Construir la historia perfecta

por Alicia Pérez Gil

Cualquier persona, animal o cosa que pretenda contar una historia, no sólo debe ver Up!, de los estudios Pixar, debe estudiarla. El lenguaje literario y el cinematográfico son distintos, pero las historias se construyen con mimbres parecidos aquí y en la luna. Tampoco se trata de que et encante la película. No hay por qué. De hecho puedes detestarla si quieres, pero estúdiala.
En Up!, como en todo buen relato, no sobra nada. Todo lo que aparece cumple una función. Por supuesto, el globo inicial, el pájaro exótico de madera que aparece en la repisa de la chimenea y que luego resulta ser un pájaro hembra de verdad que además es un monstruo perseguido por el villano. La forma de los sillones, tan evocadora de la personalidad de los protagonistas, los errores mecánicos, los antideslizantes del bastón, el buzón. Todo tiene un cometido. Si en un plano se emplea más de un segundo en un objeto, es que aparecerá después… y será determinante.
Diréis que no se pueden escribir los cinco minutos iniciales ¿eran cinco o tres?, que Up! Soluciona una vida entera de amor, apuros económicos, sueños y felicidad con imágenes, sin palabras, y que los escritores usamos palabras. Tampoco disponemos de esa música atroz, manipuladora, que te pone a llorar en el fotograma cero (y doy gracias). Pero la idea sí podemos usarla: SIMPLEZA. No es la primera vez que digo esto, yo. Y me consta que soy yo quien lo digo. Yo, que no sé decir que sí ni que no con menos de diez palabras.
A nivel simbólico la peli tampoco tiene desperdicio: las dos caras del mismo anciano, los dos niños exploradores, el hijo sin padre, el padre sin hijo, el amo malo y el perro malo con el amo bueno y el perro bueno. Todo va en parejas. Hasta el pollo de verdad y el pollo de madera. La casa con la que carga, el pasado al que sen debe renunciar porque entorpece el presente y el futuro.  Matrioskas y espejos.
Es verdad que la historia del niño me llega menos. A cambio me entusiasma el perro tonto, que es el mismo niño tonto y el mismo anciano que fue niño tonto a su vez: “Me he escondido debajo del porche porque te quiero”. Misma escena que cuando aparece el niño gordo al principio. Escenario perfecto para rechazar una emoción primero y aceptarla después: el maestro aparece cuando el alumno está preparado.
Una historia de aprendizaje, de crecimiento interior muy poco encubierta y que funciona de maravilla porque golpea una y otra vez, aunque con intensidades diferentes, ese sitio del cerebro donde se registran las emociones: el miedo y la empatía.
Un ciclo del héroe con todas sus etapas: desde el destierro hasta la salvación de su propio pueblo (el niño) a través de la evolución personal. El anciano aprende. En un mundo de jóvenes para jóvenes donde envejecer es pecado y se evita hasta el infinito y más allá, Pixar nos da un héroe en el fin de su vida, un ser humano que lo ha perdido todo, que jamás tuvo dinero, y nos dice que incluso en esa circunstancia se puede empezar de nuevo.
Una de las pocas veces en, los últimos años, que he visto los hilos y aún así he disfrutado de las marionetas.
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