lecciones te da la vida

por Alicia Pérez Gil

Ayer, tras pasar un sábado horroroso, con un dolor de garganta digno de la peor resistencia al cambio que recuerdo desde años inmemoriales y que sigue conmigo porque para eso estoy en medio del periodo de más cambios que recuerdo desde 2003, salí a desayunar con mi novio.

Desayunar es una práctica inofensiva. Para mí además es un lujo y un privilegio. Me gusta salir fuera los fines de semana, tomarme un café rico en una taza de porcelana y que alguien tueste el pan por mí. Me encanta el ruido de mi cafetería de los domingos, me gusta el sol frío del invierno en Madrid, me gusta el aire acondicionado en verano. Me gusta muchísimo sentarme en una mesa apartada a escribir un rato rodeada de olor a café. O a hacer planes ahora que no desayuno sola.

Lo he escrito a menudo, lo del privilegio. No sé si en público, pero desde luego sí en privado: que me siento privilegiada por poder salir cuatro veces al mes a tomar un café en un sitio tranquilo, por poder pasar una hora conmigo misma, disfrutando de mis pensamientos, o de una conversación agradable.

Ayer lo olvidé.
Ayer, en un momento en el que dos de mis personas favoritas estaban tratándome como a una reina, un momento de risa agradable, se me olvidó que soy una privilegiada.

Así que cuando, en medio de la tercera caña entró una señora desarreglada que pedía dinero, bajé los ojos y no le di nada. Tenía 90 céntimos en el bolsillo. El cambio del desayuno. Un desayuno más caro que de costumbre porque lo habíamos tomado fuera de la hora en la que la tostada y el café se cobran a dos euros. Tenía esos 90 céntimos en el bolsillo y ahí deben de seguir, no lo he comprobado.

Pocos minutos después el dolor de cabeza asociado a mi garganta irritada se había vuelto muy insoportable, así que pedimos analgésicos en la barra. Los dueños del bar no tenían nada, pero la señora desarreglada sí. Y nos dio 5 cápsulas de ibuprofeno. Cuando se iba, con un bocadillo caliente envuelto en una bolsa, se acercó a la mesa para decirnos que era un ibuprofeno bueno, que ella era alérgica a varios medicamentos pero que ese lo podía tomar.

Y yo me quedé allí, mirando las tres pastillas que quedaban (ya me había tomado dos), sintiéndome mezquina y pequeña.

No soy una persona mezquina y pequeña en general. Si tengo algo lo más probable es que lo comparta con las personas a las que quiero. Los que me conocen saben que soy perfectamente capaz de dar incluso lo que no tengo si quien me lo pide es alguien cercano a mí. O incluso aunque no lo sea si veo que lo necesita más que yo.

Sin embargo tengo una relación absurda con el dinero y tengo una colección de prejuicios igualmente absurda que fueron las que me empujaron a no darle los 90 céntimos a esta mujer ayer a medio día. Una mujer que me devolvió mi pequeñez y mi mezquindad con grandeza y generosidad; que se despidió tranquilizándome y con una sonrisa que no pude devolverle porque no pude mirarla a los ojos.

Mucho que aprender. A todas horas y de todas partes.
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