Delirios de barra

por Alicia Pérez Gil

Y este es el relato que no me han premiado hoy 🙂

Hay que celebrar que puedo compartirlo con todos vosotros según los criterios de mi voluntad.


           En cuanto se hubo sentado se dio cuenta de que algo no iba bien. Miró con recelo a su alrededor, reconoció a Pedro y a su delantal lleno de manchas, vio que la señora Marina se había enciscado con la tragaperras como cada día y, justo cuando creyó que se le había pasado la sensación de extrañeza, se le revolvió el taburete. Habría seguido sentada un rato, pero una comezón extraña y muy desagradable la empujó a levantarse primero y a alejarse de la barra después. Lo hizo con la mirada prendida al granito, como si las motas pardas fuesen a formar un mensaje para ella, con cierto miedo difuso a que las botellas cayesen de los estantes estrechos de las paredes y se estrellasen tras la barra llenándolo todo de olor a alcoholes y vidrios rotos. Ningún mensaje se formó mientras caminaba hacia atrás, ni se desencadenó un caos apocalíptico; ni tampoco volvió la familiaridad de cada mañana, así que Camila, como en un sueño,  se dio la vuelta y salió del bar.

Llevaba  toda la vida tomando el aperitivo en ese local. Había pasado ya el mediodía y el estómago le reclamaba su caña y su tapa diarias. Se subió las solapas del abrigo viejo que usaba para los recados y metió las manos en los bolsillos. No es que hubiera olvidado los guantes, es que no solía llevarlos cuando bajaba al bar. Tan cerca estaba de su casa.

Entró en el local de la esquina. Alguna vez, cuando el suyo cerraba por vacaciones, había desayunado ahí. Sin mucha pena ni gloria, pero caliente y barato. Se acodó en la barra de madera pulida, menos familiar que la de granito moteado, o al menos de lo que el granito debió haber sido. No es que esperase un sentimiento inmediato de calor hogareño, pero la decepcionó que tardasen en atenderla. Mientras esperaba inspeccionó los pinchos del mostrador. Tenían una pinta estupenda. Demasiado buena, incluso. Cuando el camarero se quiso dar cuenta Camila ya se había marchado. Si se tomaba una tapa tan grande no comería, si no comía se le haría la tarde eterna y el día se le habría estropeado sin solución.

En la plaza, unas calles más allá, habían abierto una cafetería que desde fuera parecía bonita. Cruzó las manos bajo las axilas y encogió el cuello. Intentó hacerse un hueco en la barra, pero tampoco era lo que buscaba. Se sintió incómoda, fuera de sitio, grande. Como si la barra fuese muy baja o muy estrecha. Probó en todos los bares que encontró a su paso. Algunos tenían la televisión muy alta, o colocada de espaldas a la barra, o la cerveza era demasiado cara o estaban llenos hasta los topes o se sentía huérfana en una barra vacía.

A las dos de la tarde había recorrido el barrio completo y se había sentido inadecuada tantas veces que le ya le parecía su estado natural. Inadecuada, asustada, estúpida. Incluso un poco perdida aunque conocía aquellas calles desde niña. Agotada y hambrienta, retomó el camino a casa. Antes de entrar en el portal pasó por delante de su bar de siempre. Permaneció atenta, helada hasta el tuétano, mientras en el interior la señora Marina continuaba introduciendo monedas en la ranura, Pedro secaba vasos con un paño blanco y alguien disfrutaba, encaramado en su taburete, de un refresco naranja chillón.

Se preguntó con horror  si alguna vez había pertenecido a aquel reino de cafés humeantes, tintineo de monedas y rostros domésticos. Después de todo no le resultaba tan extraño contemplarlo desde ese lado de cristal como lo había sido estar dentro. Se preguntó, con el mismo miedo pegajoso agarrado al pecho si alguna de las llaves del manojo con el que jugueteaba en el bolsillo abriría la puerta de su casa. 
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