Derechos de autor

por Alicia Pérez Gil

Ser fotógrafa.
 
Eso es lo que quiero: dedicar todo el tiempo posible a mirar el mundo, a fotografiarlo y que me paguen por ello. Que me paguen MUY BIEN por ello.
 
Dicho lo cual, creo firmemente en la abolición de los derechos de autor tal y como se contemplan hoy en la mayor parte de legislaciones vigentes.
 
Los derechos de autor consisten hoy por hoy en una compensación económica del todo arbitraria que una persona o una empresa perciben de manera más o menos regular por el trabajo que han realizado una vez.
 
A saber y simplificando: por cada ejemplar vendido de un libro, de una canción, o de una fotografía su autor percibe dinerito.
 
Sin embargo los autores trabajan una vez.
 
Y son esos mismos autores los que se quejan a voz en grito de que no se lee, no se va al cine, no se valora la cultura.
 
 
 
 
Desde mi punto de vista la cultura debe dejar de ser un bien de lujo o un producto de lujo. El arte, la música, la fotografía, la arquitectura, la pintura son profesiones que enriquecen el mundo, que lo hacen un lugar mejor, en muchos más sentidos que uno.
 
El mundo no es uno solo, sino uno por cada par de ojos que lo mira. La habitación de Van Gogh muestra, como las bailarinas de Degàs, como el Gernika, como las ilustraciones de Tim Burton que una mesa no es igual para todo el mundo. La misma mesa es una mesa diferente.
 
 

Desafortunadamente no todos los seres humanos tenemos la misma capacidad para ver, para mirar ni para comunicar. Tampoco tenemos el mismo talento matemático, ni todos somos capaces de construir una mesa de las que tienen cuatro patas y se rodean de sillas en un comedor. La mayoría somos malos vendedores, malos abogados, pésimos enfermeros, no sabemos dar masajes, ni curar una pierna rota, ni pilotar un avión, ni estamos dispuestos a barrer el suelo, ni aguantaríamos una jornada al volante de un autobús, ni tenemos la fuerza física de un estibador, ni bailamos como los ángeles, ni mecanografíamos rápidos como el viento.
 
La mayoría de nosotros somos mediocres en casi todo, pero tenemos algunos talentos que podemos explotar. Creo con toda la honestidad de mi corazón que todas las personas de este mundo (y sí, se incluyen Hitler, Stalin, Mao, Franco, Aramís Fuster y Belén Esteban además de un compañero de trabajo que no se lava, que huele fatal y que además nos pone a todos de los nervios) han nacido para aportar algo a la humanidad. Algo, cada uno lo suyo. Creo también que un peón de obra vale lo mismo que Einstein y que un funcionario de prisiones tiene el mismo valor que el difunto Stradivarius. Lo creo.
 
Y como creo eso, creo que un funcionario de prisiones debe tener la posibilidad de acceder a la música que alguien toque con un violín excelentísimo y creo que un peón de obra debe tener la posibilidad de contemplar las fotografías de Man Ray cuando le venga en gana.
 
No todos vemos igual, pero todos tenemos derecho a ver. Eliminar el libre acceso a la cultura, al arte, elimina la que en ocasiones es la única posibilidad de ver más allá de gran parte de las personas. Por supuesto, es de todos conocido que se maneja mejor a multitudes ignorantes, sin miras, que a multitudes que han tenido la oportunidad de descubrir que la vida es algo más que su propia vida.
 
 
 
 
 
 
Aunque todos somos iguales en derechos y debemos ser iguales en oportunidades, no todos nacemos en hogares que potencian nuestras fortalezas. No todos estamos rodeados de personas amorosas que nos ayudan a crecer. No todos somos educados de la misma manera, muy pocos somos lo bastante generosos para darnos cuenta –no es que me incluya en el grupo de la generosidad, sigo con una primera persona mayestática- de que compartiendo lo mejor de nosotros obtenemos lo mejor de los demás.
 
Muchas personas que conozco creen con firmeza inamovible que ellas han trabajado mucho para conseguir lo que tienen, que nadie les ha regalado nada y que por tanto no están obligadas a regalar nada a los demás. Son las mismas personas que ponen el ejemplo de un mal estudiante que terminará convirtiéndose en un delincuente o en un barrendero que piratea películas de súper héroes y que por tanto contribuye al menoscabo de la economía mundial y a la caída del orden vigente.
 
 
 

Si yo me esfuerzo obtengo mis frutos, si ese no se esfuerza, que no obtenga ningún fruto. Yo no voy a darle los míos.
 
Se condena así a aquellos que se esfuerzan al máximo pero que no llegan a los límites establecidos, se condena a quienes no es que no quieran o no lo intenten, sino que no pueden.  En economía, en el sistema en el que nos movemos, quien no produce no tiene derechos. Y quien no produce lujo no tiene derechos de lujo.
 
Así que los creadores producen creaciones de lujo, pero los alicatadotes producen alicatados de batalla. Y por eso un albañil no podrá comprar jamás un cuadro de Picasso pero a cualquier autor de renombre le reformarán la casa las veces que sea necesario.
 
 
 

Hay más cosas que creo. creo que un músico debe tener la posibilidad de que un fontanero le arregle la cisterna y un pintor debe tener la posibilidad de que un médico le trate de diabetes. También creo que un peón de obra debe trabajar 8 horas diarias con los descansos que establezca la ley y que un escritor debe trabajar 8 horas diarias con los descansos que establezca la ley.
 
El mundo sería un lugar mucho mejor si todos sus habitantes tuviesen la oportunidad de acceder a los mismos servicios en las mismas condiciones. Si se abolieran todos los privilegios que se han creado de manera artificial premiando lo exclusivo por encima de lo necesario.
 
Pero el ser humano es pequeño, es débil y cree que para ser feliz necesita ser mejor que los demás. Cree que tener más es ser mejor y que lo escaso es mejor que lo abundante. Cree que compartir es que le roban, cree que ofrecer es ser estúpido y que acumular es estar a salvo.
¿A salvo de qué?
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