Chavela ha muerto ¡Viva Chavela!

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIRSe recuerdan todos los primeros besos y muy pocos de los últimos. Al menos yo recuerdo todos los primeros y he olvidado casi todos los últimos.

 La primera vez que besé a una mujer lo hice por tantas razones que hoy sólo queda el beso. No sonaba Chavela, pero andaba por allí. Tampoco lo miraba todo, ni lo supervisaba. Chavela Vargas y algunos otros muertos ilustres de mi vida, era por aquellos días omnisciente y sólo le interesábamos nosotros. Y nosotras.

Años después de aquello, cuando ya no había ni nosotros, ni nosotras ni omnisciencia, viajé a Mexico. Me tatué un lagarto en el omóplato y una pulsera de espinos en el tobillo derecho que me recordara que la vida es una trampa. También compré tres CDs de Chavela y escribí una tarjeta postal a la mujer a la que años antes había besado.

Hace unos pocos meses, sin una mentira de por medio, encontré a la mujer en las redes, que es donde quedamos todos atrapados antes después, y le dije que ya no escribía. Entonces era cierto. Y desde entonces he publicado un libro de relatos, en breve publicaré una novela corta y Chavela ha muerto.

Seguro que ya le tocaba y seguro que está bien que haya sucedido ayer. El día que me enteré de que su hermana le robó a mi abuela la parte de la herencia que le correspondía. El día que supe que mi familia era propietaria de unos olivares que la habían mantenido con vida durante la guerra y la posguerra.

Es una cosa extraña la identidad. Y Chavela se muere justo ahora que de mi identidad queda tan poco. Justo después de unas semanas de llorar, calladita para que nadie lo supiera, porque a la Alicia que fui no le quedan referencias de lo que fue y tiene que reconstruirse de nuevo. Justo ahora que por fin he identificado ese miedo que se escondía tras los miedos pequeños de los que he estado hablando: el miedo a no saber quién soy, el miedo a no saber de dónde vengo o a dónde voy.

Todos los mitos que me tocaban algo estaban muertos cuando les conocí y ahora muere el penúltimo. Y yo, que lloro a menudo cuando me pesa la vida y cuando la vida me libera de su peso, me siento aliviada.  Triste de un modo un poco residual, pero aliviada. De las personas que toqué no me queda ninguna. De las que habría querido tocar, sólo la última. Quizá dos. Ahora entonces es el momento de construir a la Alicia que será.

Aunque creo que no. Que no es momento de construir, sino de barrer. Hay que arremangarse, coger los aparejos de limpieza, arrodillarse sobre los escombros y tirarlo todo a la basura. Dejar un solar limpio donde crezca la hierba en los desconchones ¿Para qué construir una Alicia? ¿Para qué quiero un edificio que se caiga a nada que se tambaleen sus cimientos?

Toca, ahora que de mi casa no quedan ni las paredes, disfrutar del sol sobre los hombros y de la lluvia que moje mis labios.

Cuando nacemos lo hacemos sin referencias. Nacemos pequeños, arrugados, feos, llorones. Y con el tiempo construimos lo que nos han dicho que somos, lo que creemos que debemos ser. Y se nos olvida quiénes somos.

Se nos olvida que, en realidad, no somos nada. Sólo nosotros. Sólo personas. Se nos olvida que estamos vivos y que por tanto hemos de vivir. Se nos olvida que moriremos y que entonces las cuentas quedarán a cero. Se nos olvida que despojados de nuestras posesiones, de nuestra ropa, de todo lo que nos rodea, somos iguales. Y se nos olvida que la ropa y las posesiones las inventamos nosotros.

 Ha muerto Chavela Vargas. Y he muerto yo.

 ¡Cómo me alegro de estar viva!

 
 
Anuncios