#CerberoMadrid. Una experiencia metaliteraria en varias dimensiones.

FEAT-VIVIREditorial Cerbero invadió Madrid el pasado fin de semana. Invadió bares, parques, ferias del libro y locales autogestionados. Invadió sobre todo con permiso y con cierta inconsciencia. Doy gracias por esa inconsciencia que es sinónimo de ganas, o sea, que es sinónimo de ilusión pero sin la carga de cursilería asociada  (o que yo le asocio).

Esta es la crónica personal, y ojalá que transferible, de mi paso por este fin de semana y del poso que este fin de semana  ha dejado en mí. Otros habrán tenido otras experiencias y las contarán, o no. Otros habrán construido otras opiniones y las expondrán, o no. A mí me gustaría que lo hicieran.

Vayamos con los hechos:

Viernes 19 de mayo: presentaciones en el Beer Station

BEER STATION 1

Y digo presentaciones refiriéndome no solo a las de los libros de Cerbero, que eran las que se anunciaban en el cartel, sino a todas las demás. Por ejemplo lo de “Hola, me presento, soy Alicia”, que por fin pude decirle cara a cara a Marta Junquera. Hablamos poco porque somos mujeres de hábitos y por las redes también hablamos poco. Mi percepción es que poco fue suficiente. Me gustó Marta.

Me reí con Alberto Caliani. Esto seguro que es poco original, porque a mi alrededor todos se reían con Caliani, pero si tengo que elegir entre ser original y contar la verdad… Pues eso, que me reí mucho. Conocí también al señor que no tiene Facebook, que es muy discreto y nada intrusivo y habla muy bajito y solo bebe Heineken. Que diga lo que quiera: yo vi cómo se metía al menos cuatro botellines de Heineken entre pecho y espalda. Una cosa loca. Reconocí a Virginia de la Puente de puro churro (porque soy una horrible fisonomista) y lo curioso es que todos ellos y todos los demás me trataron como si también me conocieran. Fue una extraña sensación. Extraña y agradable, como apoyar la espalda en el radiador una tarde fría de invierno.

Luego llegó la charla acerca de identidad y género y un poco más tarde llegaron las presentaciones, las de los libros. Hablamos mucho desde detrás de la mesa iluminada con luces de color rosa que a mí me daban ganas de arrancarme por el Express Yourself de Madonna; pero lo mejor fue lo que hablaron desde fuera. Un público activo que daba ganas de achucharlo. Mi sensación es la que me queda siempre después de hablar en público: seguro que he dicho mucha tontería, pero bueno, la gente se reía en lugar de huir despavorida, así que no debió de ir del todo mal.

A mi derecha Lola Robles, muy ducha en poner los puntos sobre las íes, puso unos pocos y habló de identidades sociales. A mi derecha Miguel Santander tuvo que hacer lo posible para moderar lo inmoderable –qué delicia de hombre, qué modales, qué saber estar, hoygan- y más a mi izquierda Eduardo Vaquerizo habló con una especie de dejadez chispeante que me recuerda a algunos cómicos de esos que las matan callando. No soy capaz de dar con el que es.

Todo esto a media luz (rosa) y a la vera de cervezas varias. Puede que el público, de hecho, no huyera  porque había cerveza.

BEER DOS

Cuando la cosa estaba a punto de acabar, apareció Nieves Delgado y puso sus puntos también, pero sobre las IAs. Como Nieves es mi madre adoptiva en esto de adoptar a una autora 8que lo he repetido mil veces y me creo que lo sabe todo el mundo, pero lo mismo no, así que lo enlazo), y como hemos hablado mucho estas últimas semanas por la cosa de compartir eventos y editorial, tenía yo mis nervios agarrados al estómago. Pero la verdad es que Nieves es muy dulce (calla, loca, dirá. Por mucho que sepa que no soy yo de las de callarme). Dulce, asertiva, inteligente y observadora.

Durante la charla y más tarde, durante las cervezas, apareció Virginia Buedo. Alegrías te da la vida donde y cuando menos te lo esperas. Virginia presenta el día 25 en Alicante un libro de prosa poética. Alicantinos, acercaos a verla. Tiene mucha pinta de merecer la pena.

virginia

Amigos a los que hacía tiempo que no veía, amigos nuevos, amigos menos nuevos. Me sentí arropada y querida y aceptada que son cosas que por lo general no me siento.

Además (cof, cof) se vendieron todos los ejemplares de Barro que Israel Alonso acarreó con paciencia y donosura.

Sábado 20 de mayo: PIC NIC

¿Quién me lo iba a decir? Se juntó un puñado de gente amable y encantadora interesada en la tortilla sin cebolla y en la literatura. Siento infinito no recordar los nombres de todo. Lo siento mucho, muchísimo. Se acercó Amaya, mi compañera de curso de corrección de textos. Habría que mencionar a Teo Palacios que va por ahí sirviendo de nexo para que se conozcan gentes majas y adorables. Vino con Rafa, otro de esos raros especímenes amables y divertidos J. Pero también dos jugadoras de quidditch (ellas dicen que quidditch muggle, pero yo digo que no hay quidditch sin algo de magia, aunque sea residual), una empresaria en ciernes, Raúl Atreides con su patinete y su hija, @luluvonflama, que me tuvo engañada toda la mañana y mucha más gente. Con algunos ni siquiera crucé palabra. También vino mi amiga María, un cielete. Y… bueno, también se vendieron todos los ejemplares de Barro, así que Israel cada vez acarreaba menos.

PICNIC 2

Fue una mañana divertida, distendida, trasnshumanista, con galletas y un bollo malogrado. Creo que disfrutamos todos. Bueno, sé que yo disfruté mucho.

Sábado 20 de mayo: Feria del libro de Tres Cantos

O demostración empírica de que se puede decir casi casi casi lo mismo que se dice en tres horas usando solamente media. Fue rápido, intenso, y un poco loco. Tres Cantos es un lugar lleno de mosquitos que ahora viven mejor alimentados. También es un lugar donde la Librería Serendipias hace la vida más bonita y mejor.

Se nos cayó un señor de una silla y hubo un momento estelar en que la mitad de la sala estaba ocupada por mi fandom particular (marido, tías de mi marido, amiga de las tías de mi marido). Cada uno se sube la autoestima como considera. Y, bueno, algo vendimos. Más de lo esperado a decir verdad.

Fue en Tres Cantos donde me fijé por primera vez en las manos de Nieves Delgado, de dedos huesudos y alargados que mueve como alas articuladas de mariposas. Nieves hablaba y yo le miraba las manos y pensaba: si las subiera un poquito y el público las viera daría igual lo que dijera, porque son manos hipnóticas. Algo escribiré acerca de esas manos.

Aquí conocí al Sr. cascales, al Ser. Valenzuela y al inefable Sr. Redwood. Por favor, perdón por todos los nombres que no recuerdo. Por favor, por favor, por favor.

Domingo 21 de mayo: Eskalera Karakola. Presentaciones, feminismo y diálogo

karakola 2

Por fin alguien ha teorizado como es debido acerca del Viaje de la Heroína y no acerca del Viaje del Héroe. La semana que viene, creo, si no lo entendí mal, presentarán en el mismo sitio un libo de Elisa (no recuerdo el apellido pero subsanaré esto en breve) al respecto. Se habló de muchas cosas, pero esta es para mí la más importante.

Javier Castañeda de la Torre nos presentó y preguntó y resultó que Barro es fantasía Weird. Lo mismo lo es. Yo olvido enseguida lo que escribo, así que a saber lo que hay en esas pocas páginas.

Dos horas y media de charla y el aletear de las manos de Nieves no me deja recordar la mayor parte… En cualquier caso, salí con una larga lista de nombres y de puntos de vista. Amaya regresó a vernos, Virginia Buedo volvió a destacarse entre el público y luego todo se acabó.

En definitiva: un buen fin de semana que hace que este lunes se vea como borroso, como irreal. Y es que, ya me lo temía yo, nada es mejor que las cosas que no existen.

karakola 1

Ah, y soy como el jamón cocido, que tiene trazas de cacahuetes, pero yo con asperger. Y también soy una bestia mediática. Me voy a comprar un disfraz de leona, para la próxima 😉

Ahora soy una gatita agotada, pero pronto rugiré.

Abrazos y miles de gracias a todos. Con mención especial a Cristina Jurado, que no estuvo en  carne y hueso, pero que no nos dejó de la mano ni un momento. Corresponsal en Dubai para las redes sociales de Cerbero y media alma mater del vento.

 

 

#LCInquilinos: Entrevista a Alicia Pérez Gil

Esta es la entrevista que he contestado para la iniciativa “Adopta una Autora”.

No podría ser, en este momento, más feliz. Mañana si eso igual sí, pero en este momento no 🙂

Adopta una autora

Entrevistamos a Alicia Pérez Gil con motivo de la lectura conjunta que realizaremos junto con La Nave Invisible durante el mes de junio. Para más información, seguid este enlace y buscadnos en las redes sociales con #LCInquilinos.

LC-inquilinos-adopta-nave-alicia Diseño de María Teresa (@MariaT0)

Hola, Alicia. Muchísimas gracias por dejar que te entrevistemos. Dinos, ¿cómo, cuándo y por qué empezaste a escribir?

¡Hola!

Llevo contestando esta pregunta dentro de mi cabeza desde que tuve la osadía de imaginar, por primera vez, que quizá en algún momento publicaría un libro. Empecé a escribir a los doce años. Fue una entrada de diario en una agenda que regalaba la SuperPop (sólo entes antediluvianos sabrán de lo que hablo). La noche anterior había tenido mi primer sueño erótico y el cuerpo me pedía, extrañamente, dejar constancia. Desde entonces he escrito páginas y páginas de diario.

Durante la adolescencia necesitaba escribir dos tipos de textos: los…

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Barro: una novela corta que sí, es mía y no, no es de terror.

FEAT-ESCRIBIRSiguiendo con mi particular manera de hacer las cosas, o de no hacerlas, he olvidado usar el blog para lo que vale; es decir, dar noticias importantes.

Ahora la siguiente frase se pone rebelde porque ¿cómo dices que has publicado tú primer libro con una editorial? Hola, queridos: He publicado un libro.

Supongo que sí, que así es: He publicado un libro. Una novela corta de género fantástico y título Barro, escrita por mí, forma ahora parte del catálogo de Editorial Cerbero, a decir de su fundador, la mejor del mundo entero.

Editorial Cerbero no es cualquier editorial, sino una editorial honesta, con un sentido de la justicia autor-editor-lector. Una de esas editoriales, cuervos blancos, que hacen su trabajo y dejan que el resto de la cadena lleve a cabo el suyo.

Barro por su parte es la primera parte de una trilogía de novelas cortas que hablan sobre la búsqueda de la libertad a través de la búsqueda de la identidad. Si bien esta primera entrega se enmarca dentro de la fantasía, la segunda puede considerarse ciencia ficción y la tercera será de terror.

Habría que dejar claro cómo se aplica el sustantivo trilogía a estas tres novelas que no tienen en común más que el tema: no comparten personajes, ni mundos ni estilo. Pero hablan de la búsqueda, del viaje y de la relación de uno con el mundo. Entre las tres se crea un ciclo de despojo, encuentro y destrucción a varios niveles.

Tal como dice la sinopsis de Barro,

Alicia sabe qué llevará consigo y qué no cuando sus padres deciden cambiar de casa. Sin embargo, hay algunas cosas que quedan fuera de su alcance, como su hermana, su gemela problemática recluida en un centro especial, la única persona a la que quisiera tener a su lado en su nueva vida. Dispuesta a recuperarla, emprende un viaje más allá de las fronteras de lo real, al otro lado de la bruma de los sueños, donde cada uno de los objetos que ha guardado con ella demostrarán su auténtico poder. Y los necesitará, porque en el propio viaje se verá despojada de todo lo que la convierte en Alicia, incluido su propio nombre.

¿Fantasía?

Sí, fantasía sin elfos cursis, sin enanos mineros, sin hobbits, sin dioses, sin soluciones mágicas. En el mundo al que Alicia llega huyendo del conejo blanco, existe la magia, pero no es una magia al uso. La magia representa lo que los otros saben de la protagonista, que lo pierde todo, hasta el nombre, antes de encontrarse a sí misma. A medida que encuentra su verdad se opera un determinado tipo de magia. Hasta el momento del renacimiento.

Pero no hace falta que me extienda en explicaciones, porque este fin de semana vais a tener mil y una oportunidades de oírme, a mí y a mis compañeros de editorial, hablar de mi libro, de los suyos, de la identidad, de los viajes iniciáticos y de lo que se os ocurra. Editorial Cerbero ha preparado un programa de lujo. Este es el cartel. Espero veros a todos. O al menos a muchos.

PROGRAMA CERBERO IPROGRAMA CERBERO ii

Hay que matar las margaritas. Hay que salvar el mundo.

FEAT-VIVIRHa aparecido una flor en Facebook. Hace unos meses al pulgar azul se le añadieron unas pocas caras con expresiones de asombro, risa, enfado y tristeza. Además pusieron un corazón que significa “me encanta”. Y ayer una flor morada. Parece que para dar las gracias.

Esto no es nuevo en realidad. Ni siquiera lo ha inventado whatsapp, aunque sin duda ha sido esta aplicación la que ha llevado la popularidad de los emoticonos a niveles estratosféricos. A mí me gustan: me parecen divertidos, ahorran tiempo y casi nunca los uso para sustituir palabras. Soy más bien de las que los emplea para suavizar frases; ya sabes, como lo de eres imbécil, pero te lo digo desde el amor. Son divertidos, sí. La caca que sonríe es genial porque es una caca y sonríe, colega. Una mierda feliz, metáfora atrevida y de aplicación global donde las haya.

Lo que pasa es que estoy releyendo El cuento de la criada, de Margaret Atwood, una distopía cada día menos distópica en la que a las mujeres no se les permite leer. Los rótulos de las tiendas han sido sustituidos por dibujos: una chuleta donde antes decía carnicería, unos huevos y una vaca donde antes decía lechería, y así.

Y me pregunto si esto de comunicarnos con flores, corazones y emoticonos amarillos que whatsapp permite cambiar de tono para adaptarse a diferentes razas, no derivará en otra cosa. No inmediatamente, claro, sino a largo plazo.

La lectura es peligrosa. Lo decía yo misma hace poco hablando de 36, la novela corta de Nieves Delgado para Cerbero que me temo que no podría ser escrita con emoticonos. Una novela peligrosa porque obliga al lector a cuestionarse ciertas cosas y del autocuestionamiento nacen por lo general más preguntas que respuestas. Pero lo que se desean son respuestas y entonces lo que hay que hacer es leer más, aprender más. Así, cuanto más te preguntas cosas, más aprendes, cuanto más aprendes más sabes y cuanto más sabes menos manipulable eres.

Vivimos una época convulsa en la que no somos protagonistas. Yo soy una tía bastante ingenua, la verdad, y me siento traída y llevada como hoja al viento. Nadie me informa. De todas partes me hacen llegar opiniones. Y los medios de información tampoco me informan porque ni siquiera intentan contarme la verdad. Me cuentan lo que les interesa (a ellos o a sus dueños) que yo crea.

Sí, todos me dicen lo que debo creer y nadie se ocupa de lo que debo saber, así que tengo que hacerme cargo de mi propio conocimiento, de mi propia cultura. En el momento en que solo disponga de flores, corazones y caras amarillas y no de palabras más o menos complejas ¿qué capacidad para informarme, para prender, para saber, para crecer, para defenderme, tendré?

Hay que leer, hay que conseguir que los que no leen deseen leer. Hay que hacer un esfuerzo grande para que todos aquellos que no desean pensar deseen hacerlo. Joder, pensar es una mierda, pero es pensar lo que nos hace siquiera relativamente libres y relativamente más fuertes.

Esto es una responsabilidad de cada individuo y una responsabilidad aún más acusada en las personas que escriben para que otros los lean: escritores, periodistas, guionistas de comic, poetas, compositores, dramaturgos.

Hay que matar a las margaritas. Hay que salvar el mundo.

(Y yo ya si eso, debería dejar de venirme arriba, pero es que tengo mucho sueño)

 

 

Life

Origen: Life

Una historia de terror real: el trastorno reactivo del apego. Abrazad, insensatos.

FEAT-VIVIREn este momento yo debería estar escribiendo la emocionante historia de un Jesús enamorado, poseído por demonios, que se arrastra a través del desierto de Galilea porque Juan el Bautista ha creído que así podrá escapar de quienes le persiguen por haber matado a José, su padre.

Sin embargo, hay algo bello en la literatura por mucho que la literatura la firme Stephen King, que no es un hombre al que se suela relacionar con la belleza. Hacía ya un tiempo que no releía nada. Hay tanto nuevo, tanto bueno, tanto desconocido, tanto interesante, que he andado como pollo sin cabeza. Pero en septiembre estrenan la nueva versión de IT y quiero llegar con las cosas razonablemente recientes, pero no tanto como para no disfrutar de los huecos o licencias que se tome la película.

Hace  unas semanas, como cinco, terminé 22/11/63, que es una gran novela de amor, digan lo que digan quienes lo digan. En el primer tercio King hace que su protagonista pase por Derry y se encuentre con dos de los chicos de IT: Richie y Beverly. Además se complace en la recreación de la ciudad maldita, de lo que está muerto en esa ciudad. Se trata de un par de capítulos, pero bastaron para que la chica de catorce años que vive por ahí, en algún lugar entre mis riñones y mi laringe, se sintiera como si estuviera viendo las fotos del instituto. Casi no tengo fotos reales de aquella época y doy gracias porque fue una época horrenda, pero sí tengo recuerdos muy vívidos de algunas de las novelas que leí entonces. Por ejemplo, IT.

Con IT creé uno de los primeros vínculos literarios que recuerdo. El ejemplar de mi madre, comprado a Círculo de Lectores, corrió la misma suerte que el de El Señor de los Anillos, de la misma procedencia. Ahora están en mi casa, desvencijados, vividos, exprimidos, como todos los libros deberían estar. No en vano pasaron por las manos de al menos cuatro adolescentes y algunos pares de adultos ¿Si prefiero los libros nuevos? Me gusta el olor de la tinta, me encantan las librerías PERO no: prefiero los libros usados. De hecho yo no leo mis libros, los uso. Pinto, subrayo, escribo. Sé que esto me hace acreedora de una entrada VIP al infierno de los bibliófilos, pero así soy yo.

Creé vínculos gracias a Sherlock Holmes, Raistlin Majere, Frodo Bolson y Ben Hascom. Recuerdo en primer lugar la cara de idiota que se me quedó cuando descubrí que Mike Hanlon, el hombre que pone la trama de IT a rodar, era negro. Yo vivía en un pueblo de 12.000 habitantes del Valle de Ayala, donde la más morena era yo, que soy sólo un poco menos pálida que un cadáver. Recuerdo frases como que “la tortuga no pudo ayudarnos” claro, y el pasaje de la sangre que sale a borbotones del lavabo. Recuerdo a Bill el adulto pedaleando a duras penas en Silver. Lo recuerdo con la misma consistencia con la que recuerdo las vacaciones (reales) de aquel verano. Recuerdo los libros con mucho más cariño y mucho menos dolor que la vida.

Y sin embargo.

Sin embargo, por mucho que me emocione y que me parezca bello, sé que hay algo morboso e incorrecto en todo esto. Porque a veces me cuesta distinguir lo que es verdad de lo que no. Seguro que habéis leído eso que dicen de que el cerebro no es capaz de diferenciar entre que hagas unas abdominales y que visualices que las estás haciendo. Os suena ¿no? Yo diría que es falso. Igual que digo que en mi caso es cierto que mi cerebro no diferencia, a nivel emocional, lo que me pasa a mí de lo que les pasa a los personajes con los que me identifico.

Los sicólogos hablan de una cosa que se llama desapego. Existe un desapego bueno, que es el que te permite dejar marchar el dolor, o a la gente que no te merece. Es un mecanismo para superar los malos tragos. Y luego hay desapego del malo. No me haré la víctima: yo tengo de los dos 😉

Vale, el desapego negativo es el que a veces hace que me sienta muy muy mal. Y os lo cuento por si conocéis a alguien que lo tenga todo y a quien no entendéis cuando os dice que está triste, que se siente solo o que se siente feo. Para procurar que en vez de mirarle como a un bicho raro, le deis un abrazo. Un abrazo, no hace falta que le digáis que es guapo, listo e importante. Él ya lo sabe, pero no lo siente. Necesita sentirlo, así que abrazadle.

Y no valdrá con que le digáis nada porque esto del desapego malo es un poco como esas experiencias extracorporales que salen en las películas o en los libros: y entonces fue como si saliera de mi cuerpo y viera mi vida desde fuera. Yo veía lo que hacía, pero no parecía que fuese yo, sino otra persona.

Así es, ni más ni menos. Por algún motivo este efecto se desencadena y uno (en este caso yo), sabe que tiene una hermana guay, un sobrino nuevo al que tiene que conocer, un marido al que quiere con locura (y que la quiere con la misma locura), un trabajo razonablemente cómodo, cuatro gatitos que son cuatro amores, una bonita casa, un cuerpo sano, unos ojos bonitos, un pelo maleable, cierta inteligencia, algún talento para lo de contar historias, una red de amigos. Yo sé que tengo todo eso, pero es como si no fuera mío. No soy capaz de conectarme con todas esas cosas buenas. Como si se produjese un cortocircuito o como si hubiera venido el hombre del saco y las hubiera metido todas dentro de su bolsa.

Así que en mi cabeza solo quedan las cosas malas: las que dan miedo, las que dan vergüenza, las que no me gustan, las que me hacen sentir mal, los deseos incumplidos.

Si habéis leído Coraline, de Neil Gaiman, quizá os sea más fácil entenderlo: los padres reales de Coraline desaparecen y ella debe huir de la madre falsa, mala y hueca. Pues bien, yo me siento mala, falsa y hueca, como si me hubieran robado todo lo bueno.

Luego, de una manera también misteriosa, me reconecto conmigo y con mi vida y siento el amor y la alegría y me reconozco guapa, lista e importante.

Todo esto está relacionado con el trastorno reactivo del apego, que es malo, feo y alberga más horrores que la noche y también con la ciclotimia. En ocasiones no sientes nada bueno y por tanto cuando eres capaz de sentirlo, te lanzas a tumba abierta, ya sea a vivir en Derry o a enamorarte de Dylan McKey. Lo que haga falta con tal de que te quieran, lo que haga falta con tal de formar parte.

Así que ya sabéis: si conocéis a alguien que lo tenga todo para ser feliz y veis que está genuinamente hecho polvo, pasad de discursos: dadle un abrazo. El contacto es la mejor manera de conectar. El contacto une lo que el cerebro, a veces, desconecta.

 

 

 

Aquellos muertos que, por morir, no envejecieron

FEAT-VIVIRComo soy humana soy injusta y como soy injusta detesto a John Lennon. No me hizo nada. De hecho, ni siquiera le detesto a él especialmente, sino a las hordas de lennonistas que no se paran a pensar en lo que habría quedado del ídolo si no lo hubieran matado.

Motivos para detestarles no tengo. La verdad es que tampoco me han hecho nada. Como los mejores terroristas, me asusta lo que no comprendo y no comprendo el éxito de un tipo que a mí me pareció siempre mediocre. Y luego está lo de la pertenencia, claro. No me identifico con el fandom de Lennon, así que les odio. Es un mecanismo simple. Por eso procuro no hablar de él, porque me ciega la irracionalidad.

Además, yo he sido fan de varios muertos mucho más jóvenes que él, que al menos llegó a los cuarenta. He sido fangirl de Janis, de Jim y de Kurt (Hendrix me la sopló siempre, es lo que hay) y el otro día me di cuenta de que murieron hace 16 años. Es decir, hace 16 años yo tenía 27. Dios, a los 27 yo era una niñata impresentable. Tampoco es que sea menos niñata ni menos impresentable ahora. Ahora, cuando veo a gente de menos de treinta me siguen dando cierta ternura (los que no se manifiestan a primera vista como gilipollas integrales). Pero aquellos tres se ahogaron en sus drogas y nos dejaron bonitas y oscuras canciones que yo visito cuando me siento oscura y nada bonita.

Envejecen quienes se lo pueden permitir, supongo.

Qué poco respeto.

En cualquier caso, me pregunto qué habría sido de Cobain y de su rabia, de su dolor, si hubiera dejado la heroína. Qué habría sido de Janis o de Jim, de quiénes hoy me siento más lejos. Me pregunto si, pasado el mal trago de no haber muerto, habrían seguido viviendo y escribiendo bonitas y oscuras canciones. O si habrían muerto de todos modos.

Me pregunto si alguien habría escrito alguna canción atroz titulada Scream like Cobain en lugar de una que va de moverse como Jagger. Usted ya me entiende. O si ahora a Lennon se le conocería como la otra señora mayor, la que va de gira con Mccartney.

Death is merciful.

 

Vivo para no ofender

FEAT-ESCRIBIREn un lunar de mi cara

coordenadas a parte

no ha mucho que vivía

un deseo:

que de las venas la sangre

rápida y limpia escapara,

que huyera en largo reguero.

Pena mía

que eso nunca sucediera

que me vaya haciendo vieja

y no pinten mis muñecas

más que viejas cicatrices

infelices

además de ineficaces.

En aquel tiempo pasado

la estética dominaba

hoy me mata

la necesidad sincera

de volar por la escalera

decorando el descansillo

con el brillo

de sesos desparramados.

Soy feliz tan solo a ratos.

La mayor parte del tiempo

me agosto.

Que ello no desmerezca

los amores inmortales

de esta absurda viada mía

ni vacía

ni tan llena de bondades

que compensen los de angustia

los momentos singulares

de alegría.

No se trata de balanzas.

Es más bien la resistencia,

la resistente flaqueza

de respirar a deshora.

Como ahora

que en lugar de gritar alto

pulso una tecla tras otra

junto ocho, junto cuatro

y exhalo.

Porque me siento culpable

de que me ahogue la angustia

y pergeño explicaciones

que ofrecer

mientras se me acaba el aire

mientras me pesa la vida

mientras me muero a escondidas.

Lo que sea

para no ofender.

 

 

 

 

No te traigo flores: sobre la memoria

 

FEAT-ESCRIBIREl cementerio de mi pueblo es pequeño, una parcela recogida, muy limpia a pesar de que la verja nunca se cierra más que con un alambre retorcido. Lo rodea un muro levantado a mano, con piedras irregulares; una de esas paredes de minifundio como las que separan unos prados de otros. Tres cipreses contados, altos, de tronco grueso y copa afilada delimitan la parte más moderna, al fondo, de la más antigua, junto a la entrada. Existe un camino asfaltado, muy feo, que lo atraviesa en vertical y varios senderos trazados por los pies insistentes de algunos deudos, que lo cruzan en horizontal. Las tumbas de los niños viejos se encuentran en la zona nueva junto a los nichos de los últimos viejos muertos. Tiene sentido, si lo piensas.

Yo digo que Sol la enterraron en tierra de nadie, en una tumba excavada a medio camino entre lo nuevo, lo antiguo, los bebés y los ancianos.

No la visito a menudo porque me duele que ya no quede nada de ella. Solo me acerco cuando noto que se me está olvidando, cuando miro una fotografía y no consigo recordar si la sonrisa que mostró a la cámara escondía algún secreto, algún tipo de malicia, o si se trataba de una sonrisa inocua. La última vez que desanudé el alambre de la verja lo hice porque el verde de sus ojos cambia de una instantánea a otra y no supe reconocer qué tono era el suyo.

No le llevo flores a Sol, sino los huecos que se abren en mi memoria precaria. Respiro por la nariz, meto las manos en los bolsillos y le ofrezco esas células muertas a ella, que se ha convertido en células muertas también. Me apoyo en las barras de hierro de un mausoleo cercano y le digo, en voz alta, que esos recuerdos borrosos míos la hacen más grande dondequiera que esté porque la realidad que yo pierdo regresa a ella. Suena fatal cuando lo digo, pero me consuela. Porque así parece que tiene un sentido, un propósito, que me esté olvidando de los rasgos de Sol, o del sonido de su voz, o del tacto áspero de su nariz demasiado grande entre mis muslos.

Esta mañana he vuelto. Había un coche rojo aparcado junto a le verja del cementerio, que estaba abierta. No sé lo que esperaba encontrar dentro Al alguien de fuera, supongo, a algún extraño, quiero decir. Algo raro, aunque la verdad es que nunca encuentro a nadie, así que ya era bastante raro el coche en sí, saber que otra persona viva respiraba allí dentro.

Una vez cruzada la puerta de hierro estiré un poco el cuello y miré a ambos lados  mientras, como siempre, me metía las manos en los bolsillos y respiraba hondo. No vi a nadie. No vi al visitante. Pensé que lo ocultaban los cipreses o que se habría metido en alguno de los panteones. Yo siempre he querido entrar en uno, pero me da reparo. Me parece que es como asaltar la casa de alguien. Aunque en ellos solo vivan los muertos. No, aunque sólo los ocupen los muertos.

La mujer, la dueña del coche, estaba de pie frente a la tumba de Sol. Allí se había parado. Miraba al frente. Se le notaba porque estiraba mucho el cuello. Lo forzaba.  Se me cortó la respiración, como antes de cambiar la caldera por la de gas natural, cuando se me acababa el agua caliente en medio de la ducha. Me acerqué de todas formas porque yo iba hacia allí.

Se levantó un poco de viento que me trajo el aroma de un perfume caro enredado con el olor corporal de la mujer: a sudor, a cansancio. La misma brisa agitó sus rizos cortos de un castaño oscuro muy similar al color de los troncos de los cipreses. Se llevó las dos manos a la cabeza y noté que temblaba, como si llorase.

Jamás se me habría ocurrido que encontraría a alguien llorando en la tumba de Sol. Se me encogió el estómago y me salió una voz chillona cuando le pregunté a aquella extraña si estaba bien.

—¿Estás bien?

Ella bajó las manos, se agarró los codos y se protegió la cintura como si, como a mí, se le hubiesen retorcido las tripas. Me miró. Me analizó. Llevaba gafas oscuras, de pasta, y yo no podía distinguir sus ojos tras los cristales, pero me repasó de arriba abajo primero y de abajo a arriba después. Creo que dedujo que yo no presentaba ningún peligro. Quizá por mi delgadez o por las manos ocultas en los bolsillos escasos donde no habría cabido un arma. Además, me mantuve a cierta distancia.

—No mucho.

Asentí. Así, con la cabeza. La moví hacia abajo y la levanté. Lo hice dos veces. Tampoco yo estaba muy bien. Empezaba a pesarme el hueco de la memoria que le llevaba a Sol y me sentía incómoda en presencia de la extraña. No quería resultar inoportuna, ni entrometerme. En realidad solo deseaba que se fuera para poder hablarle a mi muerta de que se me había escapado su altura, de que ya no sabía si su frente me llegaba a la nariz antes o después de que se pusiera los tacones.

—Era pequeña.

No sabía si se refería a Sol, a ella misma o a alguna otra muerta.

—Era pequeña y me hacía daño a veces. Como sin querer, pero quería ¿sabes a lo que me refiero?

No lo sabía, pero asentí de nuevo porque no quería entretenerla, no quería que se alargara con explicaciones. Supuse que si la dejaba hablar todo terminaría antes y yo podría hacer lo que necesitaba hacer y luego irme a seguir con mi vida.

—A veces me decía que me odiaba. Eso me daba igual porque sabía que era mentira. Pero cuando me decía que ya no me quería o que nunca me había querido, entonces me daban ganas de matarla porque con ella nunca se podía estar segura. Se reía de mí. Siempre que encontraba la oportunidad se reía de mí.

Me dio mucha pena la mujer, muchísima, porque parecía que se acordaba de todo y que eso le hacía daño.

—¿Y tú?

—¿Qué?

—¿A ti también te jodió la vida?

—Pues no creo que sea asunto tuyo, la verdad.

Me di cuenta de que mi respuesta era grosera, pero también reflejaba lo que sentía, así que no me disculpé.

—Ya… Hacía mucho que no la veía. No tienes que odiarme ni nada. Seguro que no te engañó.

—Seguro que no.

Lo pensé un poco más antes de añadir algo que también era cierto.

—La habría matado.

Se rio con una de esas risas falsas que tratan de ocultar el miedo sin conseguirlo.

—¿No fuiste tú, entonces?

Yo negué. Con la cabeza. La giré de un lado a otro y luego me quedé mirando a aquella extraña que no terminaba de marcharse. De repente me interesó saber por qué motivo había ido a mi cementerio, de modo que se lo pregunté.

—¿Por qué has venido?

—No es que sea cosa tuya tampoco ¿no?

Respondió muy rápido, como si hubiera estado esperando la oportunidad de devolverme mi respuesta grosera. No me importó.

No dijo nada más, se metió las manos en los bolsillos y pasó a mi lado. Yo no me di la vuelta para mirarla porque no era a ella a quien había ido a llevarle sus cosas, sino a Sol. Así que allí las dejé: la incógnita sobre su altura y un enigma nuevo, un regalo.

Reseña: “36” de Nieves Delgado. Por Lola Robles.

A Lola Robles también le ha gustado 36. Yo ya dije que era buena, pero esta mujer se explica mejor… Y hace algún pequeño spoiler.

MaMuT

La editorial Cerbero ha empezado su andadura a principios de 2017, con la publicación de tres novelas cortas: Rubicón de Juan González Mesa, Los príncipes de madera de Daniel Pérez Navarro y Yabarí de Lola Robles. El proyecto de Israel Alonso, director de Cerbero, atendiendo a las reminiscencias del nombre que ha elegido para su sello, el can de tres cabezas que custodiaba la puerta del Hades, es sacar a la luz tres novelitas cada tres meses aproximadamente. En esta ocasión la segunda tanda incluye los títulos CloroFilia de Cristina Jurado, Domori de Sofía Rhei y 36 de Nieves Delgado, y es esta última obra la que voy a comentar aquí.
Cerbero publica libros de pequeño tamaño, con dimensiones que vendrían a corresponder a los «bolsilibros» del siglo pasado, surgidos de editoriales como Bruguera. Los bolsilibros ofrecían géneros diversos, entre ellos ciencia ficción, terror, western…

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