Intimidad

por Alicia Pérez Gil

Salió de entre las sábanas con cuidado de que el otro no se alterase. El sexo siempre era bueno con él, y el sueño, y las caricias de la duermevela. Le encantaba su piel suave por todas partes, el contacto furtivo de una pierna en mitad de la noche o de una mano que le apretaba la cintura y la despertaba sin piedad. Disfrutaba del olor un poco acre de su sudor, del resto del aroma a champú de hierbas, de la contemplación de sus poros abiertos alrededor de la nariz. Se sentí a salvo en las arrugas de la cama, en el espacio mínimo que le dejaba sobre el colchón.


Se negó el placer último de besarle el hueco de la clavícula y recogió, de puntillas, la ropa que la noche anterior había dejado a los pies de la cama. Era temprano aún. Apenas había amanecido la luz rosada del verano de ciudad. Podría desayunar con zumo de naranja mientras contemplaba a los demás madrugadores. Luego tomaría un autobús hasta el museo y se perdería en el camino aleatorio de imágenes que nunca trazaba con antelación.

– ¿Ya te has ido?
– Casi
– Espera y desayunamos juntos.

Un rato más tarde a él no le detenían los mismos cuadros y aún en los mismos no le detenían las mismas cosas. Ella se agotó al segundo instante, no quiso explicarle que las sombras tenían más entidad que los personajes en aquella otra fotografía, no quiso oír de qué manera la única escultura de la sala le inquietaba. No pudo llorar en una esquina apartada ante la precisión del mejor disparo, no resopló de disgusto por un paisaje manido. No corrió cuando quería ni se paró una eternidad cuando lo necesitaba. No se quedó clavada al suelo ni salió volando. La sujetaba, la empujaba o la detenía la mano de él apretada en la suya, llena de amor.

Se sintió pequeña y mezquina tanto como invadida y robada. Y cuantos más esfuerzos hacía él, más le odiaba ella. Por saber tocarla con aquel tacto precioso, por ser un intruso deseado sobre su cuerpo, por quererle tanto que no podía gritarle que se fuera, por su solicitud a destiempo, por aquella intimidad fuera de hora que le restaba identidad. Porque a su lado se sentía cuestionada más que amada, porque las mañanas de domingo eran sus mañanas y las de nadie más. Aunque en todas sus otras ausencias no pudiera respirar.
Anuncios