • Primo Levi: dentro.

Me he quedado con unos 50 libros de ficción que irán desapareciendo a medida que lleve a cabo mi proyecto: a saber, leerlos todos y quedarme solo con los que de verdad ocupan un puesto en mi Olimpo de los libros. “Nación” va a quedarse ahí y tengo en digital Terramar, pero no en papel, así que habrá que comprarlo. Me he quedado con “La hora violeta” en catalán. Un regalo. No pasa de 2017 que lo lea.

Este es, quizá mi mayor proyecto para 2017: asegurarme de que no queda en mi habitación ni un solo libro cuyo lomo no me produzca alguna reacción positiva.

Porque he pasado muchos años rindiendo culto a dioses falsos. Yo no adoro los libros, no adoro las cosas. Me gusta aprender, me gustan las historias y, si las historias están muy bien construidas o encierran un significado especial para mí, entonces sí. Entonces quiero tener la referencia a mano para pintarla de colores (literalmente, con pinturas y rotuladores). Si no, asumo que mi cabeza se quedará con lo que necesita. Pero mi cabeza, no mis muebles.

Diarios que no están.

Este es mi segundo gran proyecto para 2017. Ya he tirado todos los diarios anteriores a 2016, excepto aquellos que contienen ideas para relatos o embriones de novelas. El reto es extraer la ficción que haya en su interior y tirarlos también. En segundo lugar, leer los de 2016 antes del 31 de diciembre y deshacerme de ellos.

A los 12 años comencé a escribir mi diario. No lo hago de manera obsesiva y he aprendido algunas cosas durante el proceso: la primera es que cuando escribo pienso más despacio y eso me ayuda a entender mejor lo que pasa en mi cabeza. Otra es que disfruto mucho escribiendo a mano. Tanto, que he descrito ese placer muchas veces. La tercera y quizá más importante es que solo releo lo que escribo cuando me siento mal.

No disfruto de la lectura de mis diarios. Recurro a ellos de manera morbosa, para comprobar lo mucho que he perdido o lo mucho que he desperdiciado a lo largo de los años. Es decir, lo hacía hasta anoche, que bajé dos grandes bolsas de basura al contenedor de papel. Reconozco que me acosté con la angustia de no saber si había hecho bien. Todavía no estoy segura al respecto, pero sí sé algo que ayer no sabía:

No importa.

Viajé por Japón y recopilé sellos en todas las estaciones de metro, los estampé en mi cuaderno, el que usaba para tomar notas del viaje. ME ENCANTÓ HACERLO. Recuerdo la diversión de la búsqueda, las bromas con Emilio, la satisfacción al estampar cada uno de ellos. Ayer vi la libreta y los sellos. No había vuelto a tocarla desde que la guardé en 2014. No había vuelto a disfrutarla.

Esas páginas cumplieron una función muy específica y luego ya no, así que me despedí de ellas y liberé el espacio que ocupaban. No he perdido nada en el camino, al contrario, he aprendido que importa el presente, que enlatar recuerdos no sirve para que vivan más tiempo, sino para desgastarlos.

Las cosas son como las flores: si las arrancas se mueren, si las compras no son más bellas ni te dan más placer: sólo las posees y así también se desgastan. Al menos las cosas que no usas, las que se quedan al fondo de un cajón para ser, más pronto que tarde, olvidadas.

Hace tiempo que decidí que no compraría cosas solo porque fueran bonitas. El mundo está lleno de cosas bonitas y basta salir de casa y meterse en una tienda para verlas y tocarlas. Casi nada de todo eso merece la pena lo suficiente. He dejado de comprar muchos objetos por ese motivo, pero no me había parado a deshacerme de lo acumulado.

Con mis diarios pasa igual: los años llegan, pasan, se van, te cambian, o haces tú por cambiar. Atraparlos entre palabras, pegarlos al papel no evitará que mueras.

Disfruta y libera. Nada queda al final.

Esta mañana, al fin, he leído un relato de Silvina Ocampo, “La red”, y he comprendido que este libro cuya existencia ignoraba ocupará, al menos durante algún tiempo, el lugar de algunos otros que combaban mis estanterías y un poco, también, mi alma.

Los objetos inquietantes no brillan

FEAT-ESCRIBIRsin embargo no les gusta el polvo.

La parte chata de una cabeza de martillo, de uno de esos martillos pesados, de metal, de los que te dejan la uña negra en menos de lo que tardas en cagarte en los muertos del tío que lo fabricó, no brilla. Salvo si la usas con mucha frecuencia. En otro caso se acumulan sobre ella polvo, suciedad, tiempo o las tres cosas. Las cajas de herramientas no suelen servir como salón de baile a  productos de limpieza y manos enguantadas. En sus esquinas se acumulan diminutas virutas metálicas, polvo de lija, cadáveres desechados por las arañas domésticas, facturas de tornillos y pequeños objetos de existencia esquiva. Echa un vistazo a la tuya, a tu caja. Puede que te lleves alguna sorpresa.

¿Has visto esos programas que enseñan las casas de gente que las atiborra con bolsas llenas de sus propios excrementos? La mierda no brilla. Lo que deja sin explicación que nos lancemos sobre ella como urracas.

Algunas personas extrañas compran cosas y las ponen en sitios donde otros puedan verlas. Cosas como cuadros pintados hace cientos de años. Otras personas se ganan la vida explicando lo que se ve en esos cuadros o cómo se fabricaban los pigmentos con que fueron pintados. O que una mujer dibujada junto a un perro de aguas era una buena esposa pero otra dibujada junto a un laúd de cuerdas rotas era una zorra.  Los objetos tienen su propio lenguaje. Igual que no dejas a un crío en pañales junto a un mastín que muestra los colmillos babeantes, no lo dejas al lado de una muñeca de porcelana cuarteada. Hay que tener cuidado con los cuerpos cortantes.

Lo de estar gorda: 5 cosas que debes saber

FEAT-AMARSENo me cansaré, hasta que me muera, de hablar de esto.

A lo mejor piensas que no me importaría si estuviera flaca, pero te equivocas. He sido una persona de apariencia delgada, de talla 36-38, larga melena castaña y ojos verdes. No hace mucho. Ahora gasto la 4o. De entre todas las cosas que se me pueden llamar, gorda no es una de las más adecuadas para describirme. No es precisa. No estoy gorda.

No conozco a todas las gordas del mundo, así que esto que escribo aquí se basa en mi experiencia propia y en lo que he aprendido de las gordas de mi alrededor. Te sorprendería saber hasta qué punto las flacas de mi alrededor comparten muchas de estas cosas.

1.- Ser gorda está prohibido

A lo mejor no te lo parece porque ahora hay modelos de talla grande y tenemos weloversize.com, pero no. La verdad es que ser gorda está prohibido. No lo prohibe la legislación, pero sí lo condena el mundo. Lo condenan las tiendas cuyas tallas grandes no les entran a mis amigas más delgadas, por ejemplo. Pero también lo condenas tú cuando ves a una gorda en leggings y te preguntas si no le dará vergüenza enseñar la celulitis, o la arruga de la cintura. Lo condeno yo cuando veo a una chica gorda entrar en un MacDonalds.  Lo condenamos todos cuando decimos de alguien que es guapo pero está gordo, que es muy mona, pero le sobran kilos. Estar gordo es el defecto que elimina todas las virtudes. Es lista pero está gorda. Adele canta de vicio pero hay más titulares acerca de su talla que acerca de su música (casi).

2.- Cuando una gorda adelgaza no se pone ropa ajustada para gustar a los hombres ni para que la envidien las mujeres

Como la obesidad está prohibida, cuando una gorda adelgaza, lo que hace es, por fin, encajar en la norma, salir de la ilegalidad estética, saludable y hasta moral y convertirse en una mujer normal. Por tanto, se viste como lo hacen las mujeres normales. Acorta faldas, estrecha blusas, se atreve con los shorts y le grita al mundo que por fin tiene un cuerpo aceptable. A lo mejor hasta se maquilla porque cree que ya se lo merece, porque ha renunciado a un gran porcentaje de lo que era (literalmente, ha renunciado a una parte de su cuerpo) para poder ser como las demás.

Dirás que lo de la normalidad es relativo y yo me morderé la lengua para no mandarte muy muy lejos. Haz la prueba:abre google imágenes y escribe cuerpo mujer normal. Verás como enseguida identificas las excepciones. Bingo, las excepciones son gordas.

3.- Adelgazar no es una alegría

Adelgazar es una imposición. Y no, casi nadie que yo conozca adelgaza por salud. Adelgazamos para estar más guapas porque nuestra obligación como mujeres es ser guapas y la belleza es mayor si la sustentan pocos kilos. Ese es el mensaje mayoritario. No te atrevas a decirme que no. O atrévete, que lo niegues no va a cambiar la realidad.

Da mucha alegría entrar en unos pantalones dos tallas más pequeñas. De inicio se siente una gran sensación de triunfo, sí. Luego lo quieres celebrar y, no sé ¿tomarte un helado? ¡No! ¡Horror! Un helado hará que jamás vuelvas a poder ponerte esos pantalones. Así que nada de helado, nada de disfrutar. A la alegría la sustituye de inmediato el miedo. El pavor a volver a ser gorda, a volver a estar prohibida, a que salga al aire tu gorda interior.

4.- Ser gorda es muy cansado

En serio. Ser gorda y no gustarse (francamente, no conozco a ninguna mujer que se guste ni flaca ni gorda, pero las gordas, además de no gustarse, son gordas, que ya es mala suerte) es agotador. Para empezar, cuando abres el armario por la mañana no buscas algo que te quede bien, sino algo que no te quede mal. Sales a la calle pensando que a lo mejor lo que llevas puesto oculta tus redondeces de manera más eficiente. No aspiras a gran cosa, sólo a no disgustarte y a no cazar ninguna mirada reprobatoria. El objetivo no suele cumplirse.

5.- No, a las gordas no les hacen falta tus consejos

No necesitamos que nos digas que nos vendría bien perder unos kilos, ni que debemos querernos más, ni que nos mientas y nos digas que la talla no importa ¿que la talla no importa? Pues deja de hablar de la talla. Si de verdad no te importa mi aspecto porque me quieres como soy, deja de decirlo. No me digas que a mi figura la va mejor una falda de tubo que una de vuelo. Es muy probable que me haya leído todas las páginas de moda que existen para ver de qué manera la ropa diseñada para las flacas me puede hacer parecer menos horrenda.

A ver si has pillado la paradoja de la última frase…

A modo de cierre diré que es muy probable que te ofenda esto, pero la mayor parte de nosotros somos esclavos. Esclavos del trabajo o de la carencia de trabajo, esclavos de las expectativas de nuestro entorno, pero también de las del mundo. Esclavos con muy poca capacidad de elección. Las mujeres además son esclavas de… ¿en serio necesitas que lo escriba? Somos esclavas de un ideal no de belleza, sino de normalidad, que no es que sea poco razonable, es que no existe. La esclavitud de las mujeres gordas es triple: por ser personas, por ser mujeres y por ser gordas, por estar prohibidas y sometidas a la obligación de encogerse, de estrecharse, de renunciar a docenas de cosas y hasta de ideas, para poder salir a la calle a que las insulten por llevar la falda corta.

¿Sabías que muchas mujeres gordas creen que no merecen ser amadas o deseadas? ¿Sabes que muchos hombres se avergüenzan de sentirse atraídos por mujeres gordas? Eso también es esclavitud.