Ganarse la vida

por Alicia Pérez Gil



Ya sé que esto no es nuevo, que si uno pone en Google las palabras adecuadas aparecerán tres millones de artículos iguales a este, pero a mí las cosas me dan bofetones en la cara cuando me los dan. Ni antes ni después.
Total, que la epifanía de hoy viene de la mano del capitalismo por un lado y de mi falta de sueño por el otro.
Para empezar, habrá quien según haya leído el palabro haya cerrado la página. Capitalismo ¡Uhhhh! ¡Uhhhh! Sólo hablan de capitalismo los comunistas pasados de moda.
No obstante, este es mi blog and I cry if I want to. Y es el capitalismo, la concepción capitalista de la economía y de la vida la que ha acuñado la expresión que más miedo me da del mundo: Ganarse la vida.
¿Alguien se ha preguntado por qué motivo hay que ganarse la vida? Yo supondría que la vida nos es dada, se nos regala (ya entraremos en aquello de si la vida es un regalo o una broma pesada, ahora no me apetece nada). Uno nace con la vida puesta, así que no comprendo esa necesidad de ganársela.
¿Qué pasa si no te la ganas? ¿Te la quitan? ¿Llega alguien y te mata?
No, espera. Lo que pasa es que ganarse la vida no significa ganarse el derecho a vivir, que al parecer viene protegido por las normas no escritas del derecho natural, la declaración de derechos humanos y creo que todas las constituciones del planeta. No, lo que hay que ganarse es la vida de lujo y ensueño que necesitamos por encima de todas las cosas.
Donde lujo y ensueño significan techo, comida, agua corriente, ropa y las cuatro reglas. Porque lujos, lujos, lo que se dice lujos, de los asiáticos, árabes o romanos, yo no conozco… Aunque hasta hace bien poco aspiraba a ellos, sí. Hasta que me he dado cuenta de que desear vestidos caros me abruma, me agota, me deja exhausta y sin ganas de nada. Desear un deportivo me deja sin energías. Hojeaba el Vogue el otro día y me quedé famélica en la cuarta página.
Y entonces ¡Poof! Llegó la epifanía –tonta de mí, esto estaba cantado y además ya me lo habían dicho-: por cada esfuerzo titánico que hago para pagar la letra de mi hipoteca, alguien recibe un beneficio contante y sonante. Y no soy yo. Y no es nadie que lo necesite. Es un señor o una señora que acude a su despacho en el piso alto y bien iluminado de algún rascacielos, que viste esos vestidos caros que yo ya no quiero y que manda a sus hijos a colegios privados para que sean educados en las maneras de dominar el mundo.
Ganarse la vida según el capitalismo viene a ser romperse los cuernos en un trabajo de ocho horas mínimo con el que no se contribuye en absoluto al desarrollo de la sociedad, ni al bienestar general ni a nada de nada. Durante mis jornadas laborales a lo único que yo contribuyo es a que unos señores norteamericanos se enriquezcan mientras pagan sueldos de risa a sus empleados. A eso me dedico. A eso nos dedicamos la mayoría.
Ganarse la vida es como atarse a un carro y tirar de él porque delante tienes una zanahoria: si trabajas lo bastante tendrás una bonita casa, podrás pagarte unas vacaciones y comprar un TV de plasma.
Ganarse la vida es, ni más ni menos, trabajar para que le den a uno algo que ya era suyo: su tiempo. Ganarse la vida es desgastarse para que alguien a quien no veremos jamás viva gratis y disfrute de lujos inconcebibles. O que yo no soy capaz de concebir.
Así que sí, estoy abrumada por la cantidad de esfuerzo que invierto en la gratuidad de vidas ajenas, por el cansancio que acumulo a diario y que me impide dedicarle tiempo, interés o esfuerzo a las personas a las que quiero.
No existe una crisis económica igual que no existe una crisis cultural. El otro día lo leía en un comentario: hablan de la crisis cultural española aquellos que no obtienen los beneficios esperados. Y no son los escritores, sino los empresarios (vale, los escritores también). No es que no haya trabajo o que no haya dinero. El mundo está lleno de trabajo y de dinero, abramos los ojos. Lo que ocurre es que quienes acumulan la mayor parte de todo ello no están dispuestos a renunciar a sus niveles ni de ingresos ni de vida. A esos señores hemos dejado de resultarles rentables, así que están recortando los recursos de los que disponemos.
Más o menos así: si trabajan 100 para producir 100 y yo pago 50 de salarios sólo obtengo 50 de beneficio. Si trabajan 50 y les obligo a producir 100, pago 25 de salarios y diez de subsidios, así que ya obtengo 65 de beneficio. (ahora estamos en este punto y por eso respecto al trabajo sólo hay dos respuestas: o no tienes o te sale por las orejas). Asumo que esto no puede durar siempre, pero juego con el miedo, creo necesidades falsas, azuzo un poco la codicia y la envidia y vivo bien unos años. Luego me invento un repunte del mercado, creo empleo para 100, que producen 100 o 110, aumento artificialmente la demanda, encarezco el producto y los beneficios se me disparan que da gusto.
Y lo peor es que de alguna manera nos hemos convencido todos nosotros, los pobres, los que tenemos hipotecas pero creemos que tenemos casas, de que si emprendemos cualquier acción de cualquier tipo para romper ese círculo perderemos lo que hemos logrado. Cuando no hemos logrado nada.
No tenemos nada, sólo obligaciones y ataduras. Y miedo. Un miedo cerval a pensar que otra manera de vivir es posible.
En algún momento nos ataron el trocito generoso, libre, aventurero. Y así estamos: mutilados, tristes, agarrotados, paralizados.
Y yo abrumada. Muy abrumada.
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