El color Púrpura

por Alicia Pérez Gil

FEAT-ESCRIBIR

A veces las cosas se ponen de tu parte. Suele ocurrir cuando, como hace unas horas, te pones muy seria y programas la alarma del móvil para 120 minutos después. Mientras lo haces te dices que más te vale haber ido al baño y haber bebido agua. Y mucho mejor si ha sido en el orden inverso, porque no te vas a levantar de ese asiento hasta que suene la campanita. Y nada de trampas, que las cosas no se escriben solas.

Esta mañana la primera frase de esta entrada empezaba con la ganadora de mi concurso a palabra del día. Se presentaban como favoritas desesperación y frustración. Me alegro de haber esperado 13 horas para escribir esto, porque lo que tengo que decir en este momento no se parece en nada a lo que tenía que decir en ese otro. Y me gusta.

Esta mañana sabía que lo que escribí ayer, las 36 páginas en las que llevaba una semana trabajando, contenían todo lo que un buen relato debe contener. Y muchas cosas de más. También sabía que estaba más vacío que  una calabaza por difuntos. Me he acercado a la oficina agobiada, desconfiando de mi talento, de mi suerte, de mi capacidad para remontar. Desconfiaba de todo lo desconfiable.

Es feo, feo, feo, leer un texto propio y que te deje frío. A mí me provoca una sensación similar a la que deben de sentir esas personas que no soportan el ruido de unas cuchillas que chirrían en una pizarra. Es como enfrentarse a la guía telefónica o a los apuntes de derecho administrativo. Con la diferencia de que lo has escrito tú y ni es una lista de nombres y números, ni una de leyes incomprensibles. Coges tus páginas, vas desgranando las frases, lees palabras como miedo o deseo o pasión. Lees que tu protagonista es un chaval brillante, inteligente, querido por todos y te da la impresión de que aquello es un historial médico. A-S-E-P-S-I-A

Dejas tus folios recién impresos sobre la mesa, los miras de reojo desde lejos y piensas que vaya planazo. Piensas que se te ha debido de caer el alma según salías del metro porque eso que has escrito aburre a las piedras. Es perfecto, eso sí. Como salido de un manual de gramática. Y a nadie le va a importar ni tanto así porque ningún lector humano va a pasar de la tercera línea. De los droides no sabría qué decir.

Entonces dices que no te vas a rendir. Que verdes las han segado, señoras y señores. Que tú has escrito cosas que merecían la pena y que lo mismo se te ha escapado algo. Haces memoria. Esto es muy importante: hay que hacer memoria porque si no uno no se acuerda. Y hay que recordar: ¿A ti que libro te tocó la patatuela -ya sabemos que yo no digo corazón- por última vez? Y como la última vez no me sirve por motivos personales y no transferibles, le pido a mi memoria, con mucha amabilidad, que se esfuerce un poco más y me traiga al libro que me emocionó durante más tiempo.

¡Bingo! El del título. Que no sé cómo mi madre me dejó leer en el instituto. O sí, claro que lo sé. Mi madre tiene, equivocadas o no, las ideas muy claras y ni un pelo de tonta. La cosa es que lo leí y jamás he podido olvidar las primeras palabras. Luego Spielberg, con toda su parafernalia lacrimógena, que me gusta mucho, no os vayáis a creer, me dio el famoso “sólo si me muero dejaré de escribirte” y venga a sorber mocos hasta el final.

Hoy lo he leído de cabo a rabo y he llorado y he sonreído y me he sentido aliviada y me he enfadado y escandalizado.  Hoy he sido un piano y Alice Walker me ha tocado todas las teclas. Todas las teclas. Como una virtuosa. Y yo me he sentido abierta y esponjosa. No sé por qué. O sí. Lo único que se  me ocurre, y escribo esto con los ojos arrasados de lágrimas y alegría, es que a veces para dar hay que recibir; para vaciar hay que llenar.

Tras la lectura he puesto esa alarmita de reloj, me he quitado la gabardina de la gramática y… bueno, ya leeréis el resultado. Mecanografiado, eso sí. Porque el manuscrito original está en boli verde y no es recomendable ni para la autora.

Que se va a la cama muy contenta. A celebrarlo.

 

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