Ideología literaria: ¿Por qué y cómo vendo libros?

por Alicia Pérez Gil

La mía, claro.
Y ojalá fuera transferible, pero me temo que el corto plazo no lo permite.

1.- Creo que toda forma de cultura debe ser asequible para todo el mundo.

Creo que hoy en día no todo el mundo está interesado en enriquecer su ¿inteligencia?¿su espíritu? Por varios motivos:
– Hay necesidades más acuciantes que necesitan ser satisfechas antes que las intelectuales.
– No estamos educados para valorar la cultura porque no estamos educados para valorar sus beneficios.
2.- Creo que los autores debemos cobrar un precio justo por nuestro trabajo para poder seguir trabajando.

Es cierto, si los autores, los artistas, no son profesionales, es posible que la literatura, que el arte, sufra un menoscabo en su calidad. Sin embargo, esto no quiere decir que los derechos de autor, tal como se entienden en este momento, sean un derecho legítimo e incontestable de los autores. Por el contrario, que los autores deban cobrar un precio justo por su trabajo sólo significa que:
Lo que en ningún caso puede pretender un autor, ni nadie en realidad, es cobrar por la misma cosa dos veces o más.
Se me ocurren varios modelos de venta de una obra: se puede vender la totalidad o se puede vender la reproducción. En caso de vender los derechos de reproducción y comercialización, puedes pactar un precio alzado por un número imaginario de ejemplares que se calcula que se venderán, o puedes pactar un precio por ejemplar vendido (lo que viene a ser trabajar a comisión).
Al final es todo una cuestión de riesgo. Si vendes la obra en su totalidad por un precio fijo y es un fracaso, ganas tú. Si es un éxito, gana quien te la compró. Si la vendes directamente al lector final por el precio que decidas, ganamos todos.
No habría que olvidar que el precio inicial pactado le pareció al autor, a priori, suficiente,  así que el pataleo por el enriquecimiento ajeno debería quedar fuera de la ecuación. Esto, por otra parte, es algo que no debemos aprender sólo los autores, sino todos en general.
Cuando pagamos 80€ por unas zapatillas y estamos felices porque son preciosas, exactamente las que queríamos, nos sientan genial y son comodísimas, las enseñamos por todas partes. Entonces llega alguien con un par igual que el nuestro y nos informa de que sólo le han costado 50€. Con esa declaración se va nuestro buen humor. De alguna manera nos sentimos tontos y estafados porque creemos que podríamos haber conseguido un trato mejor. Se nos olvida que cuendo entregamos nuestros 80€ y recibimos nuestras zapatillas se nos olvidó que estuvimos de acuerdo en pagar ese precio a cambio de ese producto.
El vendedor de zapatillas a 50 ha decidido que el margen de beneficio que quiere obtener por su producto es 20. El que vende a 80 quiere un beneficio de 50. Cada uno de ellos obtiene el margen que se ha propuesto. Cada uno habrá establecido su propia estrategia de ventas, también.
Yo, como autora, debo establecer qué beneficio quiero obtener de mi obra y cuándo. Debo determinar si quiero un beneficio dilatado en el tiempo o si quiero un buen pellizco al principio y olvidarme; o si quiero otra cosa.
Mi ideario particular elimina algunas fórmulas y beneficia otras, en mi caso particular.
Todo esto sin olvidar que debo valorar la posibilidad de que mi obra no se venda en absoluto o que se venda menos de lo que necesito para obtener el beneficio que deseo. Si eso sucede debo estar preparada para hacer cambios. Debo poder cambiar mi modelo de negocio, debo estar dispuesta a obtener un beneficio menor y debo estar dispuesta a cambiar de oficio. porque si no vendo ni una escoba a la primera, a la segunda ni a la décima, quizá sea buena idea dedicarme a algo que no me produzca unos niveles inabarcables de frustración.
Volvemos aquí al punto número 1:
1.- Creo que toda forma de cultura debe ser asequible para todo el mundo.

Y de este primer punto se derivan las decisiones que afectan al tipo de publicación de mis obras y del precio de las mismas.
Lamentablemente no puedo cambiar el mundo de un plumazo. Ni puedo, salvo que me nazca un valor del que en este momento carezco, comportarme como si el mundo ya fuera el que yo deseo. Tampoco puedo cambiar la conciencia de la gente y que de repente todos quieran leer, aprender, visitar museos y participar en tertulias de intercambio de ideas. Si pudiera, si mañana se me apareciese un genio y me concediese tres deseos, es posible que ese fuese uno de ellos.
Lo que, debido a mis circunstancias personales sí puedo hacer, es dividir mi obra en dos, regalar la mitad y vender la otra mitad muy muy barata (tanto como 0,89€ unidad).
Esto me obliga a trabajar el doble y a recoger muy poco beneficio económico. Estoy dispuesta a ello. Porque creo que:

– quien lee gratis, antes o después contribuirá  a la difusión de lo que ha leído.
– quien lee gratis, antes o después se dará cuenta de que lo ha hecho gracias al esfuerzo de otras personas y lo valorará.
En definitiva, creo que la única manera que tiene la cultura de crear valor por sí misma es la difusión masiva. La cultura es un valor. Una obra literaria tiene un valor propio que nada tiene que ver con el precio que le ponga quien la vende.
El valor de la literatura es el de una llave. Con esa llave se abren puertas en las que no habíamos reparado, se generan ideas nuevas, se crean espacios nuevos de pensamiento. Y precisamente de espacios nuevos andamos escasos. Casi todos pensamos lo que nos han dicho que debíamos pensar. Ni siquiera decimos las cosas porque las creamos, sino porque las hemos oído.
Creo que mi labor en el mundo es poner al alcance del mayor número de personas alguna herramienta que les permita salir del círculo vicioso en el que están. Y lo que sé hacer es escribir. Así que lo hago escribiendo.
Creo que conseguir ese objetivo es mucho más importante que mi beneficio económico personal y por eso, en este momento, hay dos obras mías circulando por la red:
Inquilinos del espejo, en Amazon, a 0,89€



Relatos del espejo y otras obras en Wattpad. De lectura totalmente gratuíta. Espero que todo el mundo disfrute con ambas.
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