El daño de Disney

por Alicia Pérez Gil

Que no es exactamente como el Daño de Isildur porque no le hizo daño a él mismo, sino a los demás. Tampoco me refiero al destrozo sistemático de los cuentos de hadas europeos, con su sangre, sus calderos en llamas y su aceite hirviendo. De hecho, antes de entrar en el daño de Disney, me gustaría hablar un poco de lo bueno que sí hizo, que fue significativo. Sobre todo para el cine de animación.
Para empezar, antes de Blancanieves y los siete enanitos no se hacían largometrajes animados. Se hacían cortos, historietas y había laguna recopilación de producciones de pocos minutos. De hecho, cuando Disney comenzó con el proyecto, a la película la llamaron La locura de Disney. Nadie creía en su éxito. Tenía un presupuesto de 700.000 USD y costó 1.500.000, en números redondos.
Pero gracias a esa locura, la animación pasó a ser consumida por niños y mayores. Blancanieves recaudó el año de su estreno más de 8.000.000 de dólares americanos y hoy todavía da beneficios. En realidad, Walter fue el primero que produjo dibujos animados en technicolor, investigó para animar seres humanos de manera realista y superó toda la tradición de animación anterior. Sin él, ya nos podíamos olvidar de Up!
Nació de padre granjero y madre profesora, criado entre Missouri y Kansas, se me ocurre que, por mucho que hable de su infancia campestre como del paraíso perdido de Milton, quizá no fuese tan maravilloso el paraje. Eso, o que el espíritu americano caló hondo en él desde sus más tiernos días, porque a lo que se dedicó desde que tuvo la posibilidad, fue a hacer ingentes cantidades de dinero. Y tuvo la posibilidad una vez que su padre dejó su empleo de repartidor de periódicos y –me encanta esta frase de la Wikipedia- se convirtió en uno de los propietarios de una empresa dedicada a elaborar bebidas carbonatadas.
Así, de la noche a la mañana, sin un sistema de ahorro férreo y control del gasto. Sin penurias, sin más problema que el varitazo mágico, Walt y su hermano dejaron de levantarse a las 00:00 para ayudar a su padre y se dedicaron a sus quehaceres de hijos de empresario.
En fin. Da lo mismo. La cuestión es que de casta le viene al galgo. El padre granjero hubo de abandonar la granja por culpa del tifus, se trasladó a la ciudad, trabajó por cuenta ajena hasta que se convirtió en copropietario de una empresa y el hijo pequeño, Walt… pues fue digno hermano menor americano. Quiso seguir los pasos de su hermano durante la primera guerra mundial. No lo consiguió. Luego, a la vuelta, se empleó mediante la influencia de aquel en un estudio de cine de animación. A partir de ahí, avatares varios, primera empresa quebrada, éxito de público, mala gestión económica… Y se marcha a Hollywood con una película en la que mezclaba animación y acción real: El mundo maravilloso de Alicia.

Nada del ratón de las orejas redondas: Disney se mete con lo que importa: Alicia. Sólo de lejos basada en la de Lewis Carrol, pero Alicia.

Una vez alcanzado el éxito -que tardó en llegar, no vaya a hacer yo lo de la Wiki- es cuando hace Blancanieves, el público ruge enfervorecido y el Daño de Disney desarrolla todo su maligno poder.

Walt Disney no se sonrojaba al confesar que él no hacía arte, él vendía productos. El amigo de los niños era un comerciante. De altos vuelos, pero comerciante; y por tanto pretendía llegar a la mayor cantidad de público posible. Para ello no dudó ni tanto así, en mutilar nuestros maravillosos cuentos populares (previamente descuartizados por Perrault, los Grimm y Andersen, que en paz descansen). Les despojó de todo elemento perturbador, abusó de la sensiblería y todo eso que ya sabemos todos porque somos muy listos y hemos sido muy gafapastas y todo lo demás.

Aún así, lo malo-malo de Disney ni siquiera es la manipulación de las historias tradicionales para reconvertirlas a la cursilería extrema. No, lo malo es que Disney es universal y universalmente ha transmitido su ideología. Como, además, el público objetivo de Disney es infantil, su mensaje llega, sin filtro de ningún tipo, a las mentes de las criaturas, que lloran, ríen, se identifican… No con las princesas, que ya de por sí es cuestionable, sino con personajes de caladura moral cuanto menos sospechosa: Don Gil Pato –también conocido como el tío Gilito- es ese viejo avaro que siente como si le arrancaran un trozo de corazón cada vez que alguien se acerca al depósito donde guarda su dinero. Pero el Tío Gilito cae bien, su apego a la pasta pasa a un segundo plano porque tiene ciertos rasgos humanos. Lo que viene a ser el mundo al revés.

Y es que Disney es mucho más que La bella y la bestia. Disney está en los Don Mickeys en el Club Disney, en el Disney Channel… Y de ninguno de esos tres canales de transmisión de ideas he sacado yo un mensaje decente. La superación personal sirve para ser un triunfador capitalista. No cabe la redención para los villanos. El modelo de vida es único e irrenunciable…

Y me pregunto si es posible crear productos para niños que no respondan a ese esquema. Sin mucha esperanza, me lo pregunto, de verdad…

De momento os coloco el enlace a este libro, revelador y escrito con ciertas dosis de mala leche en un lenguaje muy asequible. Atención a la viñeta de la página 18 y a la terrorífica descripción de la infancia.

Yo, para compensar, recomiendo una lectura voraz de los relatos de niños de Ana María Matute… Ahora mismo está sobre mi mesilla y me da ciertos problemas para dormir que acepto con muchísimo gusto.
Un placer compartir mi perlita sabihonda con vosotros 🙂
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