Monstruos

por Alicia Pérez Gil

monstruo.
(Del lat. monstrum, con infl. de monstruoso).
1. m. Producción contra el orden regular de la naturaleza.
2. m. Ser fantástico que causa espanto.
3. m. Cosa excesivamente grande o extraordinaria en cualquier línea.
4. m. Persona o cosa muy fea.
5. m. Persona muy cruel y perversa.

La RAE da otras dos acepciones, pero no me interesan. Me quedo con la 1, 2 y 4 y aprovecho para decir, antes de empezar con la entrada, que estos monstruos, que no son literarios pero viven en la literatura, me dan mucho miedo. Cuando los encuentro en un libro que hojeo, lo cierro rauda y veloz y procuro no volver a abrirlo jamás. Cierto que esto obedece a un prejuicio personal y que es posible que me pierda por ello alguna historia que merezca la pena. Asumo el riesgo. Igual que si le doy calabazas al tío más feo del bar  asumo el riesgo de que sea divertido, encantador, buen amante y millonario.
Los prejuicios es lo que tienen. Y aquel de vosotros que no se deje manipular por algún prejuicio, que se lo tatúe en la palma de la mano y se lo muestre a San Pedro después de muerto, porque fijo que le ponen en la zona VIP del cielo.
Monstruo Nº1: Cosas que brotan.

En escritos que pretenden ser literatura de la buena, buena, abundan las lágrimas que brotan, los sentimientos que brotan y a veces, como por error, las flores también brotan. Perdono a los manantiales que brotan si el contexto lo justifica, pero advierto desde ya que no hay muchos contextos de esos.

Vamos a ver: la gente llora. Si en un texto decente alguien llora debe de ser, se me ocurre, que hay alguna emoción que provoca esas lágrimas. Se llora de alegría, de tristeza, de frustración, de miedo. Seguro que de muchas más cosas.

Queridos amigos escritores: pongamos la atención en la emoción, centrémonos en lo que importa. Porque, si tienes a una niña que se ha caído de la bici y que llora, no por la herida de la rodilla, sino porque está aprendiendo sola en lugar de guiada por su padre recién muerto en un accidente de patinaje artístico, la cosa ya es lo bastante horrorosa como para amenizarla con un: las lágrimas brotaron de los ojos de la niña.

La niña se siente sola, pues a por la soledad. Se siente desafortunada, pues a por el infortunio. Le duele la rodilla, pues a por el dolor. Y no nos olvidemos que las lágrimas caen siempre desde los ojos, nunca de las axilas, de los pies o de ninguna otra parte, salvo que el recorrido iniciado en los ojos las haya llevado hasta allí primero.

Así que la niña, una vez en el suelo, con la rodilla abierta, lloró; pero su padre tampoco estaba para enjugar las lágrimas que rodaron por su rostro con mucha más destreza que ella sobre la bici. Y es que esta niña tenía mucha más experiencia en lloros que en juegos.
Queda más desolador que la gallina Coco- Gua gua y nada brota de ningún sitio.

Sentimientos que brotan del corazón. Aunque desde ya os digo que el corazón merece apartado monstruil a parte. Nadie, bajo ningún concepto, debería escribir jamás la palabra corazón salvo si la obra es de terror o de médicos y la víscera en cuestión aparece arrancada, seccionada o trasplantada.

Alejandro Sanz, la literatura romántica y las películas de sobremesa han hecho mucho daño, mucho. Pero estamos en el siglo XXI y hay que aceptar que los sentimientos se producen en el cerebro, que las emociones se pueden racionalizar y explicar y que las palabras son finitas, sí, pero muy numerosas. Ejemplo antiguo pero no superado: Que se me paren los pulsos si te dejo de querer. Que las campanas me doblen si te falto alguna vez.

Ni una mención al corazón, ni al amor que le brotaba a nadie de ninguna parte. Dejemos el corazón en paz, por amor de Dios.

Monstruo Nº 2: olores que emanan

Es menos grave emanar que brotar, lo reconozco. Sin embargo a mí me causa unos ataques de urticaria atroces. Y es que pocas veces me parece necesario cargar las tintas en el olor. El olor que emana es el sujeto de la emanación. Y es probable que el autor que usa el verbo emanar quiera, bien dejar patente que el olor en cuestión provocaba algo en alguien, o bien que ese mismo olor caracterizaba de alguna manera a alguien.

O sea, que un olor repugnante emanaba del abrigo, debe de querer decir que aquel abrigo olía como si su dueño no lo hubiera lavado en doce años o que quien lo huele siente un ascazo de no contarlo.

Sucede en ocasiones que emanar es una palabra que se usa poco. Y que algunos autores creen que sus textos serán más literarios si usan palabras poco frecuentes. Pero ¡No! La literatura no es un cuerpo de rescate de palabras en desuso, señoras y señores.

Para aquellos de ustedes que consideren que su labor como autores es emocionar, sepan que emanar y brotar no emocionan nada, sino que nos llevan a clichés, a lugares comunes. Y nada hay menos emocionante que un cliché vacío.

De esto ya se hablaba hace siglos, cuando alguien inventó el cuento en el que un padre les pedía a sus tres hijas que le describieran cuánto le amaban y la hija que más le quería le dijo que no conocía palabras tan hermosas como las de sus hermanas, pero que ella le quería tanto como el pan a la sal. Comed pan sin sal y sabréis cuánto amor es ese. Sin corazones, sin brotes, sin emanaciones…

La emoción es el motor no sólo de la literatura, sino del mundo. Y por ello debemos acudir a emociones reales, no a sucedáneos baratos. La mayor parte de las veces lo más sencillo es lo más efectivo. Así que seamos sencillos, seamos precisos, seamos inteligentes y emocionemos.

Al final los lectores son inteligentes y saben lo que quieren. Quieren llorar o reir o pasar miedo. Y es nuestra obligación proporcionarles alegría o drama o terror. Pero de los de verdad. Y para escribir de verdad, lo mismo que para actuar de verdad, hay que recurrir a emociones reales. No vale escribir “como si”. No vale juntar las palabras típicas de una novela de fantasía épica y decir que hemos escrito una. La épica requiere de mucha emoción, de valores que todos somos capaces de reconocer y que no están tras adjetivos como aguerrido, noble, brillante armadura…

Busquemos, compañeros. Llenemos nuestra cestita de tesoros, que el lenguaje está lleno de ellos, y cuando esté bien llena, construyamos palacios y chozas de palabras.

En otras palabras: leamos. Leamos mucho y leamos bien. No sólo a los clásicos, sino también nuestros propios textos. Y cuando aparezca uno de estos monstruos (o cualquier otro), tiremos de la cadena y que se ahogue.

No merece otra cosa.
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