Ilusión… et omnia vanitas

por Alicia Pérez Gil

El dibujo es obra de Ralph Steadman
Llevo todo el día dándole vueltas. Por nada en particular: llevo una semana trabajando más que nunca, escribiendo más que en mucho tiempo, participando en proyectos de los que disfruto, compartiendo mi vida con personas que me importan, observando cómo a mi alrededor se trazan planes, se construyen esperanzas… Y durante todas las horas que paso haciendo todo eso, antes o después alguien dice o yo formulo, las palabras mágicas: Me hace mucha ilusión.
Es especialmente notable en Facebook. No sé qué sería de mi blog sin Facebook, de hecho. Tendría que ver la tele o leer el periódico, Dios no lo quiera. Afortunadamente tengo un par de docenas de relaciones virtuales, pertenezco a algunos grupos y cotilleo cuanto puedo. A veces más de lo que puedo. Facebook es como el dinero, que en ocasiones uno se gasta más del que tiene; lo que en palabras del propio Dickens, sólo lleva al desastre, la ignominia y la iniquidad. Con Facebook el resultado no siempre es tan lamentable. A veces una mira, remira y se encuentra con ilusiones. Con muchísimas ilusiones.
Hay quien comparte las mías. Las de orden literario. Hay muchos escritores con una novela reciente, con olor aún a levadura y cierto calorcete de horno del que no se han desprendido. Se les nota la ilusión en la amplitud de las preguntas. Y sí, digo amplitud y me refiero a amplitud, no a cantidad -que también-. Hacen preguntas del estilo ¿alguien sabe algo? Y acudimos en tropel a responderlas quienes, azotados por esa misma ilusión,  las hemos hecho antes y hemos recibido respuesta.
No sé a los demás. A mí me parece todo muy tierno. Vamos por ahí corriendo como el conejito de mi tocaya, reloj en mano porque llegamos tarde y lo mismo el Sombrerero o la Liebre de Marzo se comen nuestra porción de tarta.  Es tierno y bisoño. Naif, muy inocente.
Así que he leído hoy algunas publicaciones de gente que está en el umbral de la publicación, con su novela envuelta como para regalo después de haber dejado que otros la desnudaran, le clavaran la piel con alfileres a un tablero, le hicieran una autopsia en principio bien intencionada y se la devolvieran sanguinolenta y ya cansada. He leído esas publicaciones cargadas de ilusión y no he podido evitar ver algo detrás de las ilusiones.
No se ofenda nadie, por Dios, porque uno no es capaz de ver nada que no posea en cierta medida; lo que quiere decir que detrás de mi ilusión también hay monstruos. Y sé que las dimensiones de esos monstruos míos son descomunales.
En fin, que me ha parecido ver, cubierta de purpurina y raso, un poco al desgaire, algunos jirones de vanidad. Y me ha hecho gracia. Me ha hecho gracia porque uno escribe, como decía hoy el maestro King, por dos razones: para complacerse a sí mismo y para complacer a otros. Dos razones distintas y un sólo dios verdadero ¿Qué obtiene uno cuando complace a otros? halagos, aplausos, palmaditas en la espalda, felicitaciones. O sea, placer. Placer del bueno, bueno. Mejor que el sexo, os lo digo yo.
Y ahora me imagino a las niñas dulces, a las mujeres maduras, a los chicos serios o pícaros, a los señores más o menos mayores y a mí misma formando parte de una especie de orgía onanística. Cada uno ofreciendo al mundo sus obras y recibiendo a cambio -pongámonos optimistas- dosis y dosis de placer en forma de piropos, de pulgares al viento, de paréntesis y dos puntos… ¡Ah! ¡Qué baño de reconocimiento! ¡Qué ilusión!
Sin embargo es cierto que a todos nos hace ilusión. Nos hace tanta ilusión como nos hacía la noche de Reyes, tanta como una primera cita, que nos lean, que nos comenten. Mucha más ilusión nos hace que nos publiquen otros. Porque la autopublicación está bien, pero que otra persona, que una EMPRESA, decida que nuestra obra merece sus esfuerzos primero y el dinero de los lectores después… Eso sí que hace ilusión.
Y nada más lejos de mi voluntad que fastidiar a nadie con mis cosas. Lo que ocurre es que el ser humano cada día me interesa más. Entendámonos: sé que nada de esto es nuevo, sé que no he inventado la rueda ni descubierto el fuego. Pero sí he aprendido una manera nueva de mirarme. Sí he visto una rendija que lleva al mismo sitio al que conducen todas las demás. Ya lo decía en el título: et omnia vanitas…
Y cómo me gusta, cómo disfruto viendo más de una cara de la moneda.
Aseguro además que sin juicio alguno. Somos humanos, tenemos miedo. Nuestra misión es evitar la muerte. y si la ilusión y la vanidad sirven para conseguirlo, benditas sean.
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