La tiranía de la felicidad

por Alicia Pérez Gil

Ilustración by Zurel



La comunicación escrita es una chufa. Se hace lo que se puede, claro, pero no suele ser suficiente. Una le da vueltas a las palabras, a las frases, a la puntuación, trata de que el significado quede claro y por lo general consigue menos de la mitad de lo que pretendía.
Por ejemplo, en un día malo, en un día malo de arrrancar, una escribe justo eso: que tiene un día malo, que se encuentra fatal, que a la vida se le ha escapado el sentido por el sumidero, que no entiende por qué se levanta por las mañanas si lo que hace se resume en una rueda gigantesca de hamster, que le sobra la sangre de las venas, que con gusto repartiría los días que le quedan.
No suele funcionar. Lo que obtengo cuando hago esas afirmaciones son palabras de consuelo. Tiendo a creer que palabras sinceras de consuelo, consejos para mirar las cosas de forma positiva, exhortaciones a la sonrisa agradecida y un montón de zarandajas varias que agradezco honestamente pero que no me ayudan nada.
No sé a los demás, pero cuando yo caigo en un agujero de gusano, negro como la pez, lo que necesito es que los demás me muestren compasión. Egoísta hasta límites insospechados, lo sé. Compasión entendida como pasión compartida. Quiero que los demás entiendan y sientan como yo al menos durante el rato que estoy mal.
Afortunadamente los agujeros esos son como las madrigueras de conejo: terminan. Y cuando se sale de una madriguera de conejo el país de las maravillas parece soleado y alegre. Ojo, eso no quiere decir que a esta Alicia se le olvide cómo ha llegado el sol a amanecer ni lo de noche que parecía mientras resbalaba por el cuchitril terroso del roedor.
Pero mientras practicas la caída libre, rodeada de oscuridad, con el corazón encogido, el espíritu emponzoñado de tristeza y el cerebro recitando fragmentos existencilistas franceses de memoria –en español, sigo sin hablar una palabra de francés-, lo que quieres es que se te reconozca el derecho a eso.
La felicidad ya no es un estado al que aspirar, es una forma de tiranía: estás vivo, sé feliz, eres guapa e inteligente, sé feliz, eres creativa, sé feliz, comes a diario, sé feliz, tu familia te quiere, sé feliz, vives con un tío encantador, sé feliz.
No basta estar viva, ser guapa, inteligente, creativa, amada y divertida. No. Además hay que ser feliz.
Parece que la tristeza ofende, que la ira ofende, que la avaricia ofende, que la ambición ofende y la impotencia, y la indignación, y todo lo que no son sonrisas, emoticonos con paréntesis que se cierran y mensajes de ánimo.
Yo quiero estar triste cuando estoy triste. Sin miedo a que mi tristeza se convierta en pandemia, que es con lo que me amenazan de vez en cuando. Sé feliz porque de tu felicidad depende la mía. Pues mi felicidad depende en ocasiones de mi capacidad para reconocerla como un estado de ánimo y no como una estación de destino.
Las emociones nos convierten en quienes somos y convierten el paisaje en el que nos movemos en un universo acuático de colores y texturas cambiantes. Un rango amplio de emociones nos permite conocer a nuestro prójimo y comprenderle, nos permite escribir personajes más ricos, más creíbles, más redondos, más humanos.
Un estado de felicidad impasible nos llevaría al mismo sitio que una carencia absoluta de emociones. Soy humana porque río y porque lloro. Reconozco la belleza y reconozco la fealdad. Y me siento más cercana de unas frecuencias que de otras, claro, pero creo que he pasado con mayor o menor intensidad por todas ellas alguna vez.
En estos tiempos que corren necesitamos la risa. Sí. Y necesitamos el llanto y necesitamos la ira.


Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, 
y más la piedra dura porque esa ya no siente, 
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, 
ni mayor pesadumbre que la vida consciente. 

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, 
y el temor de haber sido y un futuro terror… 
Y el espanto seguro de estar mañana muerto, 
y sufrir por la vida y por la sombra y por 

lo que no conocemos y apenas sospechamos, 
y la carne que tienta con sus frescos racimos, 
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, 

¡y no saber adónde vamos, 
ni de dónde venimos!…

Rubén Darío
Defender la alegría como una trinchera 
defenderla del escándalo y la rutina 
de la miseria y los miserables 
de las ausencias transitorias 
y las definitivas 

defender la alegría como un principio 
defenderla del pasmo y las pesadillas 
de los neutrales y de los neutrones 
de las dulces infamias 
y los graves diagnósticos 

defender la alegría como una bandera 
defenderla del rayo y la melancolía 
de los ingenuos y de los canallas 
de la retórica y los paros cardiacos 
de las endemias y las academias 

defender la alegría como un destino 
defenderla del fuego y de los bomberos 
de los suicidas y los homicidas 
de las vacaciones y del agobio 
de la obligación de estar alegres 

defender la alegría como una certeza 
defenderla del óxido y la roña 
de la famosa pátina del tiempo 
del relente y del oportunismo 
de los proxenetas de la risa 

defender la alegría como un derecho 
defenderla de dios y del invierno 
de las mayúsculas y de la muerte 
de los apellidos y las lástimas 
del azar 
y también de la alegría.
Mario Benedetti
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