El esfuerzo de escribir

por Alicia Pérez Gil

La ilustración es de Oleg Lipchenko



Si no te divierte, no lo hagas
Si no te divierte y lo has hecho, no me agotes con tus quejas.
Por favor…
Comparto con la mayor parte de los escritores con los que me cruzo en Internet la maldición de vivir de algo completamente ajeno a la literatura. Desde 2001 trabajo como secretaria. En un par de semanas lo haré como consultora legal en una empresa cuyo producto me interesa entre cero y menos cinco (añada cada uno la rima que corresponde si lo considera necesario). Salgo de casa a las ocho menos cuarto de la mañana y regreso, agotada, unas doce horas después.
Entonces saludo a mis gatos y paso un rato con mi novio –que efectivamente detesta mi post de ayer-, luego me encierro en una habitación verde y fucsia cuyas paredes pinté yo y cuyo suelo también coloqué con estas manitas y paso una hora o dos escribiendo.
Estos son los hechos. Ahora bien, se pueden contar de una manera más o menos aséptica o se pueden cargar las tintas en aquello de las doce horas de trabajo en una cadena de producción con apenas un mendrugo mohoso para quitarme el hambre a medio día, manchas de hollín en las mejillas y una gorra de lana con visera bajo la que escondo mis preciosos ojos verdes cuando pido un penique a la puerta del metro porque no me llega para el billete de regreso.
No, mi situación y la situación de otros escritores vocacionales que sin embargo trabajan acarreando sal en minas no es la ideal. Sin embargo hay algo que debemos tener en cuenta: escribimos porque queremos. Por algún motivo extraño, preferimos sentarnos frente a un ordenador o frente a un cuaderno antes que tomar el sol o pasear por un parque. Algo nos impele a dar un paso más allá de la imaginación. Algunos hemos estudiado zarandajas literarias varias, otros trabajamos desde la intuición. La mayoría seríamos más que felices si pudiésemos vivir de nuestras obras, pero nos conformamos con la relativa felicidad de escribirlas.
Porque escribir, señoras y señores, nos hace felices. Al menos a mí, me hace feliz, me divierte muchísimo. Hoy, por ejemplo, en el metro, venía hacia la oficina derrengada de sueño con el ipod incrustado en las orejas para evitar la cháchara mañanera de otros pasajeros. Me habría dormido encantada, pero he sacado mi tablet y me he puesto a pulsar la pantallita táctil esa que lo hace todo más fácil. El trayecto de cuarenta minutos se me ha pasado en un suspiro, cuando he salido de la estación estaba más despierta y aún conservo cierto humor. Cosas de haber inventado un trasfondo creíble para un pobre chaval que no sabe muy bien si adora a su madre o la odia.
No sé de qué manera la idea inicial de mi novela se ha convertido en una especie de red gigante en la que personajes, acontecimientos y relaciones han quedado atrapados a la espera de que yo les desembrolle las vidas. No lo sé. Pero me encanta encender algún aparato electrónico, mirar al teclado –son casi 12 años como secretaria, pero mecanografío fatal- y asistir al proceso de creación de una escena. Las cosas no suceden por sí solas en un papel en blanco. Una tiene que hacer el esfuerzo de meterse en su historia, tiene que haber creado previamente una trama que al final sirve sólo como guía y tiene que tener una idea de hacia donde vse dirigen las cosas. Entonces se pone una a escribir y ¡tachán! Se hace la magia.
Es esa magia la que me da un par de horas de felicidad íntima e intransferible una o a veces dos horas al día. Así que no, escribir no es un sacrificio. Es un trabajo, sí. Es laborioso, conlleva un esfuerzo importante, cierto desgaste, da quebraderos de cabeza, pero compensa.
Como el amor.
Lo que es un sacrificio es levantarse a las siete de la mañana, vestirse adecuadamente, coger la bolsa con el almuerzo, tomar el metro y aparecer en una oficina, laboratorio, hospital, tienda de ultramarinos, taller mecánico o donde sea, y pasar ocho horas o más alejados de nuestras ficciones. Es un sacrificio perder un tercio de la vida tratando de pagar una hipoteca o de conseguirla.
Así que retomo el inicio de este post: si escribir no te divierte, no lo hagas. Es una pérdida de tiempo. Y si has decidido invertir meses de tu vida en literatura y no te has divertido, vete a otro sitio a quejarte, haz el favor. Yo no te creo y como no te creo no puedo compadecerte.
Me doy cuenta de que si leyera esta entrada en otro blog, de que si lo hiciera en uno de los muchos momentos en que he dejado de escribir porque me consta que sólo he producido un puñado de páginas de basura, odiaría al autor. Asumo el riesgo si quien se ofenda al leer esto se compromete a ser sincero consigo mismo durante un momento y admite que escribe porque le da la gana y porque escribir le hace rematadamente feliz.
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