Henry & June

por Alicia Pérez Gil

Nací a finales de 1992. Quizá por eso parezco mucho más joven a pesar de mis 37 años. Nací en 1992 al grito de “¡Detesto lo exquisito!” Y es que mis nuevos amigos universitarios, miembros fundadores del taller literario en el que vine al mundo, leían los diarios de la Nin. Y además los comentaban y decían de ellos que eran exquisitos, que Anaïs era exquisita, que bla bla bla. En aquel entonces yo no sabía quien era esa buena mujer, ni había oído hablar de Henry Miller, aunque me cuesta creer que haya habido un tiempo en el que yo no supiera de la existencia de Henry Miller. A cambio sabía que esa carencia cultural me excluía de las conversaciones. También sabía que no podría ponerme al día lo suficientemente rápido, no podría leer los diarios a tiempo para la siguiente conversación, no podría contradecir la exquisitez.

Lo que hice fue tirarme mi primer farol literario e iniciar mi primera partida de poker: vi sus Diarios y subí un Trópico de Cáncer. Ellos vieron mi apuesta, subieron una Casa del Incesto y yo rompí mi hucha y subí una Rosy Crucifixion (avalada por Robert de Niro, que le daba un ejemplar de Sexus, creo, a Juliette Lewis en El cabo del miedo, para horror de Nick Nolte). Empatamos. Disolvimos la partida. A cada párrafo exquisitamente compuesto yo oponía páginas de desbarres; a cada anécdota preciosa yo enfrentaba la vida de las palabras de Miller, su grosería, su exceso, sus incorrecciones. Y así, poco a poco, me hice con mi hueco en aquella vida nueva.

Anoche Henry y June me devolvieron a la realidad de que tengo Trópico de Capricornio sin leer porque lo he regalado todas las veces que lo he comprado. Se lo regalé al menos a dos hombres y al menos a una mujer. El ejemplar que tengo ahora en casa está deshecho. Se le caen las páginas y además es versión original inglesa. Lo compré en una libraría de Charing Cross Road en 1999. Para entonces ya le había echado un buen vistazo a la correspondencia entre Miller y Nin, Miller y Durrell, al Coloso de Marussi, me había aprendido Trópico de Cáncer, Sexus, Nexus, Plexus, Black spring, y cuando alguien confundía a Henry con Arthur me sentía personalmente ofendida. Lo que hace la juventud.

Anoche Henry y June me regaló una nueva perspectiva:

¿Es que crees que ella puede amar algo que yo no haya amado antes?

Se lo dice Hugh a Anaïs, celoso de la relación de ella con June. June, a quien todos hemos odiado alguna vez.

Y ahora sobre mi mesa tengo esos fragmentos de diario.

“Anoche estuve pensando en cómo podría demostrarte, mediante lo que más me costara hacer, que te amo; y sólo se me ha ocurrido mandarte dinero para que te lo gastaras en una mujer […] no me lo cuentes, porque estoy segura de que ya lo has hecho. Déjame creer que te lo he regalado”.

“Estoy satisfecha con el día de hoy, de modo que me entretengo imaginándome penas”.

Y transcribe a Henry:

“Te amo, recuérdalo. Y, por favor, no me castigues evitándome”.

“Y el horóscopo dice que somos complementarios”

Mi forma de escribir, de conjugar, de relacionarme, de entender el mundo, de amar, de declararme, de callar. Yo creía que las había adquirido de Marguerite Duras, pero no. He heredado el exceso de Miller, he heredado el orden de Anaïs y he deseado encontrar a quien pedirle que no me evitase… que no me evitara y que el horóscopo dijera que somos complementarios.

Anoche Henry y June me devolvió a 1992, al 93, al embrión de mis conceptos, al virus de la literatura ¿Es que sólo encontraré retales? Cuando me busque, cuando me siga buscando ¿encontraré sólo pedazos de otros? ¿Nada sólido que pueda servir de base a alguna otra cosa?
Y sin embargo hoy soy tan feliz por haber recuperado este fragmento. Y quisiera compartirlo. Y de aquellos, de los que fuimos, a mí ya no me quedo más que yo.

Deseo con toda mi capacidad de desear que los otros se queden también a sí mismos.
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