¿A qué sabe un melocotón?

por Alicia Pérez Gil

Pues depende.
20 años con el melocotón a cuestas y aún no he encontrado a nadie que me explique a qué sabe.






Un melocotón maduro, recolectado en la época adecuada, sabe, según mi experiencia, dulce. Incluso muy dulce. No hay más palabras que, con precisión, describan el sabor de esta fruta.  El problema es que dulce no es sólo el melocotón: dulce es el melón, la sandía, las uvas, los pasteles…
Esto sucede con una cosa tangible, con un tacto aterciopelado que a mí me pica en los labios y a mi madre le da muchísima grima.
En Ciudad de los ángeles Nicolas Cage le pregunta a Meg Ryan a qué sabe un melocotón y ella utiliza varias expresiones para explicar cuál es el sabor del melocotón en su boca. A qué le sabe a ella el melocotón. Se me ha olvidado cuáles son esas expresiones, pero estoy segura de que se trataba de imágenes relacionadas con momentos de su vida a los que asociaba el melocotón. Posiblemente momentos felices, sensaciones placenteras.
Con las ideas, con los conceptos, pasa lo mismo. Ser rico no es lo mismo para unos que para otros. Conocí una vez a alguien que definía la riqueza como la cantidad de dinero con la que pudieran vivir lujosamente tres generaciones sin necesidad de trabajar. Para otros ser rico es tener tres millones de euros en el banco. En mi caso ser rico es no tener que preocuparse por el dinero: ni por cuánto se gasta ni de dónde sale. Hablo de riqueza material, claro, que si se me ocurre mencionar todas las otras riquezas, no me caben en docena y media de entradas de blog.


Las palabras encierran trampas. Por ejemplo la palabra dulce encierra trampas. Y quienes usamos las palabras a destajo para contar historias o para explicar nuestros pensamientos tenemos que tener en cuenta que esas trampas existen. El discurso mejor intencionado del mundo puede ser malinterpretado por culpa de esas trampas. Y así se crean enemistades, se emiten juicios y se construyen perfiles de personas que nunca existieron.


Soy una mujer casera, disfruto cuidando de mi novio, salgo poco y en realidad la gente me asusta.
Para mí no hay nada más claro que esta frase. Sin embargo mis amigos llaman a casa y no me encuentran nunca. Es cierto: durante el día suelo visitar exposiciones, me gusta desayunar fuera, me encanta perderme por ahí con mi cámara y volver cuando se va la luz. Pero no salgo de noche. Casi nunca. Así que desde mi punto de vista salgo poco.
Es mi novio quien se encarga de casi todas las tareas domésticas: cocina, plancha, mantiene la casa en un aceptable estado de habitabilidad, pone lavadoras, etc. Sin embargo yo estoy pendiente de que sea feliz, de ver si sonríe o no, de averiguar si le ha ido bien el día. Cuidar es un término tan, tan, tan amplio…
Tengo un blog, una página de Faebook, publico en Wattpad y procuro hacer gala de cierto ingenio, siempre tengo una sonrisa disponible y en mi puesto de trabajo me relaciono con muchísimas personas. Todo eso es cierto, pero no es menos cierto que lo hago con mucho miedo y con un miedo constante a meter la pata.
Y todos estos matices y dobleces hablando únicamente de mí, a quien conozco desde hace 38 años.
Cuando tratamos de exponer conceptos más generales o abstractos las trampas se multiplican. Porque la paz y la conciencia tranquila tienen un significado para nosotros y un significado diferente para cada uno de nuestros lectores. Quizá sólo parcialmente diferente… Una frase que escribimos desde la más pura inocencia, algo que creemos inofensivo, puede pulsar un botón que desconocíamos en un lector y que a ese lector se le abra una espita.
Sucede en las conversaciones diarias ¿Cuántas veces os ha pasado que os enciscáis en una discusión y, de repente, tras estupendos minutos de toma y daca dialéctico, caéis en la cuenta de que vuestro interlocutor y vosotros habláis de cosas distintas?
Pues cuando se trata de textos el riesgo es infinitamente mayor.
Es responsabilidad de quien escribe hacerlo con corrección, con precisión y con los sentidos muy alerta para evitar los malos entendidos en la medida de lo posible. Y es responsabilidad del lector leer con cuidado e incluso leer dos veces antes de dar una respuesta emocional a un texto con cuyo autor no tiene más contacto que ese mismo texto.

Hablo de no ficción, claro…

Dicho lo cual, me voy a imprimir el párrafo anterior y me lo voy a tatuar en el brazo. Por si me cruzo con un texto de Pérez Reverte, que tiene la capacidad de hacerme hervir la sangre. Aunque en realidad seguro que Reverte lo hace adrede. Disfruta sacándome de quicio… A mí y a los que son como yo 🙂 
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