El Kakarro

por Alicia Pérez Gil

EL KAKARRO

El Kakarro es un típico personaje de antiguos Carnavales de Amurrio, Álava. Antiguamente se celebraba el domingo en el que los jóvenes del pueblo salían del caserío disfrazados de Kakarros. Llevaban la cabeza y la cara cubierta con sacos o telas negras y sombreros y vestían ropas oscuras. Salían a la calle con una Puxika, que era un globo realizado con la vejiga del cerdo inflada y seca o con unos grandes palos con la intención de asustar a los vecinos. Normalmente eran hombres que se disfrazaban de mujeres para que nadie les conociera, pero también había alguna mujer que se disfrazaba de hombre.
Entre los Kakarros destacaba uno que llevaba una túnica negra, vieja y sucia y corría tras los niños del pueblo. Era conocido como el judas y los niños le cantaban una cancioncilla: “Kakarro Birigarro… “. Llevaba un saco, por lo que se cree que es el personaje conocido como el “Hombre del Saco


El abuelo ya les había dicho dos veces que bajasen la voz. La madre se apuraba sobre la cinturilla del disfraz del chaval mientras Ander se quejaba: le parecía un vestido de chica. De fondo se oía el diálogo insulso de una película de terror antigua. A ninguno de los adultos se le ocurrió que quizá no fuese buena idea que el chico la viera. Ninguno de los dos le prestaba atención, tampoco.
El abuelo pasaba la tarde hundido en el sillón orejero, en el rincón más oscuro del salón, frente al televisor encendido que le iluminaba la cara con colores antiguos, desvaídos. Miren casi nunca veía la tele; se sentaba bajo la lámpara del comedor y cosía, planchaba o le hacía los deberes a su hijo. Sabía que así le ayudaba poco, pero le sentaba bien, se sentía más como una chica de su edad. Además, le gustaba la madera dura de las sillas que había llevado su madre desde el pueblo; las que habían sido parte del ajuar familiar y que ya no lo serían del suyo. Unos muebles de bastos, oscuros y firmes, sin adornos; como su madre, como le habría gustado ser a ella. Un conjunto de comedor sobre el que no quedaban marcas aunque no se hubieran usado salvamanteles o posavasos.
-Párate quieto, Ander, por favor, ya me he clavado dos alfileres.
– Jo, ama… – Los protagonistas huían de un monstruo de cartón-piedra que le ponía nervioso. Los ojos saltones, la piel cuarteada.
– Que te pares quieto. Me faltan todavía los volantes, hombre.
– ¿Más volantes? – Ander sonaba desesperado.
– ¿Os calláis los dos, o qué? – Tres veces. Ni la madre ni el hijo dijeron una palabra más. Mientras Miren marcaba los últimos detalles Ander se concentraba en el televisor.
¡Al agua! ¡Rápido! ¡Hay que cruzar! ¡No les gusta el agua!
Entonces la pareja cruzaba, de un salto, un riachuelo; el monstruo alargaba unos brazos como tentáculos que se convertían en sombras y desaparecía entre la niebla con un rugido estrangulado.
Ander sabía que era falso. Había visitado los almacenes del ayuntamiento con el resto de la clase y les habían enseñado las cabezas de los cabezudos, que se hacían con una pasta de cartón, harina y agua y que habían pintado unos estudiantes de fuera. Cuando la andereño se lo estaba explicando, el imbécil de Eneko había preguntado algo, como siempre. Así que sí, Ander sabía que los monstruos eran de mentira, pero eso no evitaba que les tuviera miedo. Porque eran feos, grandes, deformes y nadie sabía explicarle de dónde habían salido. Cuando preguntaba, el abuelo le decía que eran bobadas. Si tenía ganas de hablar, si no las tenía le miraba como a un estúpido. Su madre suponía que alguien los había inventado, pero Ander no entendía que alguien pudiera inventarse cosas que no existían. Por eso odiaba el carnaval, los disfraces y que la gente se empeñase en parecer lo que no era.
La madre de Eneko, por ejemplo, no parecía una madre. Cuando la veía por la calle con el uniforme no parecía una madre. Las madres eran como la suya; a lo mejor un poco menos. A veces tenían trabajos y eso, pero no esos trabajos. Las madres eran madres. Y los cabezudos tenían que salir de algún sitio. A lo mejor eran gente a la que se le había inflado la cabeza por alguna enfermedad, o por una paliza. Una vez le había dado a Eneko tan fuerte que se le había hinchado la nariz. A lo mejor alguien muy grande les había cogido y no habían podido escapar, y habían muerto con la cabeza inflada y los ojos y la boca pequeños. Puede que en unos carnavales hacía miles de años. Así se hacían las leyendas. Eso también lo había oído en la escuela. Pasaba una cosa y luego se transformaba en otra a la que casi no se parecía. Y de algún sitio saldrían los vestidos de niña también. De algún sitio que nadie recordaba.
– Ama, no quiero ir de chica.
– Todos van de chica, ya lo sabes.
– Pues eso. No quiero ir como…
El abuelo se levantó, despacio. Miren le vio por el rabillo del ojo. Se acercaba en silencio, pero a ella le pareció que se movía con el paso atronador de los monstruos de los dibujos que veía su hijo, que levantaban polvo y escombros a cada paso. Le temblaron las manos y se clavó el tercer alfiler. No hizo ningún ruido. Se concentró en la tela de raso amarillo barato, pero sólo consiguió tironearla. Por encima de la cabeza sintió el olor a tabaco y sudor seco de su padre. Inmediatamente sonó la bofetada.
Miren respiraba hondo, sin sonidos, sin tocar siquiera a su hijo que también permanecía en silencio absoluto. Ander no lloró. Sólo cuando su abuelo apagó el televisor y se fue a su cuarto se llevó una mano a la mejilla.
A veces, muy pocas, Leire sorprendía alguna conversación que, como aquel día, le hacía plantearse si algunos hombres creían de verdad que las mujeres eran el peor tipo de parásito. Ella, por ejemplo, trabajaba mientras su marido cuidaba de la casa y de Eneko. Y funcionaba bien para los dos, para los tres. Raúl se llevaba bien con el hijo y ella era feliz entrando y saliendo. No se le habría ocurrido nunca que su marido fuese un parásito. Habían tenido al niño de común acuerdo y habían decidido juntos cómo criarlo. Ella nunca había pensado en ser madre antes de casarse y si Raúl no lo hubiera sugerido, quizá no hubiese sucedido nunca. Pero había pasado. Y allí estaba Eneko, un niño encantador que iba al colegio con los hijos de hombres que quizá pensaran que sus mujeres les parasitaban. Un buen chaval de quien no podía decir qué ideas escondía en aquella cabeza rubia. Un chico, su hijo y el de su marido,  expuesto a las mismas conversaciones fortuitas que ella, pero sin los filtros de que ella disponía. Un niño que la miraba desde el otro lado de la mesa; o quizá no la mirase, parecía un poco perdido.
– ¿No te salen los deberes?
Eneko se encogió de hombros mientras su padre se giraba desde los fogones.
– ¿Todavía estás con eso? O los terminas ya o apago la tele, tú verás.
– Jo, no, aita, ya acabo.
– Si es que no teníamos que haber puesto la tele en la cocina, Leire. Mira que te lo dije. Dile tú algo a este, anda, que lleva un año con lo del ya termino a vueltas.
Eneko bajó la cabeza mientras su padre probaba el puré de verduras y rectificaba de sal.
– ¿De qué son? – Leire hizo un esfuerzo por aparentar interés y a Eneko le brillaron los ojos.
– Nada, unas cosas de conjuntos.- Le dio la vuelta al libro de ejercicios.
– ¿Mate?
– Sí, mate -. Eneko hablaba cada vez más rápido-, pero es muy fácil. Mira.
Pero Leire agitó el tenedor vacío como una espada.
– No, no. Eso mejor aita. A mí las matemáticas se me dan fatal.
El niño le devolvió la amenaza blandiendo un lápiz y entonces ella se dio cuenta. La semana anterior le habían comprado un juego de escritorio nuevo, uno por el que había suplicado, con el escudo de su equipo de fútbol;  sin embargo el niño hacía los deberes con la mitad de un lapicero mordisqueado.
– Ene ¿Y el lápiz nuevo? – Eneko encerró en el puño el que tenía.
– Se me ha perdido.
– ¿Qué se te ha perdido? Eneko, por favor.
– Espera, espera, ama, que van a escaparse del bicho -. Eneko se giró para ver como en ese momento una pareja adolescente huía de un monstruo. Se salvarían, porque a los monstruos no les gustaba el agua, si cruzaban un riachuelo. Él se la estaba jugando. A su madre no le gustaba nada que la interrumpiera, pero a lo mejor así se olvidaba del lápiz. Seguramente le castigaría igual, pero no tendría que dar explicaciones.
Por un momento Leire se distrajo con la película. Le parecía mentira que todavía emitiesen aquellas cosas tan antiguas y se preguntó si sería conveniente que lo hicieran cuando aún había niños delante de los televisores.
– ¿Cómo que espera? – La madre adoptó de modo automático el tono de los interrogatorios- ¿Qué ha pasado con el que compramos el otro día? ¿Y los bolis y la goma y todo lo demás?
Eneko bajó la cabeza.
– Nada. Me los he dejado en clase.
Leire se puso tensa.
– ¿No se te habían perdido?
Su padre apagó la tele y se sentó con ellos a la mesa justo después de que el monstruo desapareciese entre la niebla. Eneko le miró con los ojos cristalinos de lágrimas.
– Aita…
– ¿Ha sido Ander?
– ¡Aita! ¡Me lo habías prometido!
– Que le habías prometido ¿qué? – La madre les miraba desde lejos. No le gustaba sentirse de otro equipo.
– Le había prometido que no te lo iba a decir. Perdona, Ene, pero esto no puede ser. Todos los días lo mismo no puede ser.
– Vamos a ver ¿me explicáis qué pasa aquí?
– Bueno… – Sabía que sus padres le miraban. Los dos. Se había concentrado en el cuaderno de ejercicios, había apoyado el lapicero mordisqueado en una línea de puntos y le daba vueltas; el punto sobre el que apretaba se hacía cada vez más gordo. Si seguía un poco más a lo mejor su ama se ponía nerviosa…
– ¡Trae aquí el lápiz y mírame! ¡Eneko! ¿Qué ha pasado en la escuela?
– Leire, no hay necesidad de enfadarse. Ene te lo va a contar todo. Lo que ha pasado es que no queríamos preocuparte, así que tranquila – miró al niño-. Eneko, venga. Te toca.
Él no estaba nada convencido de que le tocase. Había sido su padre quien había roto el trato, sin contar con él. Si le miraba a la cara seguro que encontraba aquella expresión rara, la que se le ponía cuando no estaba seguro. Como cuando probaba una receta nueva o pasaban por el bar a la vuelta del parque. Aunque de eso hacía mucho. De todas maneras habló tan rápido como pudo.
– Nada. Es que Ander no tiene dinero. Como su aita no les pasa pensión y eso… – Miró a su padre con la esperanza de que no le descubriera. La última esperanza.
– Eneko, sin mentir -. Pero estaba claro que, con expresión extraña o sin ella, no le iba a ayudar; así que empezó de nuevo.
– ¡Vale! Pero es verdad que no les da el dinero. Y dice que yo siempre tengo cosas nuevas y que un m… un mierda como yo no tiene derecho –casi dice marica-. Y entonces se sacó el chicle de la boca y me dijo que me iba a rebozar el pelo con el chicle si no le daba los bolis nuevos… Era un chicle negro, de regaliz.
– No me lo explico.
Dicho así parecía que Eneko fuese de verdad un marica. Ander le amenazaba con un chicle y él le daba lo que le había pedido. Con un chicle de regaliz. Un chicle negro. Tal como sonaba en su cabeza le daban ganas de pegarse el chicle en el pelo él mismo. Pero es que todo lo demás no se podía contar. Para todo lo demás no había palabras, o él no las tenía. A Ander a veces se le hinchaba el cuello y le temblaban de rabia las manos. Apretaba los puños y los dientes y el temblor no se notaba, pero se sabía. Eneko lo sabía. Porque Ander, con los dientes apretados le había explotado un globo de agua en la entrepierna en pleno febrero; le había pintado los párpados con rotulador permanente. Y por eso no le importaban el pecho pesado ni el miedo conocido que sentía en ese momento hacia su madre. Ella le castigaría. O quizá le mirase como la vez que había llegado a casa sin zapatillas y le preguntó que si era tonto. Aquello era casi tan malo como ver a Ander con los puños apretados. Casi tan malo, pero no tanto.
– Leire, a tu hijo le están machacando en el colegio. A ver si encima le vamos a machacar en casa también.
– Es que no lo entiendo. – La madre miró a Eneko como si no le conociera. Quizá era eso lo que pasaba, que no le conocía. – Vamos a ir al colegio. El lunes. A primera hora. Hoy he venido en el tren con el padre del tal Ander. Está claro a quien ha salido el crío.
Miren sólo se preocupó de verdad cuando, ya limpias las cazuelas de la chocolatada, los chicos del barrio pasaron a por su segundo vaso y Ander no apareció con ellos. Se quitó el delantal de hule, sorbió la nariz y preguntó si le habían visto.
– Cuando lo del Kakarro se fue corriendo.
– ¿Iba solo?
– Pues claro, como todos.
– ¿Nos das el chocolate que sobra? – Una maraña de vestidos de colores mal cosidos se arremolinó a su alrededor. De fondo se oía música distorsionada.
– Pregutad allí atrás.
No había prestado atención suficiente. Ya daba bastante trabajo mantener a los adultos a raya para que no llevasen todo el chocolate. Al final las colas se volvían revoltijos, la gente se ponía insoportable y algunos niños se quedaban sin bizcochos, sin chocolate o sin las dos cosas. Y las otras madres tampoco ayudaban. La habían puesto a lidiar con la gente cuando sabían que prefería entenderse con los cazos y los vasos de plástico. Se había ofrecido para dar vueltas al chocolate y que no se pegara. Desde los fogones se veía bien la plaza, pero en medio del jaleo de padres con carritos de bebé, de madres con niños gafosos y de adolescentes que se hacían los tontos, no se podía prestar atención a nada más. Ni siquiera estaba segura de si Ander se había acercado a por el primer vaso de chocolate o si también se lo había perdido.
Vio que su padre cruzaba la plaza camino del frontón. No quería hablar con él. Aún le dolía la bofetada que le había dado al niño la tarde anterior, así que renunció a empezar la búsqueda en ese momento. Volvió a la estructura de madera en la que había pasado  las últimas horas. Las otras madres no habían quedado contentas y se lo harían saber, pero prefería un enfrentamiento con ellas que una humillación de su padre.
Leire se disculpó con su marido. Llegaba tan tarde porque precisamente Miren, la madre de Ander, se había empeñado en denunciar la desaparición de su hijo. Creía que el padre del chaval lo había secuestrado. O por lo menos que le había pasado algo. Por lo visto había desaparecido durante el desfile del kakarro y nadie le había visto en el concurso de disfraces.
– El padre también desapareció una hora o dos, pero luego le vieron con los de la cuadrilla. Te puedes imaginar.
– Pues secuestrarlo no sé, pero que le den un susto, a ver si así deja de martirizar al nuestro.
– ¡No digas bobadas!
– Oye ¿no salía él de Judas este año?
– Pues sí, eso parece.
– ¿Y desapareció?
– Un par de horas. Apareció luego en el bar donde le esperaban los amigos. Uno dijo que parecía que se le hubiera echado una manada de críos encima.
– Lo mismo se lo ha llevado a pasar la noche. Aparecerá cuando al padre se le pase la borrachera.
– Pues sí, igual…
– Y, Leire, tenemos que hablar de lo del lunes. Yo no sé si ir al colegio es buena idea.
Eneko escuchaba la conversación de sus padres desde la cama.  A lo mejor tenía suerte y no iban al colegio. A lo mejor tenía más suerte y Ander tampoco iba. A lo mejor si no iba el lunes no iba nunca más. Pero nadie se iba a creer que le había matado su padre.  Ni siquiera él, que tenía todas las ganas del mundo de que el padre de Ander, disfrazado de Kakarro, le hubiese dado un palazo sin querer y le hubiese abierto la cabeza, se creería que lo hubiera hecho. Los padres no hacían esas cosas. Bueno, en la tele a veces las hacían, pero allí no.
– ¿Y si no aparece?
– Pues entonces habrá que preocuparse.
La declaración del padre resultó inconexa. Había bebido tanto  que no recordaba cómo había llegado a casa. Tampoco sabía si su hijo estaba entre los niños a los que había perseguido vestido con la túnica negra el día anterior. En su cabeza había más lagunas que horas en un reloj. Sí sabía que se había ido con los de la cuadrilla a continuar con la juerga. Preguntó varias veces si todo aquello iba en serio. No podía creerse que el chaval estuviese muerto. Así se lo contó Leire a su marido mientras comían.
– ¿Habrá sido él?
– No lo sabemos. No lo parece. Ya sabes cómo es. Lleva borracho desde los catorce años, pero nunca se ha metido en nada.
– Hasta ahora, por lo menos.
– Desde luego, si ha sido él no lo ha hecho conscientemente.
– ¿Y si miente?
– Bueno, le hicimos soplar según llegó a comisaría. Todavía estaba borracho.
– Joder, Leire.
– ¿qué?
– Nada, no sé. Ayer mismo íbamos a hablar con su tutora, yo dije que ya le podían dar un susto. Y ahora el crío está ahogado. No sé.
– No es culpa nuestra.
– ¿No se puede hacer nada? ¿No hay sospechosos?
– Pues no.
– En la tele siempre parece que se puede hacer algo.
Eneko les escuchaba mientras hurgaba en las vainas. Ya se había comido todas las patatas y la verdura no le gustaba mucho. Sabía que tenía que terminarla para que su padre le pusiese el postre y por eso seguía dándole vueltas en el plato.
Ander había salido corriendo hacia el norte y él hacia el sur, pero cuando se paró detrás de la primera esquina y se giró para ver si alguien le seguía se lo encontró a su espalda. Estuvo a punto de mearse encima, pero Ander no parecía el de siempre. Le empujó un par de veces antes de ordenarle que le siguiera. Eneko, claro, le siguió.
– ¿Y tú por qué no te has quedado en la plaza?
– No me gustan los disfraces – Ander sorbió la nariz antes de contestar.
– A mí tampoco.  Desde que dormía en la cuna. Desde siempre. Si se entera mi abuelo, me mata. Mi abuelo es la hostia. Pero si haces algo que no le gusta, te la cargas.
Entonces se oyó un crujido y Ander dio un respingo.
– No es nada.
– ¿Y tú que sabes?
Como no se oyó nada más,  Ander pegó a Eneko en el hombro. Al hacerlo, los volantes de su disfraz de bailaora destellaron por un momento en la oscuridad. Cuando oyeron otro ruido nocturno Eneko no lo dudó.
– Se ha movido algo.
– ¿Qué? ¿Dónde?
– No sé, una sombra.
– ¿Seguro?
– Seguro.
– Hay que pirarse.
– Espera. Nos cogerá.  Mejor nos separamos.
– Vale ¿a dónde voy yo?
Eneko no se lo creía. Recordó una película de hacía unos días, en televisión. El protagonista se había chocado con su coche, todos creían que había muerto, pero al final lo salvaban en el último minuto. Cuando despertaba de la operación les decía a su mujer y a su madre que había visto pasar toda su vida ante sus ojos. Eneko no lo había entendido hasta ese momento, cuando recordó en un solo segundo todas las veces que Ander había empezado una ronda de empujones o de insultos; las veces que le había esperado tras alguna esquina en el camino a casa y le había hecho llorar; todas las veces que había salido huyendo o que había hecho cosas que no quería para evitar más golpes.  Así que pronunció las palabras muy despacio porque sabía que no habría otra oportunidad.
– Por el puente -. Hizo una pausa-. Si te tiras no te seguirá. No les gusta el agua.
Desde la sombra, en lo alto del puente, a Eneko Marín le llegó la amenaza seguida por el ruido del cuerpo de su compañero al chocar contra el agua helada y revuelta.
– Como te chives, te mato.
Eneko cruzó el puente para comprobar si el río se tragaba al otro o lo arrastraba lejos. Cualquiera de las dos cosas valdría. No vio nada. Los pies se le enredaron en la falda que su madre le había puesto y, de todas maneras, estaba tan oscuro que no alcanzaba la vista. Mientras se frotaba las manos raspadas pensó que aunque Ander nadase mejor que todos los demás, no podría mover las piernas en su vestido de gitana.
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