La que escucha, escribe y calla

por Alicia Pérez Gil

Y no, no hablo de la autora que hay en mí, sino de la secretaria que dejará de haber…


Señoras y señores, quizá les parezca mentira, pero a las secretarias nos pagan para hacer nuestro trabajo. Y ese trabajo en ocasiones implica llamar a una persona 20 veces o más, hasta que consigamos que nos coja el teléfono. No es que seamos tontas, ni que no entendamos la ene y la o de no. No es que nos guste incentivar la creatividad de quien ofrece excusas mil para no ponerse al aparato. Es que si nos piden que llamemos, tenemos que llamar.
Por supuesto, sabemos que si al otro lado de la línea hay una secretaria, ella también está haciendo su trabajo cuando nos dice que lamentablemente don Mengano de Cual está en una reunión en una zona inexplicablemente fuera de cobertura que toda la gente de su oficina ha dado en llamar El Triángulo de las Bermudas. Y ella sabe que cuando nosotras mostramos nuestro acuerdo y comunicamos que transmitiremos esa información a nuestro directivo estamos mintiendo tanto como ellas. Porque para eso nos pagan.
Otras veces las secretarias debemos revisar los documentos que firmarán nuestros jefes. A ver si entendemos todos una cosa sencilla: Nos pagan para hacer la revisión, encontrar los posibles errores y, sí, devolver el documento a quien lo creó para que lo corrija. Y nosotras lo hacemos no porque seamos unas personas horribles llevadas por la mala fe, sino porque para eso nos pagan. Yo me considero una buena persona. Lo normal, de las que no va matando a diestro, a siniestro ni a ningún otro integrante de tribu urbana. Yo voy por la vida con cierta placidez. Hasta que llega alguien que me toca las webs. Entonces puede que la tengamos.
Tercera cosa que no sé a otras, pero a mí sí me pagan por hacer: revisar las liquidaciones de gastos de viaje en aplicación de la política de la empresa que dice cosas como que no se pagan las consumiciones de los minibares ni más de 300€ de gasolina al mes. Yo las reviso y cuando encuentro alguna infracción de la política (y creedme, hay muchas posibles infracciones porque la política es muy de directrices, tipo Constitución española), rechazo la hoja, la devuelvo a su dueño y pido que la repitan eliminando el gasto.
         ¡Joder! ¿Por un euro con cincuenta?
         No, porque las auditorías internas buscan fallos de control.
         ¿No me lo puedes pasar esta vez?
         Lo siento, no puedo.
         Tía, ya te vale, parece que vas a pillar.
Efectivamente, voy a pillar. Y de nuevo lo hago porque tatatatatatchááááán me pagan por hacerlo. No es para que la empresa se ahorre uno con cincuenta en una botella. Es que es mi trabajo. Un trabajo feo y desagradecido, pero el mío.
Y por último, también nos contratan para  pedir cosas absurdas tantas veces como sea necesario. Vamos, hasta que obtengamos las cosas absurdas. Sean estas cosas una previsión de vacaciones, una fotografía tamaño carnet para añadir al organigrama del departamento o el sabor favorito de caramelos de toda la plantilla.
         Rita, que no me has mandado tu foto.
         Es que…
         Es que me la ha pedido el jefe.
         ¡Uh! – con recochineo- Seguro que me despide si no te la doy ¿no?
Aquí lo que pasa es que Rita no entiende que mi jefe me paga para que yo persiga la foto. Es posible que a Rita y a los otros 1.000 empleados de la compañía les parezca que me dedico a idioteces varias durante ocho horas al día. A mí me lo parece, a sí que no les culpo. Sin embargo el hecho es que han contratado a una persona a la que pagan un sueldo para que lleve a cabo esas idioteces.
Es decir, a mí ME PAGAN. Alguien ha decidido que sus idioteces merecen una persona que las atienda. Así que quienes consideren que las secretarias son tontas por hacer su trabajo, podrían empezar a pensar que los tontos son los jefes. A mí, al fin y al cabo, me pagan por hacer estas cosas. No vengo aquí todas las mañanas por placer a dar por el saco a mis compañeros. Lo hago por dinero.
Segunda consideración acerca de la inteligencia de las secretarias: No es que no sepamos cuestionar las órdenes de nuestros jefes, es que nos pagan para no hacerlo. Aquí cada una podrá dar su testimonio. Mi experiencia personal es que tras cada atisbo de cuestionamiento  se da una discusión que es imposible que ganemos. Podemos tener razón, pero al final el jefe manda. Y yo puedo hacerle ver que sólo hago lo que me pide porque me lo ordena y no porque esté bien hecho, pero el resultado es el mismo: el jefe da una orden y la orden se cumple. Con más o menos dolor de estómago por mi parte. Generalmente con mucho dolor de estómago porque me matan las cosas mal hechas, el despilfarro de recursos, el mamoneo y todas esas cosas que proliferan como hongos en el entorno empresarial.
¡Y en breve me dedicaré a la asesoría! Madre del amor, más me vale comprar Almax, mucho Almax.
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