Soy fan de Hopper, y punto.

por Alicia Pérez Gil

Sí, lo sé. No le ha dado tiempo a la entrada anterior a secarse y aquí estoy. Se siente: he estado en el Thyssen, agobiada por los otros visitantes, debo decir, para los que tampoco debe de existir la crisis, porque la entrada a la exposición de Hopper (suspirito de enamorada) cuesta 10 eurazos y no puedo esperar a mañana. Sobre todo porque mañana me voy a la piscina todo el día.

Para empezar, diré que en Thyssen no me gusta: tiene pocos bancos, así que me he podido sentar en muy pocas salas. Además, parece que no saben que soy una autora pirateada, por lo tanto una celebrity como Dios manda. Como no saben eso, resulta que no me han cerrado la exposición para que la vea yo solita. No lo entiendo. Cuando yo trabajaba en la National Gallery le cerramos al príncipe Charles una exposición y Charles, que se sepa, no ha hecho nada que lo merezca. Total, que había un montón de gente. 

Como me pasa siempre que entro en ese museo, me ha dado un ataque de nostalgia. Huele igual que la Gallery y eso es oler igual que a Londres e igual que hace 14 años, cuando vivía allí y mi vida no se parecía en nada a la de ahora, ni era mejor que la de ahora. Aún así me da nostalgia. Será de la juventud, de las ganas locas que tenía de enamorarme a todas horas, de los paseos, de las pintas de cerveza ¡Qué sé yo!

Luego se me ha pasado. He superado también el atraco de los diez euros de la entrada y me he dicho: Guapa mía, está aquí aprovechando un descuido de tu novio, que te ha dejado sola el finde, a merced de hombres muertos que se dedicaban a pintar el silencio y las elipsis y esas cosas. Y me he puesto a mirar.

Prescindo, o no, de contaros que lo primero que he pensado, o lo segundo, ha ido que es una pena, penosa que o no sepa hacer fotos como pintaba este hombre. Una pena, porque se merece una heredera a la altura y yo, salvo porque nos interesan las mismas cosas, no estoy a la altura en absoluto.

Asumido el párrafo anterior, he ido de descubrimiento en descubrimiento. Veamos: una escritora no deja de formarse nunca. Yo tengo una parte importante de autodidacta, así que de vez en cuando invento la ruda y me quedo tan ancha. Otras veces leo conceptos que no termino de comprender hasta que se me hace la luz ¡Ah! Esta pequeña cabecita mía.

Hoy se me ha iluminado el significado de eso que dicen en todos los manuales: hay que mostrar, no decir. De alguna manera he juntado eso con una crítica que he recibido dos veces en los dos últimos meses: nena, reiteración. Nena, que se pueden buscar maneras de decir las cosas sin necesidad de decirlas. Y yo que pensaba: “pues lo podíais decir para dummies, que sin ejemplos no lo pillo”. Pues esta tarde me ha llegado el ejemplo. Foto del edificio rojo de ahí arriba: Es invierno ¿Por que´sé que es invierno? Por el tono de la luz, por los señores embozados en sus abrigos, por sus poses encogidas… incluso hay un guiño a la navidad con la barra blanca y roja a modo de bastón de caramelo. Y se me ha ocurrido (pepita de oro, pepita de oro), que eso se puede hacer en un relato. No hace falta poner: Hacía frío o llovía. Basta con describir la indumentaria de los transeúntes, por ejemplo. 

Siguiente paso: si describo una situación de invierno sin decir que es invierno, eso me da la posibilidad de introducir el elemento sorpresa. Algo así: Me crucé con otro hombre envuelto en pieles. Igual que el anterior, calzaba botas de cuero resistentes al agua. Incluso llevaba el mismo tipo de sombrero calado hasta las orejas. Me alegré de haber escogido mi ropa de abrigo. Me estaba derritiendo del calor. El termómetro de la farmacia marcaba 35 grados, pero la única forma de escapar a los ultracuerpos era pasar por uno de ellos.

Parecerá una tontería (y el ejemplo no es de premio), pero no me había dado cuenta de en qué consistía eso de manejar la información.

Ejemplo número dos: cuadro de la señora del pantalón rojo que mira por la barandilla: Lo obvio sería decir que se encuentra prácticamente sola en el piso superior. Pero podemos optar por decir que del piso de abajo llegaba un barullo de gente inaguantable, que veía sus sombreros a lo lejos, o cómo revoloteaban sus manos entre plumas y sedas como si fuera dios, como si la escena a sus pies no tuviese que ver con ella, como el resto de la vida.

Y así hasta el infinito. 

La manera en que se relacionan los personajes de Hopper es inquietante, es fría y, sobre todo, es ambigua. Por eso de cada uno de sus cuadros podrían salir docenas de historias (y si no que se lo digan a Hitchcock). El carácter de cada uno de ellos viene perfectamente dado por gestos muy pequeños, pero determinantes: la mano y los ojos de la señora que está con su marido en el tetro; el rictus de amargura de la mujer desnuda en la habitación, la aparente desidia de la señora del camisón rosa que lee…

Me ha fascinado el cuadro de Gente al sol (se titula así). Quizá sea la única freak que lo ve, pero es muy, muy burtoniano en Ed Wood: esos ojos desorbitados, los gestos como de empalados, tan de Lisa Marie en Mars Attacks. Excepto el lector, todos los personajes de ese cuadro parecen extraterrestres y/o estúpidos. Especialmente si tenemos en cuenta las montañas azules, que quizá sean montañas o unas olas gigantescas que vienen a sepultarles bajo las aguas.

Y mi otro favorito es Habitación en Nueva York: él lee y ella posa un dedo sobre una tecla del piano. Parece que en cualquier momento vaya a hacer algo. La sensación de realidad a pesar del trazo estilizado es brutal. Pero no es sólo la escena, la composición, la relación que se intuye, la historia… No, es que además él se sienta sobre un sillón del mismo color que ella y al otro lado de la imagen, formando un triángulo, una lámpara también roja se ve junto a la cabeza de ella. La coherencia visual, el buen gusto estético, cómo dirige la mirada del espectador y simbolismo hasta en el DNI. La puerta cerrada de la que no se ve el pomo, la escena se contempla desde fuera a través de una ventana abierta, es verano, hace calor… Tanto con lo que parece tan poco…

He anotado mucho más, pero me temo que nadie habrá llegado hasta aquí. De todas maneras cierro con una cita de Bresson que él aplicaba al cine y yo a la literatura: 

Ninguna foto bella, nada de bellas imágenes, sino imágenes y fotografía necesarias






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