Villano bueno, villano muerto

por Alicia Pérez Gil





Sin un buen villano, un héroe importa entre poco y nada. Un villano debe suponer un peligro y, sobre todo, un reto. Un buen villano debe, según mi criterio, ganarse el odio del lector. O al menos el miedo. Y, si no se ha ganado ninguna de las dos cosas, si el villano cae bien pero debe ser vencido, al menos debe estar justificada la causa de su derrota.
Es que hace dos días que he visto Los Vengadores y me ha pasado lo de siempre. Que se me cae la peli por culpa de los malos. Ya sé que hay buenérrimos comics que lo explican todo o casi todo, pero yo hablo de la película, que es lo que he visto. Y extrapolo un poco, en aras de la reflexión a la hora de crear villanos, que es un asunto muy serio y muy difícil, no vayamos a engañarnos.
Bueno, a ello.
Un villano sin causa no tiene por qué ser un mal villano. Por ejemplo, en “Érase una vez”, la Reina Malvada era una malísima sin causa y a mí no me hacía falta trasfondo ninguno. Era mala, pero mala de atar. Mala como la basura, el mal aliento y el estreñimiento… mala. Y no había motivo alguno, hasta que en la segunda temporada te cuentan un cuento del que nadie sabía nada. Prescindamos del cuento ¿Por qué funcionaba esta mala malísima? Porque era inteligente y bella, porque siempre iba un paso por delante de la heroína, porque lo tenía todo atado y bien atado. Porque a mí, como espectadora, me preocupaba DE VERDAD que los buenos no ganaran.
Loki… Loki tiene un ejército de extraterrestres, tiene un trasfondo (sic) marcado por los celos de su hermano Thor (dejamos de lado que está Thor como para encelarse…) y tiene mil y una oportunidades para redimirse. Pero es que ya sabemos que las malvadas ambiciones de Loki han sido implantadas en su cerebro de dios a vapulear por Hulk, por una gente que le ha engañado ¿Qué podemos esperar de un villano nacido de una mentira que se ha tragado como píldora con azúcar? Pues lo que nos da Loki: una especia de road movie en la que lo único que no sabe el espectador es en qué orden va a recibir los mamporros.
Hay pocos malos decentes. Y es que tengo la impresión de que las aventuras son escritas por hombres y mujeres que se enamoran de sus héroes, en cuyo caso los villanos no son más que excusas para el lucimiento de aquellos; o se enamoran de sus villanos. Este segundo caso es el qué menos me gusta. Porque yo soy muy de enamorarme de canallas, está clarísimo.
¿Qué sucede cuando un autor se enamora de su villano? Pues que lo hace invencible: gesta un villano poderoso, con trasfondo, inteligente, con carisma… Por ejemplo, Magneto. Magneto es mi villano favorito. Lo tiene todo, incluso la razón. Porque, seamos honestos, si los humanos nos ponemos a perseguir mutantes igual que en su tiempo perseguimos africanos, brujas, etc, lo suyo es que los mutantes se defiendan. Lo que pasa es que no estamos preparados para los finales en los que no vence la virtud.
Imagino que no sería fácil mantener las ventas de la Patrulla X si Magneto se los cargara a todos a la primera de cambio. Y en creación también nos movemos según los patrones del éxito. Por eso Voldemort suelta aveda kedabras a mansalva y los Potterofilos no se atreven (es una maldición que mata). Los buenos van lastrados con la bondad mientras que los malos… pues son malos. Y si los malos ganan, lo mismo los lectores lo pillan…
Total, que el autor se las apaña para crear un Magneto decente Y ¿con qué se encuentra? Pues se encuentra con que lo tiene que matar, o al menos lo tiene que contener. Como si fuera tan sencillo. Es una pena, porque estos malos que se merecen dominar el mundo, al final son derrotados por olvidos inexcusables, errores de segundones lamentables, golpes de suerte o artefactos mágicos.
Así que ¿Qué hay que hacer? Relativizar, como en la vida misma. Nuestros héroes y nuestros villanos deberían nacer con fortalezas y debilidades de serie. Y, sí, con el famoso trasfondo ese, la historia que justifica su tendencia a la villanía, su fortaleza y su debilidad.  O sea, trabajarse al malo igual que se trabaja uno al bueno. Mucho laborar y menos orar, como si dijéramos…


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