Miedo a la jungla

por Alicia Pérez Gil

Este es un miedo mío que no me conocía y que en este preciso momento, mientras escribo estas líneas, me provoca arcadas; una incontrolable necesidad de vomitar. Sin embargo me encuentro en mi puesto de trabajo, donde finjo redactar un informe. Es decir, finjo que el contenido del informe, que en realidad sí estoy redactando, tiene relación con la actividad de la empresa dueña del PC y la silla sobre la que me siento.
Miedo a la jungla.
Sí, señor. Soy una mujer urbanita. Me crié en un pueblo pequeño, en un valle verde rodeado de montañas. Los vecinos me conocían. Yo conocía a los vecinos. Pronto el pueblo se me hico pequeño; en cuanto salí a estudiar fuera, aunque fuera eran 34 kilómetros diarios en tren y volvía para la cena todas las tardes. Terminados los estudios emigré a Londres, donde pasé dos años que recuerdo con mucho cariño. Hoy tengo mi residencia en Madrid.
Madrid no es enorme, terminas cruzándote con personas que te resultan familiares a poco que frecuentes con regularidad los mismos lugares: salas de exposiciones, cines, restaurantes, parques, bares… No es una ciudad descomunal, pero tiene sus calles con seis carriles, sus habitantes de ideologías dispares… sus cosas de ciudad.
Nunca había tenido miedo de vivir en un sitio grande.
Y entonces apareció Internet. Entonces la jungla llegó hasta nosotros.
Y esa jungla sí que me da miedo.
En Internet se carece de filtros. Cada uno puede escribir lo que le de la gana sin tapujos, con tapujos, con la verdad por delante, esgrimiendo una mentira. Incluso quienes usan una fotografía de sus rostros como presentación pueden estar mintiendo. Las sonrisas más dulces, las intenciones aparentemente mejores y más sinceras pueden esconder pócimas emponzoñadas.
Pero no es eso lo que me asusta. Lo que de verdad me ha revuelto hoy las tripas, lo que me ha enfrentado al teclado, es que también la gente buena, la que de verdad habla con la verdad en el puño, la que te desea todo tipo de parabienes, es capaz de hacer el peor de los daños.
En esta jungla de bits, una de las primeras cosas que conocemos de los demás es su opinión. A veces antes que el aspecto, la edad o el estado civil. Y las opiniones están cargadas de razón. Las opiniones son todas verdaderas. Todas ellas se basan en experiencias o, lo que es todavía más difícil de contradecir que la experiencia propia, en alguna ideología. Por lo general la ideología particular de quien expresa su opinión.
Y ¿Qué hacemos con esas opiniones que nos asaltan a millares? ¿Qué hacemos cuando además la opinión llega de la mano de alguien que nos gusta, alguien con quien estamos habitualmente de acuerdo? ¿Qué pasa si es la opinión de un experto? ¿Y si es la de alguien que ha tenido éxito en un campo en el que nos gustaría conseguir lo mismo?
¡Amigas y amigos! Eso es lo aterrador. Porque no siempre somos capaces de conseguir la distancia necesaria para darle a las opiniones ajenas el valor que tienen: el de opiniones ajenas. Y quizá por no poder dar el paso atrás que requiere el cuadro para contemplar su totalidad, quizá por eso nos sintamos perdidos.
Digo esto porque a mí me sucede. Me sucede con mucha frecuencia que me sumerjo en el marasmo de opiniones, todas ellas expresadas con la vehemencia de la convicción absoluta y me pregunto si estaré yo equivocada. Me pregunto si me llevarán mis pasos a dónde quiero ir, si habré escogido bien el camino, el equipaje y el medio de transporte.
He encontrado una sola cosa que me ayude en esos momentos: me doy la vuelta, dejo a mi espalda las opiniones ajenas  y recuerdo a dónde voy y por qué motivo quiero llegar allí. Eso me tranquiliza, me devuelve la perspectiva de mí misma y me da la capacidad de analizar en qué medida esas opiniones me ayudan u obstaculizan mi camino.
Y ahora ya no quiero vomitar ni tengo náuseas. Ahora me gustaría darle un abrazo fortísimo a una de mis personas favoritas, que me ha dicho que yo haga lo que tengo que hacer y que lo importante para alcanzar una meta no es dar un paso, sino da el siguiente.
Besos y abrazos.
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