Cosa de dos

por Alicia Pérez Gil


            Te desconozco. Eso es lo único que sé de ti. De tu cuerpo he memorizado sus rincones, sus texturas y esa forma suya de reaccionar a mi polla, como si le sorprendiera. También sé de qué manera entorna los ojos justo antes de correrse: se le ponen los párpados jugosos y gruesos como granadas. A veces se me ocurre que podría parar, para ver qué les pasa a esos ojos cerrados a medias, medio abiertos. Pero no lo hago porque de mí sé cuánto te amo y por eso te sacrifico mi curiosidad. Te la sacrifico a ti y a lo mucho que te desconozco. A tu cuerpo no le sacrifico nada. Lo acaricio, lo beso, lo lamo hasta que pierdo su sabor en la saliva y entonces sé que se sorprenderá, con un gemido pequeño, de tener mi polla dentro. 

– Me miras raro.

            Te digo que no, pero ya sé lo poco que te gusta que te lleven la contraria.

– Sí, me miras raro ¿Por qué?
– No te miro raro. Es que no estás acostumbrada a que te miren. Yo disfruto cuando te miro.

– Yo disfruto cuando me tocas.

            Porque sé que disfrutas cuando te toco, porque me lo has dicho y es lo mismo que si me lo pidieras, deslizo mi mano firme y ávida bajo las sábanas. Tus pechos duros me esperan y me reciben con calma. Los froto con la palma y los froto también con el dorso de una mano que ya no te extraña. Con la punta del dedo índice dibujo los círculos que rodean tus pezones y los uno en una línea que hago descender hasta el ombligo. Reconozco el temblor ligero de tu vientre, la piel que se te eriza, el vello que se te encrespa porque te estoy tocando. Y me doy cuenta de que sé algo más sobre ti. Sé que tu cuerpo te pertenece porque me lo has dicho. Me has dicho que disfrutas cuando te toco.
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