La escritura y la paz

por Alicia Pérez Gil


Lo mismo podía haber titulado la entrada “el huevo y la castaña”, “mi hermana la rubia y yo”, “la velocidad y el tocino” o “el culo y las témporas”.















Escribir es a la paz lo que Virginia Woolf a la estabilidad mental. 

Uno empieza, por ejemplo, a los doce años. Tiene un sueño erótico con Michael J. Fox, lo escribe porque a los doce esas cosas son sagradas y a partir de ahí la escritura diaria (o semanal, o mensual pero recurrente) se convierte en un acto tan doméstico como lavarse los dientes. 

Sólo que lavarse los dientes da muchos menos quebraderos de cabeza. Mi madre me persiguió durante siglos para que lo hiciera porque sería bueno para mí. Me olía el aliento antes de acostarme, me cambiaba los cepillos cuando correspondía y, a la hora de visitar al dentista, las dos salíamos contentísimas: ni un empaste la mayor parte de las veces.

Ya podía mi madre haberme perseguido para que dejase de escribir.  En cambio me animó. Me dijo lo graciosos que eran mis primeros cuentos, me proveía de libros, me instigaba tanto como podía. Y eso que no había visitas al librista ni cosa parecida. Claro, que ella no se imaginaba que esto de la literatura, con el devenir del tiempo (ya tenía yo ganas de utilizar lo del devenir), se transformaría en lo que es hoy. Ni yo tampoco.

Porque la verdad es que durante años esto se circunscribió a mis entradas de diario, algunos cuentos, algunos concursos locales ganados, dificultades para ligar… vamos lo típico.

Hasta que hoy puedo decir, sin honor y sin vergüenza, que escribir, señores es una plaga. Escribir es un virus que se extiende lenta e inexorablemente hasta que ha invadido todos los rincones de tu vida. Y no, no me refiero a que las musas te secuestren, a que la inspiración te prive de horas de sueño, a que te pierdas en ensoñaciones mientras tus amigas prenden sus ojuelos en los vaqueros de algún pibón o a que te parezca que todas las historias que lees o ves están relacionadas con la tuya.


Eso, con todo lo molesto que es porque al final terminas ojerosa, no te alegras la vista ni a la de ocho ni disfrutas de ninguna película (excepto del Batman de Adam West), es lo de menos. Eso se asume con cierta entereza y, desde luego, con naturalidad.

Lo malo, lo que sume a cualquier escritora -vamos, a mí- en la desesperación es internet: Facebook, Wattpad, Amazon, Flikr, el Blog y la madre que los trajo a todos. Y hasta el padre que los engendró si me apuras. Si no estás en la red no existes. Si estás en doce puede que existas… un poco. Y ¿qué hay que hacer para existir? Alimentar al monstruo.

El monstruo a su vez es exigente: exige cantidades induatriales de palabras, de fotografías, de contenidos atractivos, sí; pero no sólo eso. También quiere que le gestiones, que estés razonablemente al día de quien te sigue, de si tus métodos son correctos, de ¡Ya ni sé de qué! 

¿Y qué pasa con tus proyectos? ¿Eh? Tu libro de cuentos, tu novela, tus artículos, tus… tus cosas, vaya. Pues nada, ahí siguen, esperando con el mismo hambre que la propia web a que te ocupes de ellos, que les pintes el pelo de colores a tus personajes, que les digas si viven en chozas o en mansiones, que traces sus caminos.

Y al final esto es lo que merece la pena. Y por esto sacrifica uno la paz, la castaña, a la rubia de mi hermana, al tocino a las témporas y a la estabilidad mental. Porque sí, es un auténtico coñazo escribir en doce sitios, gestionar esos doce sitios, acordarse de qué texto está en cada cuál y rezar cada noche porque las visitas a Facebook, Wattpad, el Blog y tu tiendecita de Amazon se hayan multiplicado. Pero el momento de sentarse ante el ordenador y ver cómo la pantalla se llena de letras que en realidad son vidas minúsculas de gente no tan minúscula no tiene precio.

Ni siquiera entra en juego en este punto de la historia la vanidad. Y lo digo yo que soy MUY vanidosa. A la hora de perder horas de sueño y achuchones vespertinos lo que cuenta es otra cosa.

No me gusta decir magia a menudo y no creo que quienes escribimos nos dejemos el alma en ningún sitio -para eso habría que saber si eso del alma existe. Yo no he visto su perfil de Facebook-. No somos seres místicos de especial sensibilidad. Pero sí disfrutamos de la creación, que no es prestidigitación, no. Es que sobre el papel no había nada y cuando anoche lo dejé en la mesa ya había tres grupos de instituto visitando una institución mental.

De eso se trata y tampoco eso proporciona mucha paz, la verdad. También eso contribuye a que cada uno de mis días sea más caótico que el anterior. .. De alguna manera retorcida y bella.

… Y hoy toca nueva entrada de A solas


No sé, lo mismo me tengo que comprar el Microsoft Project y listo. 


Anuncios