La piel que habito

por Alicia Pérez Gil

Hay que ver cómo son las cosas. Desde los créditos iniciales se sabe que la película, por muy de Peeeeeeedroooooo que sea, no es lo de siempre: nada de colorines a tutiplén, nada de estridencias, nada de lo acostumbrado excepto la música: presente, vehemente, con ese carácter tan de Peeeedroooooo, esos agudos que chirrían un poco, como si no quisiera Almodóvar caer en la sobriedad. Que es que uno tiene una imagen.

Tengo que decir que me he metido en el cine a la desesperada, que no sabía qué hacer hoy con la vida y que La piel que habito era una opción tan mala como cualquier otra. Tengo que decir también que iba con todos los prejuicios posibles. Y eso que hace tres semanas había revisitado La mala educación y no había quedado tan malparada -ella, no yo- como en el primer visionado. Me pasa mucho con Almodóvar cuando voy a Londres, como si el aire sajón les diese ese punto de curación que necesita un jamón rico, rico.

El caso es que los trailers y los teasers no me habían convencido nada. Elena Anaya gritando a media voz eso de: me rajo y te quedas sin juguete no… vamos que no. Y Antonio Banderas está en esa secuencia entre poco y nada convincente tampoco. De hecho, ahora que he visto la película y que me ha encantado, afirmo que esa secuencia es posiblemente la peor, la PEOR de las dos horas de metraje. 

Dos horas, señoras y señores, en las que hay una única escena genuinamente almodovariana. Y creo que esa escena -que no voy a destripar porque me parece de mal gusto- es una especie de homenaje a sí mismo, un cameo conceptual, como si la peli fuese a ser menos suya si no hubiese nota espertpéntica.

Lo que me lleva al guión, que es un puro esperpento en sí mismo. Está basado en un libro, al parecer. Un segundo que hablo con Google: “Tarántula” de Thierry Jonquet. Libro que pienso leer mañana mismo para comparar, coas que sé que no debe hacerse pero que no pienso evitar. Toda la trama es insostenible, los personajes están tan llevados al extremo que deberían resultar precisamente eso: esperpentos. PERO: está tan bien hecha la película, está tan sobriamente contada, los actores están tan contenidos, la música está tan bien integrada, todo es tan pretendidamente normal -y sí, sigue siendo la peli de Almodóvar- que una se mete en ese mundo de locura, de infierno, de puro terror y se va encogiendo, y se va tensionando y no se da cuenta del modo en que la historia la ha capturado hasta el momento en que respira, se asusta y de golpe se relaja toda la tensión.

Brutal. Buenísima. La mejor película de Almodóvar desde La flor de mi secreto.

Banderas lo borda. Está espléndido, el tío. Me siento como si se me hubieran olvidado los sinónimos de sobrio y contenido, pero es lo que está: sobrio, contenido y ajeno. Creo que por encima de las otras dos cosas está ajeno. No hay nada de Banderas en el personaje que interpreta y esto es lo mejor que yo soy capaz de decir de un actor.

Elena Anaya está guapísima, maquilladísima, pero menos convincente. Un pelín sobreactuada, aunque la verdad es que lo tenía difícil. Id a ver la película y sabréis a qué me refiero. Delgada, elegante, pero un poco artificial en momentos en los que quizá no debería. Me encanta, como chiste -y si no lo es perdóneme el respetable-, la referencia al yoga. Un punto muy pedruno, también. 

Los secundarios estupendos, todos. Sin excepción.

Vamos, que el que no haya ido, que vaya corriendo, que estas cosas hay que hablarlas. 

¡Corred insensatos!

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