Las edades del ser

por Alicia Pérez Gil

En el principio fue la oscuridad y la oscuridad era redonda.
Entonces Dios, que era yo, pensó, pensé, en separar la oscuridad de la luz y dije: Voy a abrirme por la mitad a ver qué encuentro dentro.
Y una vez hecho miré, me pareció descubrir un destello y creí que estaba bien.

Entonces, unos años después, me di cuenta de que alrededor del destello seguía habiendo oscuridad y la oscuridad seguía siendo redonda y me dije -de nuevo- quizá si me abro por la mitad de mi interior salga otro brillo y vuelva a parecerme bien.
Y así fue.

Pero otro puñado de años después el destello inicial y el brillo posterior se habían deteriorado, de modo que volví a intentarlo, volví a partirme en dos y a parir oscuridad redonda y un ligerísimo  resplandor pareció alumbrarse a lo lejos. Suficiente, pensé. Es suficiente, está bien.

Para entonces estaba ya muy cansada, la oscuridad era inmensa, el centelleo intermitente y mi capacidad para seguir cortándome en pedazos de los que emergía cada vez más pequeña y mezquina se hacía también más pequeña y mezquina.

Y me pregunté si el estado natural de las cosas no sería la oscuridad y si la brillantina no estaría bien sólo en los sábados y fiestas de guardar.

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