¡Método, señores, método!

por Alicia Pérez Gil

Harta de decirlo estoy: cada palabra que escribo, cada frase que construyo, cada párrafo compuesto, cada relato, me llevan a la misma conclusión. ¡Cuánto que aprender! Y concluyo con alegría, os lo aseguro. Imaginad lo terrible que sería amanecer una mañana con una idea en la cabeza, las herramientas para desarrollarla y la conciencia de que saldría bien a la primera ¡Vaya aburrimiento! ¿A que sí? ¿A que a todos os encanta leer vuestras obras y encontrar errores?
En serio, queridos lectores-no autores: lo mejor de la práctica literaria es la corrección. Y sé que parece irónico. De hecho es posible que esto se entienda como un ejercicio de sarcasmo, pero no: es la pura verdad. Porque ver un error cometido por ti mismo quiere decir que sabes algo que no sabías cuándo lo cometiste. O puede que estés más alerta. En cualquier caso quiere decir que usas del autoexamen y de la autocrítica.
Es genial tener una idea. Las ideas son como procesos químicos extraños. A mí suele pasarme que soy transportada (literalmente: voy en metro, autobús o tren) y entonces se me ocurre relacionar dos cosas en las que nunca había pensado a la vez. Por ejemplo, ovejas y fantasmas; o vampiros y montañas rusas; o posesiones e internados. Ese es el germen de la idea. La última va de darle la vuelta a la antigua creencia de que los fotógrafos robaban el alma…
Si tengo ocasión anoto la idea y paso a otra cosa. Qué se yo… los zapatos de quien se siente frente a mí. Me gusta mirar zapatos. De hecho, para aquellos que viváis en ciudades con metro, os lo recomiendo: mirad los zapatos de las personas y sacad vuestras conclusiones. Luego id ascendiendo. A veces se acierta tanto que da miedo. Otras veces se equivoca una tanto… Si no tengo la oportunidad de anotar nada, o me olvido de la idea o la elaboro mentalmente con la esperanza de que llegue hasta casa.
Y entonces, en casa –o en una cafetería, donde trabajo mucho más a gusto porque no tengo distracciones-, procedo con mi primer paso: escribo un resumen de la trama.
He asistido a talleres y cursos de escritura narrativa. Sí, una nace con cierta predisposición natural, con una madre lectora compulsiva y con ganas, pero a todo hay que aprender. Como diría Keating, “no siempre he sido la gigante literaria que tenéis ante vosotros” (Mejor no dejo pasar la oportunidad y aclaro que esto es una broma y un guiño a El Club de los poetas muertos.). En esos talleres literarios aprendí varios métodos infalibles para escribir un relato.
Ocurre con los métodos infalibles que son como las dietas: no son infalibles en todos los casos de la misma manera. Y estoy aquí para decir que, tras años empleando uno de esos métodos, resulta que me he dado cuenta de que a mí no me funciona. Es un método muy bueno, buenísimo. Cubre todas las necesidades del relato: hay que hacer un esquema en el que decidamos el narrador, el punto de vista, los personajes, los hechos, el plano simbólico, el tiempo, el espacio… Es un método tan bueno, que a mí me llevaba a pasar horas y horas enfrascada en el esquema. Tantas horas que casi nunca escribía el cuento. Los que escribí, además, son farragosos, están saturados de información, lentos… KK.
Mi método actual consiste en abrir mucho los ojos, cazar las ideas, resumir los hechos, escribir un boceto del relato –que no va a servirme de gran cosa, la verdad sea dicha-, y trabajar luego sobre ese boceto: rellenando huecos, tomando decisiones… Prácticamente hago lo mismo que me enseñaron a hacer, pero de un modo mucho más acorde con mi personalidad. Me enseñaron a juntar todos los materiales sobre la mesa antes de empezar a trabajar. Ahora empiezo a trabajar y luego acudo a la despensa a por lo que me falta. Luego corrijo.
En cualquier caso, sea el que sea, hay que tener un método. Hay que hacer las cosas de una manera lógica y ordenada. Hay que conocer cuáles son las propias reglas, las que nos funcionan a cada uno. Aunque solo sea para tirarlas a la basura de un manotazo. Porque, y seguro que todos estáis de acuerdo con esto, ni siquiera nuestro método patentado sirve para todas nuestras historias.
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