El Cristo yacente

por Alicia Pérez Gil

Agapito Vallmitjana, a la izquierda,  escoge y gana:

Escoge a su amigo Eduardo Rosales, enfermo, que un año después habrá muerto; escoge ceñirse a la tradición española de representar un Cristo humano y no un Cristo triunfante; escoge mármol blanco de veta gris, perfecto, brillante, con esa textura áspera del mármol sin pulir.

Hoy he leído que se trata de una tradición romántica, que las representaciones de Cristo sufriente, sufriendo, sufrido, humano, son fruto de un movimiento artístico, que de esa manera se representa no solamente a Cristo, sino la encarnación de un héroe solitario y trágico. Un poco como ponerle al de la cruz una levita negra, subirle a lo alto de un monte alemán y pintarle a lo Freidrich.

He leído también que esta escultura de Vallmitjana fue objeto de una sonada polémica entre los que alababan su realismo y los que denostaban su sensualidad. Leer es a veces turbador. Lo siguiente que he leído es que este Cristo esta esculpido siguiendo el modelo clasico de bacante dormida. He tardado en reaccionar.

Pero cuando por fin lo he hecho, ya delante del Cristo yacente, delante de la pieza de mármol áspero veteado de gris, he comprendido la polémica, claro. Porque por una parte la fotografía de la guía del museo no le haca justicia y una vez junto al cadáver lo que quería era cogerle la mano; una mano preciosa de dedos definidos y esbeltos con la que sujeta la sabana sobre la que yace. Cogerla y llorar porque estuviera fría cuando debía estar caliente.

He comprendido la polémica y me ha conmovido hasta las lagrimas que es que Cristo nunca me parece muerto, y no se si es porque conozco que resucita al tercer día, que es como no morir, o porque no soy capaz de asumir la idea de la muerte.

He paseado alrededor de la escultura y me he encontrado con la parte trasera de la cabeza y el pelo rizado que apetecía  ensortijar entre mis dedos. Que apetecía, que he apetecido. Entonces la idea de la sensualidad ha vuelto con el deseo de darle vida a la piedra a golpe de beso. Le habría besado los rizos ásperos, la boca de muerto entreabierta, las clavículas marcadas, el vientre cóncavo y las palmas de las manos, las heridas del costado y de los pies.

La sensualidad y una difusa idea de pecado se han abierto paso a través de un cuerpo de mármol que ni siquiera era esquelético a pesar de la delgadez. Un cuerpo veteado de gris con una nariz recta, perfecta, los pómulos marcados pero no agresivamente huesudos, no hirientes, no dolorosos, no hambrientos.

Entonces he entendido la otra parte de la polémica, porque esta es sin duda una escultura triste, pero no es una escultura dolorosa, Y he imaginado que a eso se referían cuando hablaban, los libros, de serenidad.

Y ahora, horas después, sigo conmovida. No ya por el deseo ni por la serenidad de la escultura, sino por la presencia de animo del escultor, de quien escojo, para ganar, que supiera que su amigo estaba enfermo. Escojo creer que le tomó como modelo y le convirtió en un cadáver de mármol blanco, áspero, veteado de gris que quizá resucitaría al tercer día.

No soy capaz, no se me alcanza, la intensidad de un amor que lleva a un hombre a cincelar la piedra para inmortalizar la imagen de otro hombre. No me atrevo a imaginar el dolor condensado en cada golpe del escoplo, la pasión como chispas disparadas en cada esquirla, los fragmentos de vida que dejaría el escultor cuando lijaba los gemelos, los antebrazos, el pecho, cuando marcaba los estigmas. Tampoco concibo la grandeza de la aceptación que es de donde supongo que llega la serenidad. Quizá porque nada en mi es grande ni sereno.

Anuncios