Sinsentido de colores

por Alicia Pérez Gil

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EL Loco
La Historia de Ulrico y Alarie
Soy el amigo del pianista, pero no tengo los dedos muertos ni recojo los desperdicios. Yo hago la danza y la música.

Salto, giro igual que una peonza. Me alejo, me acerco como los murciélagos o las mariposas. Provoco con juegos molestos y antiguos.

Visto el traje del payaso y el profeta. Tengo los ojos abiertos para creer en la casualidad. Los dos me han oído.

¡Mirad! Espirales amarillas suben con mi diábolo ligero. ¡Mirad! Las elevo al cielo azul. ¡Ved! Son Ulrico y Alarie que se mueven.

Alarie se anticipa al abrazo de Ulrico y palpita un momento. Se nota bella y oscura; una vez más, carece de sentido.

Ulrico en cambio la mira atolondrado. Su desnudez le conquista los ojos y se los invade con la violencia de un enemigo.

Alarie quiere encontrar a Ulrico y Ulrico quiere despojarse de esa violencia invasora que cada vez se le asienta con cierta desidia.

Alarie escala contra Ulrico, Ulrico emerge desde Alarie, Ulrico retuerce a Alarie, Alarie rompe bajo Ulrico. Alarie y Ulrico se ahogan separados.

Yo levanto el vuelo de polilla y mi juguete desciende olvidada, peligrosamente ¿Qué me importa? Las espirales se desvanecen. Tengo mis obligaciones.



La mujer esconde el pelo bajo burbujas de jabón todas las noches. Por las mañanas se lava las manos en silencio.

El hombre en cambio regresa a contemplar el mundo, como siempre, con los brazos caídos a lo largo de su cuerpo inútil.

Llega entonces, sigiloso,  mi amigo de color de muerte y muestra sus dedos flacos de tocar el piano y recoger las sobras.

Pero el juguete no ha caído, así que yo lo recojo con el hilo que lo vuelve a poner en el espacio.

Alarie siente todo redondo y pesado, de color naranja denso que la pone grávida, hinchada, muy llena de luces intermitentes o fundidas.

Ulrico la mira desde lugares lejanos cuando se despide para no ver nunca más el color anaranjado que vive entre ellos.

Sin darme cuenta apenas he perdido mi diábolo y el pianista se lo ha guardado, rodeado de dedos fríos, en un bolsillo.

¿Qué me importa? Tengo dos diábolos ahora y cuatro brazos para jugar a lanzarlos, tengo un disfraz de payaso. Tengo un trabajo serio.

Alarie sacude la espuma de su cabeza, sale a la calle, se queda en la calle, la recorre, la explora, la adopta.

Ulrico se encuentra por casualidad con las páginas de un libro, llenas de letras con pequeñas patas que le cosquillean los pies.

Mientras tanto, del pianista se ve cada vez menos, se convierte poco a poco en una sombra alargada como sus dedos muertos.

Hasta que las cosquillas se arrancan de Ulrico, y el payaso, sin sonrisa, sube la montaña.

Le crecen tres, cuatro, cien parejas de brazos que tejen una tela de araña con hilos de diábolos danzantes.

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