Cuaderno de notas – El Principito revisited

por Alicia Pérez Gil

Una nació con ínfulas. Es lo que hay. Puedo pretender cierta humildad cuando me veo amenazada por la excelencia de quienes me rodean, pero la verdad es que junto con las caderas redondas y los ojos verdes me dieron unas ínfulas. Los ojos ya apuntaban maneras de bebé. Las caderas y las ínfulas se han ido desarrollando con el tiempo.
Así que a la tierna edad de 23 o 24 me fui a París por segunda vez. En la primera ocasión un ciclista con tantas ínfulas como yo, los ojos azules y cierta fijación con los existencialistas que yo heredé por amor, que no por ósmosis (ya me habría gustado, ya), me había dejado plantada en la tumba de Sartre y la Beauvoir. Lágrimas amargas después, y tras una conversación absurda con el guarda del cementerio de Montparnasse –no hablo ni una palabra de francés-, que me echó de allí a la hora del cierre, me prometí que nunca volvería a… a algo.
A París volví el año siguiente. Una amiga igual de llenita de ínfulas que yo y que ahora publica poesía –sus ínfulas debían de ser fundadas- me regaló un ejemplar del Principito y me dijo que lo leyera a la orilla del Sena. Yo, infulosa y obediente, agarré el libro, me compré un algo de comer –diría que un café, pero en aquella época me daba vergüenza entrar en las cafeterías-  y me bajé a la isleta del Point Neuf. Colgué los pies sobre la corriente y me leí el cuento de cabo a rabo.
Reconozco que hoy en día sólo recuerdo que había una rosa, un baobab, un cordero en una caja y una boa constrictor que se había comido u elefante. Vamos, que no me impresionó mucho.
Pero hoy una compañera escritora nos ha informado de que se subastan, por el módico precio de 65.000 USD, dos páginas inéditas de El Principito. En una de ellas aparece un nuevo personaje.

Lo dice aquí 
A mí se me han disparado todas las alarmas y me he acordado de Michael Tolkien, el Silmarillion, los Cuentos Inconclusos, las anotaciones de Michael al Señor de los Anillos, la manera en que vendió los derechos para la película por 30 monedas de plata…
Y he tardado en decidir si la notita me parecía buena o mala. Digamos que no me parece buena.
Digamos que dentro de unos meses se publica una novela mía, justo esa en la que no estoy trabajando porque estoy escribiendo esta entrada de blog. Digamos que es un éxito de público y de crítica –puestos a decir…-. Digamos que uno de mis gatos recibe el don del habla y del albatismo y encuentra mis cuadernos de notas. Digamos que los publica tras mi muerte.
Mis fans se vuelven locos, mi editorial más, mi gato se hace oro porque se multiplican las posibilidades de mechandising.
Peeeeeroooo, es que un cuaderno de notas, o un esquema, o unas páginas arrancadas llenas de tachones no son parte de una obra. La obra es la obra. Un cuaderno de notas es ese sitio donde viertes todo lo que se te ha pasado por la cabeza. Es ese lugar secreto donde la protagonista se enamora del malo pero no lo pones en la obra final porque no hay quien se lo trague. Es el sitio donde haces dibujitos, donde te preguntas cosas y algunas veces anotas la lista de la compra porque era el papel que tenías más a mano.
Un esquema es un esqueleto. Y los esqueletos de los libros a veces tienen muchas manos, o dos culos, o carecen de espinazo.
Está feo sacar esas cosas a la luz. Eso es la intimidad del autor, los refajos de la obra. Creo que lo decía Pilar Coixet. Que les arranquen los ojos a quienes ven los hilos de lasmarionetas. Yo lo suscribo: que les arranquen los ojos y las manos a los que destripan la magia, a los que roban la intimidad de la autoría.
Esto sí son derechos de autor, para que se respete esto sí hay que pelear.
¿Tenemos derecho a conocer los procesos creativos de nuestros autores favoritos? Sí, lo tenemos. Pero no tenemos derecho a descoserles la mortaja para ver cómo se pudrieron. 
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