Uno de esos días

por Alicia Pérez Gil

La ilustración es de Nate Marsh



Hoy es uno de esos días. Desde hace un puñado de meses esos días se presentan con menos frecuencia, pero no han desaparecido. Me planteo añadir por completo al hecho de que no hayan desaparecido, pero es que o se desaparece o no se desaparece; y esos días no han desaparecido.
Creo que en esto reside parte de la excelencia literaria, en plantearse qué palabras usa uno antes de usarlas. Y en renunciar a dos mil de cada diez mil. Los escritores conocemos tantas que a veces nos da como cosa limitarnos a las necesarias.
Como cosa es una expresión vaga que utilizo a propósito en esta ocasión. Por más razones, pero sobre todo porque no encuentro una opción más precisa y que además sea correcta. Tiene mucho que ver con henchir el pecho y teclear palabras de muchas sílabas, atentos a la zozobra del lector incauto que navega por nuestros blogs con la página de la RAE abierta en otra pestaña. Pero también está relacionada con un sentimiento de pequeñez que invade al escritor cuyas fuentes se circunscriben a autores consagrados al floripondio, la mayor parte de ellos clásicos (sin ánimo de meterme con los clásicos, que también los hay sin flores y sin pondios). Así que me quedo con lo de cómo cosa y sigo.
La cuestión es que hoy es uno de esos días en los que la realidad adquiere más relevancia que la ficción y el peso del ser resulta mucho más insoportable que su levedad. Y conste que me gusta Kundera.
O sea, que he llegado a la oficina, los papeles se amontonaban a ambos lados de mi escritorio, mi jefe ha llegado de un crucero, mi jefa tiene uno de sus propios días y yo he cometido el error de tomármelo todo en serio: el trabajo, los papeles y a mis jefes. Claro, con esos mimbres no es que me haya salido un cesto, sino una soga de las de ahorcar.
He pasado toda la mañana cabizbaja, he llorado por las esquinas, he conseguido que las pilas de papeles que me flanqueaban alcanzasen una altura manejable y he leído el segundo capítulo de Silvia, en Tiempo de héroes. Me ha gustado mucho la prosa de Díaz de Tuesta, me ha parecido que se defiende muy bien en una primera persona conflictiva, que para no ser Silvia una narradora omnisciente al uso, usa de una omnisciencia inteligente y verosímil y me he apagado del todo. Nada de intermitencias: se acabó la navidad, se han recogido las luces y el árbol de los regalos vuelve a ser un amasijo de ramas de plástico guardadas en una caja.
La cuestión es que a mí la vida me distrae mucho. No sé a vosotros. Yo me despierto por las mañanas y las doce o trece primeras ideas que se me ocurren están relacionadas con actividades y/o personas que no me interesan. Así que he pensado que a partir de ahora mismo me lo puedo plantear como una de aquellas historias de Elige tu propia aventura.
Alicia se despierta a las siete y cuarto de la mañana y…
A.- Se levanta rauda y veloz (vaya a página 45)
B.- Inicia un encuentro sexual por sorpresa (vaya a página 102)
C.- Apaga el despertador y decide que esa es la última vez que… (vaya a página 14)
Elijo C. Lo malo de la C es que en la página 14 comienza una larga lista de consecuencias derivadas de desatender al despertador. Hmmmmm. Mal. A Alicia no le gusta que de su felicidad se deriven consecuencias negativas para otros.
Alicia recuerda a Silvia y decide lanzar un impulso, pero nada. No recibe una llamada de la directora de su sucursal bancaria, así que deduce que los lazos económicos que la atan siguen tensos. Habrá que escoger otra opción.
Claro que esto es trampa, porque en realidad Alicia se ha levantado en hora, ha llegado a su oficina y… bueno, y todo eso de los papeles flanqueantes.
La verdadera cuestión es: ¿Cómo se mata un préstamo hipotecario?
Pues seguramente la manera más efectiva y la más dolorosa sea el pago. Así que hoy toca pasar de los papeles y de los jefes y darle un buen empujón a la segunda mitad de la novela, que es la que me pone tan triste esta vez como contenta en otras ocasiones: detesto la sensación de estar escribiendo mal. Tendré que escribir bien para que se me pase.
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