Nuestras palabras

por Alicia Pérez Gil



Es atosigante, lo reconozco. Abres un libro de autoayuda y, a poco pretencioso que sea, de lo primero que lees es que tienes que tener cuidado con lo que dices porque de lo que se dice se piensa. Luego a esto se le da la vuelta ¡Flop! Y ya no hay que preocuparse, porque si sobre algo puede uno actuar es sobre lo que dice.



Ejercicio uno: Plántate delante del espejo y proclama en voz alta ante tu reflejo que eres una persona hermosa, válida, inteligente, capaz, merecedora de todo lo bueno.

Si lo repites las veces suficientes, lo creerás. Creyendo esto habrás conseguido nuevos pensamientos acerca de ti y esos pensamientos se traducirán en nuevos actos. Porque habrás dejado de comportarte como un ser mezquino, mediocre y pequeño y pasaras a comportarte como una persona grande, honorable, feliz.


Repetición, divino tesoro. Desde luego, el hábito hace al monje. Si uno adquiere el hábito de repetir hasta la extenuación que el hombre es bueno y justo, una estudiante de griego clásico aprende que kurós kalós kai agathós estin. Unos 15 siglos después de la muerte de Pericles. Más o menos al mismo tiempo aprende que la democracia era un sistema en el que estaban representados los ciudadanos. Y entonces, es cuando le dicen que los ciudadanos eran únicamente los hombres griegos libres. Esto excluye a otras personas habitantes del Peloponeso: esclavos y mujeres.
Las mujeres griegas no eran ciudadanos, eran mujeres. En Grecia, allá por el siglo V antes de Cristo, no había ciudadanas. Había ciudadanos, esclavos, esclavas y mujeres.


Afortunadamente hoy sí hay ciudadanas. Siguen existiendo los ciudadanos, claro, pero lo que importa es que hay ciudadanas. Y las ciudadanas tenemos los mismos derechos y deberes que los ciudadanos. Entre ellos tenemos el derecho a ser visibles, a ser nombradas.



Todos conocemos el caso del médico a quien llaman para que opere a un chaval que sobrevive a un accidente de tráfico. Conducía el padre del muchacho, que muere en el impacto. Al llegar al lugar del accidente, el médico dice que no puede operar al chaval porque es su hijo. La solución a la aparente paradoja es que el médico es su madre.


La paradoja existe debido al mal uso del lenguaje.
No nos engañemos: esto va mucho más allá de la anécdota. Si no decimos médicas, doctoras, juezas, bomberas, mineras, pescaderas, profesoras, licenciadas, abogadas… será como si no existieran. Y es muy difícil defender los derechos de quien no existe. Pero no sólo eso: aquello de lo que no se habla, nunca podrá existir.


Se sueña con palabras. El lenguaje cambia a cada momento y el mundo cambia con el lenguaje. Si no hay palabras para las mujeres ¿Con qué soñarán las niñas?  

Necesitamos nuestras palabras y lo bueno es que las tenemos.  Podemos ser superheroínas, podemos ser capitanas de barcos pirata, podemos ser escuderas, futbolistas, investigadoras, escritoras, fotógrafas, astronautas, dentistas, barrenderas, químicas, matemáticas, bailarinas, restauradoras, equilibristas, domadoras. Tenemos todas esas palabras y como las tenemos y las usamos podemos soñar con las imágenes que esconden. Podemos vernos a nosotras mismas escalando montañas, estudiando hasta caernos muertas, salvando vidas, descubriendo tesoros.
No hay ninguna mujer en la frase “la asociación de padres de alumnos”. Tampoco las hay en el “colectivo de abogados”, “los hosteleros”, “los emprendedores”. Sin embargo hay madres, alumnas, abogadas, hosteleras, emprendedoras y muchas más cosas.
Hablemos de ellas para que cada día seamos más, para que cada día existamos con más fuerza y podamos reivindicar nuestros derechos no sólo como mujeres, sino como trabajadoras, como ciudadanas.





Anuncios