Mis queridos fiascos

por Alicia Pérez Gil




Hace unos posts la escritura era motivo de felicidad.
Desde hace tres días la escritura es fuente de sufrimiento eterno, de males sin fin para el mundo, de muerte y de destrucción.
¿Qué ha cambiado?
Poca cosa. En realidad ya decía yo no hace mucho que es una pena que las personas cambien y los textos no. De la misma manera, es una pena que las circunstancias cambien y los textos se queden como estaban. Y cuando digo cambien, me refiero a fluctúen.
Lo que pasa es que llevo tres días pegándome con un relato. Pero a brazo partido, oye. Lo releí el jueves, pensé que quedaría estupendo en medio de una antología propia si le aplicaba una mano de chapa y pintura, así que me puse a ello. En mala hora.
Es mucho más difícil desfacer un entuerto literario que emprender una creación nueva. Motivos hay de todos los colores, pero a mí se me ocurren estos.
1.- Si ha pasado mucho tiempo, es posible que se te haya olvidado con qué intención escribiste el texto la primera vez. Esto, en mi caso, implica que encuentro nuevas posibilidades para la historia, que fragmentos enteros dejan de servirme, que los personajes se parecen muy poco a sí mismos… Más o menos como cuando te pones a limpiar el salón, te das cuenta de que la mesa quedaría mucho mejor tres centímetros a la derecha, la cambias de sitio, entonces el sofá ya no encaja y en menos de lo que canta un gallo te encuentras con una cuadrilla de albañiles tirando tabiques ¡Y tú lo que querías era quitarle el polvo al salón!
2.- Puede que recuerdes con precisión milimétrica qué querías decir, pero te des cuenta de que la historia no funciona. Tú lo tenías clarísimo, el texto está bien escrito, la historia es coherente, pero le falta algo. No engancha, no tiene fuerza o es que ha dejado de interesarte. Entonces se te ocurre que como ya escribiste un esqueleto aprovechable, tu siguiente paso puede ser alimentarlo bien, sazonarlo un poco y dejarlo listo para revista. No nos engañemos: esto es MUY complicado. Al final los albañiles aparecen cuando menos te lo esperas. Y es que a fuerza de sal y pimienta, es probable que un personaje con el que no contabas te haya quedado tan mono, tan bien definido, que le quieras dar un poco más de texto. Volvemos así a los tres centímetros de mesa.
3.- Tu obra está mal escrita de narices. La escribiste presa de la inspiración, no la corregiste en su día y maldita la gracia que te hace ponerte a ello en este momento. Sí, la historia contiene algunos fragmentos brillantes –o que brillarían si nos los hubieras cubierto de adverbios terminados en mente y adjetivos innecesarios-, fragmentos muy brillantes y al menos un personaje que quieres reciclar.
Pulir este tipo de engendros es mucho más duro y farragoso que escribir un engendro nuevo. En un folio en blanco basta con escribir las frases correctamente. Con las frases que ya están escritas el trabajo es doble o triple: leerlas, identificar los errores, pensar una manera nueva de decir lo que querías decir, que esa nueva forma sea correcta y que encaje en la historia.
Queridas y queridos, no hay obra maestra que merezca este esfuerzo.
Es duro, es cruel y sólo de escribirlo se me pone la carne de gallina, pero no todos los frutos de nuestras yemas son iguales. Para la literatura no hay amniocentesis y a veces se paren criaturas que nunca debieron ver la luz. Cuando eso pasa hay que asumirlo. De vez en cuando todos escribiremos malos textos, historias malas que no publicaremos y por las que sentiremos tanto cariño como vergüenza.
No pasa nada. Cuando uno reconoce que esto ha sucedido, lo que debe hacer es coger los folios usados, ponerlos en una carpetita marcada con la palabra “Fiascos” y pasar a lo siguiente.
De vez en cuando se puede visitar la carpeta. Al fin y al cabo lo que allí yacen son los cadáveres de algunas ideas que quizá sean buenas. Pero cuando vayamos de visita a la zona fiasco debemos prometernos antes que no reescribiremos nada de lo que encontremos allí. Porque, os lo advierto con mis mejores intenciones, adentrarse en esas tierras es garantía segura de frustración y pérdida de la felicidad.
Y nosotros escribimos porque nos hace felices ¿no?
Pues eso, que me voy a leer el libro de consulta acerca de los Reyes Católicos que compré ayer para ilustrarme. Pienso seguir partiéndome el brazo con mi engendro al menos hasta el domingo. Si para entonces no he encontrado una solución…
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