Esto NO es América

por Alicia Pérez Gil

Las series y películas de instituto norteamericanas son un filón. Casi todas ellas repiten temática, estructura, arquetipos, fotografía y hasta banda sonora. Lo sé porque he cultivado mi adicción al género desde mi más tierna preadolescencia.

Desde Un mundo diferente, Degrassy School, Salvados por la campana, Sensación de Vivir, Diez razones para odiarte, Adolescentes y brujas… No sé, cito de cabeza y me olvido de las más emblemáticas, estoy segura, pero todos nos hacemos una idea.

Como ávida consumidora de este producto, además de adolescente con gafas y sobrepeso que destacaba por su ropa ancha y un vocabulario más extenso que el de la media, siempre estuve del lado de los raritos, los feos, los inteligentes y los perdedores. Me enamoré a los 15 del chico más guapo, no sólo del instituto sino del mundo, jamás me integré en ningún grupo y he vivido con el estigma autoimpuesto de rara, diferente, fea, gorda y pedante hasta este mismo momento. Lo que se traduce en que odio a las animadoras y me gustan los chicos enclenques con gafas y nariz grande. Porque, ya se sabe, son de los míos. De un modo difusamente consciente he sabido siempre que algo no cuadraba en todo el montaje. Al fin y al cabo en mi instituto no había animadoras, ni equipo de rugby –ni de nada, si no recuerdo mal-, ni clases sociales. Había diferentes pandillas, pero todos nos relacionábamos con todos, o eso me parece.

Lo que sí ocurría, lo que aún ocurre, es que muchos de nosotros, o al menos yo, nos empeñábamos en ser cosas que no éramos o nos avergonzábamos de ser lo que éramos porque creíamos que debíamos ser otra cosa. A veces algo muy concreto: más delgada, más alto, más listo, más graciosa. A veces algo menos concreto: otra cosa. Cualquier otra cosa. Lo que fuera siempre que no se pareciese en nada a lo que nos mostraban los espejos y los escaparates en los que nos mirábamos de reojo.

En la ficción norteamericana de instituto este sentimiento de inadaptación está muy bien explicado mediante la pirámide social: los parias quieren ser aceptados, quieren formar parte de los clubes más selectos: deportistas y animadores. Todos ellos quieren ser pijos, estandarizadamente guapos y, por encima de todas las cosas, populares.

¡Ah, la popularidad! La popularidad es el opio del pueblo. Ríete tú del fútbol y la religión, de la telebasura y la moda. Es la popularidad, el deseo de ser universalmente aceptado, reconocido, respetado y querido el que acaba con, por este orden: la autoestima y la individualidad.

GLEE es una serie norteamericana de instituto y además es un musical. Eso la convierte en un producto especialmente diseñado para mí. Por otra parte la serie se ríe de sí misma y del género y lo hace bien, muy bien, incluso. Es una caricatura divertida, ligera, superficial, que no se sale en absoluto del camino trazado, que trivializa, que trata los mismos temas que todas sus compañeras de estantería. Una serie de instituto más… salvo por el detalle de la autocrítica. Porque al reírse no siempre es encantadora. A veces es cruel. Al reírse, al caricaturizar y llevar por tanto todo hasta el extremo, muestra la gruesa capa de maquillaje que cubre todo el entramado que las otras series de instituto presentan como real.

Ayer me acosté tardísimo. El último capítulo que vi hablaba de la auto aceptación, de cambiarse a uno mismo o no. Una de las protagonistas quería operarse la nariz, se descubre de una rubia tipo que había sido una gorda con aparato en los dientes y todos, hasta los que aparentan más seguridad, muestran a los otros lo que no les gusta de sí mismos. Nada que no hayamos visto cientos de veces.

Los chicos del club Glee, que no es otra cosa que el coro del instituto, son los más impopulares, se agarran a la música porque tienen talento y porque será lo único que les salve –un poco a lo Carlinhos Brown-, pero sólo quieren ser populares. Sin embargo precisamente la pertenencia al club les convierte en unos marginados. Y renunciarían a su nariz, o su talla o a su sexualidad, pero no a la música.

Renunciarían a sí mismos para convertirse en representantes del canon. Alguno recordará aquel programa: Cambio radical. Consistía, básicamente, en convertir a todas las mujeres en modelos rubias de nariz chata, dientes pequeños y ojos redondos sin importar que inicialmente fueran hembras de curvas rotundas y cabellera pelirroja. Por ejemplo.

En mi mundo, aquí, en Madrid, en 2011, conozco a personas que han renunciado a su modo de vestir, a sus creencias, a sus principios, a enfadarse, a mostrar sus emociones, a comer lo que les gusta, a salir con quien quieren, a tomarse una cerveza a solas en un bar, a cantar en el autobús, a cambiar de trabajo, a pintar las paredes de su casa de colores, a docenas de cosas para complacer a los demás, para caer bien, para ser aceptados y queridos. Para ser populares. Han renunciado a grandes parcelas de sí mismos. Algunos han renunciado incluso a la música, valga la metáfora, para caer dentro de los límites del canon.

A lo largo de mi vida YO he renunciado a la comida, a la literatura, al cine, a algunos tipos de ropa, a expresar mis opiniones, a la música, a algunos placeres, a viajar, a quedarme en casa, a horas de sueño, a no hacer nada, a mandar a la mierda a personas que lo merecían… He renunciado a afirmarme a mí misma. He tratado de renunciar a mi mal genio y a mi dulzura, a las dos cosas. He maltratado de todas las maneras posibles a mi naturaleza. He tratado de ser: más delgada, más elegante, más macarra, más independiente, más fuerte, más frágil, más inteligente, más culta, más centrada, más superficial… You name it! Lo he intentado. He intentado ser todo lo que creía que debía ser para gustar a otros. Y esos otros a los que intenté gustar, por cuyo amor –no necesariamente amor romántico-, aprobación y aceptación habría matado han desaparecido de mi vida. La mayoría de ellos, al menos; los que yo consideraba más importantes, desde luego.

No voy a ponerme una camiseta blanca que diga GORDA para mostrar a todo el mundo que ese es uno de mis mayores complejos; aunque supongo que escribirlo aquí es como una camiseta. Pero tampoco voy a esconderme más.

No, no me gusto. Creo que soy inoportuna, muy dura, intransigente, que me equivoco con más frecuencia de la que hablo, que reprimo lo poco bueno que hay en mí, soy miedosa, convencional, escandalosa, impostada, artificial, cobarde, inculta. Y cosas peores. Egoísta, débil, dependo de la aprobación y el reconocimiento ajenos. Y nada de todo eso me gusta de mí. No, no me gusta, no lo disfruto y cada día trato de cambiar alguna o todas esas cosas.

Pero ya no me importa que no me guste. Acepto que no me gusto. Pero no pienso impedir que ese disgusto hacia mí misma me impida disfrutar de la vida tal y como la entiendo. No pienso permitir que el miedo a la soledad me impida expresar mi opinión.

Soy una pedante y una diletante, sí. Y pienso disfrutarlo. Sobre todo porque sospecho que no soy tan mala, que lo que ocurre es que el canon es una mierda, que nadie entra en el canon, que el puto canon de los cojones está ahí para que nosotros, las personas, no tengamos que enfrentarnos a lo que somos ¿Cuántos hemos tratado de ser nosotros mismos? ¿En serio? Me refiero a nosotros mismos DE VERDAD, no a ser lo que hemos oído que somos ¿Cuántos nos hemos parado a cuestionar si creemos de verdad lo que decimos que creemos, aquello por lo que luchamos?

Los seres humanos estamos diseñados para vivir en sociedad, sí. Pero somos individuos, no productos fabricados en serie.
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