Treinta monedas de plata:

por Alicia Pérez Gil

¿Cuánto vale tu obra?

¡Ojo!  No me refiero a cuánto quieres que pague el lector por ella, sino a cuánto estás dispuesto a invertir tú mismo. De acuerdo: ya has trabajado lo suyo mientras la pensabas, la planeabas, te documentabas, la escribías, la corregías, la mandabas a alguna editorial convencional -o no- y por fin la has colgado en, pongamos, Amazon.  Sí, todo eso es mucha inversión inicial.
Pero ahí la tienes, sola, con los ojos abiertos como una lechuza, las páginas temblonas, la portada que tirita de inseguridad y un montón de obras tan buenas como ella o mejores, armadas de reclamos mil para quedarse con toda la atención de los lectores-compradores y conseguir así que la tuya permanezca en el anonimato. Sin acritud: las demás no tienen nada en tu contra. Tu hundimiento en lo más bajo de las listas es sólo un daño colateral.
Así que, repito: ¿Cuánto vale tu obra? ¿Cuánto estás dispuesto a pagar para que salga de ese agujero? ¿Cuánto de ti estás dispuesto a dar?
Por lo que leo en las redes muy pocos están dispuestos a muy poca cosa. Se ven razones de todos los pelajes para no mover un dedo o para moverlo muy poco: Es que spamear está feo; es que no creo que la función sea otra que la de escribir; es que cazar a los lectores uno a uno, como a lazo, no me parece eficiente, es que tengo orgullo de autor.
Todas ellas son excusas perfectas, muy válidas. Todas ellas forman parte de la ideología -o de la ausencia de ideología. de los autores que las esgrimen. A mí me vais a permitir que lea- con una gran cantidad de posibilidades de meter la pata, como siempre.- un poco más allá.
Spamear está feo. ¡Vaya falta de imaginación esconde ese axioma! Spamear está muy feo, cierto, pero la publicidad ingeniosa es como un oasis en medio de un desierto ¿O es que nadie se ha encontrado nunca deseando que lleguen los anuncios que interrumpan una emisión tediosa? No hagas spam. Dale una vuelta a lo que quieras vender, piensa cómo quieres venderlo y a quien y haz algo creativo. Vamos a ver ¿no has escrito un libro? Pues exprime un poco más tus meninges y escribe una manera de venderlo.
La función del autor. Bueno, sobre esto no tengo mucho que decir. No creo que el autor, esa entelequia, tenga una función. El autor ha escrito. Esto debería ser innegable, si no no habría un autor. Ahora su siguiente paso lo decide él, no un decálogo grabado en piedra. Si quiere que su obra se lea puede publicitarla él mismo, dejarla en manos de otros para que hagan lo propio o abandonarla y esperar que críe sola. Allá cada uno con sus preferencias. Eso sí, si dejas la obra sola a merced del mercado, atente a las consecuencias. Es como si un agricultor se dedicase por entero al proceso que va desde la siembra hasta la cosecha y, una vez, recogido el trigo, lo dejase en su granero sin ver cómo venderlo. O en un granero comunitario, a la vista de todo el mundo, pero sin levantar siquiera la voz para decir que ahí está él.
Cazar a los lectores uno a uno no es eficiente ¡Claro que no! Lo mejor es pescarlos con redes de arraastre; porque, salvo que uno se dedique a géneros muy determinados, en esto de la lectura no sólo no hay pezqueñines sino que cuanto antes empiecen los peques a leer, mejor. Lo ideal es diseñar una estrategia de venta que afecte a la mayor cantidad de público posible. Dado que somos chupatintas y no expertos en marketing, sospecho que esto no se nos va a lograr a la primera. Pero, oye, lo mismo tenemos la suerte de percas a uno os dos individuos despistados. ¿Qué hacemos en ese caso? ¿Les dejamos ir? ¿No habrá que darles lo que necesitan? Al fin y al cabo dos lectores son más que cero, y ¿Quién sabe?, lo mismo son seres sociables que recomiendan nuestro producto. Habrá que cambiar la estrategia de venta, claro, pero no vamos a tirar de nuevo al mar lo pescado sólo porque no es tanto como esperábamos, digo yo.
A los del orgullo de autor no tengo nada que decirles. Con su pan se lo coman. Si su orgullo les impide vender su obra es que no deben de estar muy orgullosos de ella.
Vale, todo esto lleva una cantidad de trabajo inenarrable. Ya sólo bajarse del pedestal literario, con lo bien que se ve todo desde ahí, con sus orejeras, su cristal deformante y todo lo demás, para leer algún artículo sobre cómo ser un buen comercial en la red, tiene lo suyo. La cantidad de tiempo que requiere una presencia continuada y efectiva en las redes es atroz. Atroz, en serio. Y el diseño y puesta en marcha de una campaña de venta por internet es más costoso que escribir el propio libro. Pero es la medida de todos estos trabajos adicionales, similares a los de Hércules, lo que te da la medida del valor real que tu obra tiene para ti.
Al final, una novela es como una pareja: te exige algunos sacrificios, pero te ofrece innegables recompensas.
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