Emily Brontë y Barbie – Hambre de más.

por Alicia Pérez Gil




No se escribe igual a los veinte años que a los treinta. Ni se parece en nada lo que una escribe a los treinta que a los cuarenta. No sólo porque los intereses cambian, sino porque también cambian las personas. Por ejemplo: ya he dicho en ocasiones anteriores que yo empecé a escribir mi diario a los doce años, llevada por un sueño erótico que involucraba  Michael J. Fox; a los 20 escribía historias en las que asesinaba sin piedad a las chicas que se liaban con los chicos que me gustaban; a los treinta escribía la novela del siglo XXI y ya veremos, dentro de cinco o diez años, lo que escribo ahora.
Emily Brontë creó junto a sus hermanas (su hermano participó poco) un reino imaginario para el que inventaron leyes, un sistema político, una familia real, tramas, personajes y creo que incluso un idioma. De hecho, la personalidad dominante de Emily llevó a una de sus hermanas a fundar un nuevo reino y entonces la labor creativa, y me atrevo a imaginar que la diversión y la competencia, se duplicaron. A los 27 publicó un poemario, también junto con sus hermanas. A los 28 publicó Cumbres Borrascosas.
Igual que Barbie, esa alta y delgada mujer rubia de pecho firme, cintura de avispa y tacones que no le maltratan los gemelos, Emily, una mujer morena, menuda, a menudo descrita como poco agraciada e incluso fea, deja de cambiar a los treinta años. Muere. Y con ella mueren sus obras literarias de madurez. La penúltima de las Brontë ya no escribirá a los 35 años, ni a los cuarenta, ni a los cincuenta.
A los 28 dejó para la posteridad un buen ejemplo de la corriente de poder femenina que aún hoy asola nuestras filas. Sí, chicas: Si Barbie se inyecta silicona y luce modelos de infarto vista de azafata, de médico o de patinadora, su antecesora, Emily, también alteraba su cuerpo y su salud para conseguir sus propósitos.
Tanto en la realidad como en la ficción, Emily Brontë –las tres hermanas, de hecho, quizá Anne menos que las otras- aprendió que, si dejaba de comer, obtendría sus propósitos. Así lo hizo cada vez que la obligaron a dejar su casa. En los colegios en los que trabajó la invitaron a marcharse debido a su precario estado de salud, provocado por la privación voluntaria de comida. En más de tres y de cuatro ocasiones.
Si hubiese asistido al éxito de su novela quizá hubiera cambiado sus hábitos. Quizá hubiese encontrado una manera nueva de imponer su voluntad. Quizá hubiese salido de su situación financiera inestable y por tanto hubiese podido abandonar definitivamente los empleos en los que se desgastaba. Como Barbie. Quizá si Barbie encontrase un cirujano que le redujese la talla de sujetador y le quitase el botox de la sonrisa, conseguiría que alguno de sus empleadores se la tomase en serio y así la pobre no tendría un currículum tan errático.
Es curioso lo de estas dos mujeres. De Emily se dice que mostraba modales bruscos, incluso antipáticos. Los hombres a los que se dirigió una vez desechado su seudónimo masculino no la respetaban. Su novela fue catalogada de amoral, los críticos no supieron qué hacer con ella debido a su estructura inusual y a las características de sus personajes.
Emily no era una mujer de su época. Desde luego carecía de atractivo físico y hay quien dice que, igualito que Sheldon Cooper, padecía síndrome de Asperger; lo que explica su timidez enfermiza, su asocialidad, su necesidad de una rutina que la mantuviese anclada al suelo y calmada. Tanta necesidad de orden tenía que lo último que hizo antes de morir fue pedir ayuda a sus hermanas para continuar con sus deberes domésticos. Estaba tejiendo cuando una de las agujas se le resbaló, pero su debilidad extrema no la permitió alcanzarla, así que gritó para que alguien la recogiese. Horas después dejó de respirar.
Barbie tiene muchos amigos y sabemos que practica todo tipo de deporte. Seguro que es la reina de todas las reuniones sociales a las que asiste, seguro que por donde pasa, los hombres se vuelven a mirarla… a ella, a sus vestidos rosas, a su melena platino, a su escote. Pero me pregunto qué dirían si les plantease la publicación de una novela amoral, políticamente incorrecta que cuestionase los valores de la sociedad actual. No sé, una novela comunista, por ejemplo.
Me pregunto qué pasaría en ese caso, si entre Barbie y Emily se apreciarían más diferencias o más semejanzas.
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