Yayoi Kusama deja Madrid

por Alicia Pérez Gil



Es imposible decir nada nuevo sobre Yayoi Kusama. En internet se repite hasta el infinito la misma información: infancia marcada por el maltrato a manos de su madre, huída hacia Kioto y después Nueva York, gran éxito con muchas dificultades durante los años 60, pinturas y esculturas acumulativas, performances, vuelta a Japón, ingreso en el psiquiátrico, novelas, poemas y para de contar.

Yayoi Kusama sufre de neurosis obsesiva, lo que explica la proliferación de puntos y rayas a lo largo de su vida y de su obra. Llega a una disciplina artística desde otra de forma natural. Según sus propias palabras, ella estaba pintando puntos en un papel, los puntos pasaron a la mesa que se convirtió así en escultura y de algún modo llegaron a las personas que se convirtieron en esculturas vivientes.

Sufre alucinaciones desde la infancia, muchas de ellas de carácter suicidda. Dice que los edificios altos la conminan a subir a ellos y tirarse desde ahí. Dice también que su pasión por el arte es lo que ha evitado que se matara.

Claro, que también ha hecho una película o documental o lo que sea, titulado I love myself.

La primera vez que visité la retrospectiva del Reina Sofía me quedé helada. Una mujer de 80 años, aún inactivo, dedicada en cuerpo y alma al arte, a su arte (dice que no se relaciona con otros artistas, que está muy ocupara con sus cosas). Una mujer completamente centrada en su obra y en ninguna otra cosa. Una mujer que ha llevado el punto y la línea mucho más allá de las tres dimensiones.

Es difícil saber qué admiro de ella. No es su enfermedad, desde luego. Admiro su dedicación y me planteo si esa dedicación existiría de no existir la enfermedad. Me pregunto también si la obra existiría de no haber existido el maltrato infantil y la necesidad de huir.

Admiro su capacidad para el color, su falta de pudor que le permite aparecer en sus obras con frecuencia, su visión cosmogónica por la cual la línea y el punto son el origen de todo y por tanto están presentes en todo. Una especie de reducción al absurdo o de ampliación al absurdo, según se mire.

No soy una experta en Kusama, ni una experta en arte, pero reconozco lo que me gusta y me reconozco en su gusto por la acumulación, en su sentimiento de soledad y en su necesidad de explicarse a sí misma y su visión del mundo.

Ella dice: “Quiero explorar mi propia humanidad y la visión del mundo. Establecer un camino para mi búsqueda de la verdad”.

También dice que le teme a la soledad, que sabe que estará más sólo a medida que envejezca, pero que no podrá saber cuán sola hasta que haya envejecido.

Parece una mujer dura y convencida. Dura por lo que es capaz de superar, convencida por los argumentos que usa para superarlo. En cualquier otra persona sus alucionaciones, sus obsesiones, sus miedos, provocarían en mí compasión. En Kusama me parecen que ella no podría ser de otra manera.

Anuncios