García Márquez y Pop-eye. Mitos y mitones

por Alicia Pérez Gil







No es oro todo lo que reluce.
Para empezar, ni las espinacas dan una fuerza sobrehumana, ni el Gabo nació con estrella. De Pop-eye todos sabemos que es un personaje de dibujos animados. Alguno también sabemos que es la creación de unos publicistas excepcionales a los que se encargó que dieran salida a un excedente de espinacas tan brutal como el excedente de uva que había en España cuando se instauró la tradición de tomar doce para celebrar el año nuevo.
Gabriel García Márquez no nació con Cien años de soledad impreso en el bulbo raquídeo, creo. Nació en 1927 y sus padres le dejaron al cuidado de sus abuelos. Al parecer los abuelos eran buena gente. Resulta difícil asegurarlo, porque los datos que nos llegan el respecto nos los da el mismo señor García Márquez y ya se sabe que uno tiende a fabular.
La cuestión es que el señor que a los cuarenta años mostró Macondo al mundo vivió alejado de sus padres durante sus primeros ocho años de vida, fue educado por un señor que le llevaba al circo una vez al año y por una señora que le concedía la misma entidad a los fantasmas que a las personas de carne y hueso. A los ocho años perdió a su abuelo.
Un niño prácticamente huérfano, de una sensibilidad extrema, diría, que se queda solo por segunda vez antes de los diez años, que debe abandonar a su abuela porque tras la muerte del abuelo se lo llevan con sus padres. Estudia derecho, abandona la carrera, comienza a estudiar periodismo, decide escribir con el estilo que esa abuela abandonada usaba para contarle historias extraordinarias.
No me quiero imaginar la vida de este hombre. Pop-eye se casa con Olivia, tiene un hijo al que llaman Cocoliso y un enemigo gordo y barbudo, tangible, simple como su propia vida. García Márquez se enfrenta a la soledad infantil, a la confusión de no saber si sus padres le quieren o no, a la sospecha de que no.
Yo no sé cómo vivió este hombre su infancia, su adolescencia ni sus inicios en el periodismo, pero imagino que para él no fueron épocas fáciles. Desde luego, no iba por la vida con la conciencia de que a los cuarenta publicaría un best seller. Me atrevo a pensar que García Márquez dudó.
Dudaría sobre su futuro literario, sobre la calidad de su obra. Dudaría sobre su ego inflado en los momentos en los que la lectura de sus escritos le procurase satisfacción. Dudaría sobre su mediocridad cuando escribiese párrafos mediocres. Dudaría sobre si merecía la pena el esfuerzo.
Dudó, estoy segura, pero continuó escribiendo.
Pop-eye no duda nunca. Pop-eye sabe lo que le espera en su bote de espinacas, sabe que su mujer flacucha, su hijo calvo y su amigo regordete dependen de él, que él depende de las espinacas y que siempre habrá espinacas a mano para solucionarle la papeleta.
Contra sus dudas, García Márquez sólo pudo oponer perseverancia, tozudez y ciertas dosis de confianza en sí mismo y en lo que hacía. No sé cómo andaba de amistades, pero seré optimista y diré que también podía oponerles a las dudas aquellas amistades de las que lo desconozco todo pero que le apoyarían mediante lecturas críticas o sólo por medio de la fe.
A mí me molesta en ocasiones ver cómo algunos autores se laurean a sí mismos. Me molesta especialmente cuando he leído algo escrito por ellos y me ha parecido de calidad cuestionable. Sin embargo hoy me voy a poner de su parte. Al menos de una manera tibia.
Porque el primero que tiene que estar dispuesto a estar de su lado es uno mismo. Con humildad, sí, pero con el orgullo suficiente. Humildad para aceptar las críticas y orgullo y coraje para exponerse a ellas. Humildad para reconocer los errores y orgullo para defender los aciertos.
Y porque, se me ocurre, quizá el laurel onanista sea también una forma de perseverancia.


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