Adiós, vacación, adiós.

por Alicia Pérez Gil



Son duras las vacaciones. Sin durasen más tiempo… Y no me refiero a que ojalá se trabajasen uno o ningún mes al año, que sería lo ideal, sino a que el periodo vacacional fuese lo bastante largo para desconectar de verdad de las rutinas domésticas y laborales.  
A mí me cuesta adaptarme, lo reconozco. Mis tres primeros días libres los paso dando vueltas por casa con los ojos abiertos como platos: desayuno en el balcón, hago zapping para ver la misteriosa programación mañanera, decido limpiar, decido reordenar, decido salir, decido hacer ejercicio, no llevo a cabo ninguna decisión porque estoy dando vueltas por casa con los ojos como platos. Tres días. Ni uno más, ni uno menos. A veces, durante las vueltas, me acuerdo de flecos sueltos del trabajo.
Día 4 y me empiezo a dar cuenta de que estoy de vacaciones. Gran momento: estrés vacacional. Al fin y al cabo he perdido tres días, me quedan 4 de esa semana y, como mucho, la siguiente antes de volver a la oficina. Mi madre quiere verme, estaría bien contactar con amigos a los que nunca veo y hay doce exposiciones que tengo pendientes, más la piscina, la limpieza general de la casa, llevar a la gata al veterinario…
Me las apaño a duras penas para cumplir con todo y la segunda semana es mía. Hago lo que quiero cuando quiero porque al fin he comprendido que no hay horarios, que puedo levantarme cuando ya no quiera dormir más, comer cuando tenga hambre, salir o entrar cuando me de la real gana.
Y entonces vuelve el lunes que hacía 14 días parecía en el fin del mundo. Me he pasado dos semanas sin hacer nada perteneciente al mundo de la repetición obligatoria. De hecho, durante las pasadas vacaciones no he escrito ni una letra: crucero por el Egeo, Los Soprano, visita al útero materno, visita al útero materno de mi consorte, descanso, paz.
Ayer fue ese lunes horribilis. Hoy es un martes más normal, aunque confieso que no ha empezado bien. Esta mañana me he maquillado, aunque no suelo hacerlo. Mi consigna para el nuevo curso es ofrecer siempre lo mejor de mí. El curso pasado estuve un poco dejada y no me gusto cuando me abandono. Luego, en el metro, he sacado mi tablet para empezar la quinta parte de Juego de Tronos. Lo he dejado a los dos párrafos. En mi pocas veces humilde opinión, la saga hay que beberla en momentos adecuados. Mejor con la cabeza despejada y de buen humor porque es más pesada que una hembra ñu en estado de buenaesperanza.
Me he sentido fatal. He pensado que soy una pésima lectora y que eso me convierte irremediablemente en una pésima escritora. He pensado que quizá fuera buena idea cerrar blogs y dejar a los Inquilinos del espejo en Amazon a ver cómo evolucionan. He cerrado los ojos y me he perdido un poco entre Gotye, Placebo y Lily Allen.
En serio, no quería escribir. Quería seguir de vacaciones, ver series de televisión, holgazanear en la cama hasta tarde. Lo que viene a ser una depresión post-vacacional en toda regla. Sobre todo por el sentimiento de inadecuación, de haber estado perdiendo el tiempo durante toda la primera mitad del año, como si de verdad las horas pasadas ante el ordenador, ante mis libretas, ante mis tazas de café de Starbucks con mis bolígrafos de colores hubieran sido poco más que un espejismo.
Luego, a media mañana, me he acordado de que tengo un proyecto con cinco rubias estupendas. He escrito la entrada correspondiente y ha sido GENIAL. No sé si es una entrada buena o mala; a mí me gusta. Está escrita como esta, con los cinco sentidos puestos en ella. Dice lo que quiero decir, sin muchas vueltas. Cuando le he puesto el punto final me he sentido BIEN. A la escritora que vive en mí se le han acabado las vacaciones y le faltaban teclas bajo los dedos para juntar frases, párrafos, páginas…
Os espera una saga mucho más larga que las de los Lannister, queridas y queridos. He vuelto y no tengo vacaciones hasta después de Navidad
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