Elogio de la exageración: Marguerite Duras

por Alicia Pérez Gil

No tengo mucho tiempo. Apenas una hora antes de bajar a comer. Luego regresaré y escribiré, con las interrupciones justas, otras dos o tres mil palabras de mi novela corta. De momento aún es corta.
Sin embargo, no me gustaría que pasara el día de hoy sin traeros un recuerdo, otro más, de mis primeros pasos por la senda literaria. Y es que ayer, después de escribir acerca de los marineros de bonito, se me vino a la memoria un amor incontestable, infinito, imposible, inaudito. Un amor nada in, de hecho. Sucedió además que leí la entrada de blog de Regina Roman, que habla de París, de los franceses y de los prejuicios. No vivís en mi cabeza y, aunque os abro las ventanas a menudo para que veáis de qué está compuesta la materia menos gris de mi cerebro, hay cosas que desconocéis. Por ejemplo, mi debilidad  incurable (ni con espinacas, ni con lentejas) por París y por Marguerite Duras. Así que fue leer París, recordar los tiempos en que la conocí y volverme loca de amor de nuevo.
Donde loca de amor, significa loca de amor.
Como muestra diré que en mi segundo viaje a la ciudad de de los Lugares equivocados visité su tumba. Es pequeña, insignificante. Se encuentra muy cerca de la entrada del cementerio de Montparnasse en el Boulevard Edgard Quinet. Muy cerca también de la tumba que comparten Sartre y la Beauvoir. Esa segunda vez encontré sobre la lápida una fotografía de Marguerite en un marco blanco. La lluvia y la intemperie, la habían convertido en una imagen verde que amarilleaba donde debía ser blanca. En ella, una Marguerite muy joven posaba frente a un espejo. Y de ahí nacen mis Lugares Equivocados. Ni siquiera tuve que decidir si robaba la foto o no. En aquel entonces acababa de terminar Yann Andrea Steiner y me dije que había sido el propio Yann Andrea quien la había dejado allí para mí. Por supuesto, me la llevé a casa. También cogí una flor del suelo.
La amaba, comprendedlo. Amaba sus palabras descarnadas de las que nunca he sabido si mostraban o escondían emociones también descarnadas. Amaba sus novelas, tan cortas, tan intensas, tan parcas en sustantivos, en adjetivos, tan repletas de reiteraciones forzadas. Cuando una abre un libro de Marguerite Duras no puede escapar de ella. Se puede cerrar el libro, claro, pero no se puede una zafar de lo leído. Es capaz de dar vueltas al mismo concepto con palabras casi idénticas, cambiando el orden y la puntuación para que quede impreso, grabado como a fuego, lo que ella quiere que tú sepas.
Es una escritora exagerada hasta la extenuación. Os lo digo yo, que si veo unos calcetines  que me gustan en un escaparate doy saltitos, pongo voz de prepúber y los señalo como si fueran la octava maravilla ¡Qué la octava! ¡La única maravilla! ¡Por esos calcetines se mata! ¡Se muere, si es preciso! Sí, esta soy yo. Y esta es la medida con la que debéis medir hasta qué punto la Duras es exagerda. Lleva el postulado de Parménides hasta el extremo de la locura. El ser es, el no ser no es. En el caso de las obras de Marguerite Durás, quizá también en el caso de su vida, Si alguien es una cosa, la que sea, ya no puede ser nada más.
Antoine era, sobre todo, moreno. Era un hombre, era listo, pero era moreno. Caminaba con su morenez a cuestas como remaban los condenados a galeras.
Disculpad la trivialización, era por poner un ejemplo. Transcribo algo suyo para que veáis lo que quiero decir:
M.D.: ¡No se puede! Peor aún, es contradictorio. Una cama hecha no se ve, ya no existe. Unacama sin hacer está chillando.
P.D.: Una cama hecha, ¿no grita porque ya no puede?
M.D.: No, ya no puede gritar.
P.D.: Tiene una mordaza en…
M.D.: Hay que golpearla. Abofetearla, tirarla por la ventana.
P.D.: ¿Esa cama está loca?
M.D.: Sí. Hay una relación de locura entre las camas y el escritor. Cuando se abandona la camano se puede volver a ella tan fácilmente. Yo estuve un año en cama. En coma. Tenía pánico ala cama. No podía andar ni aunque me apoyase en los muebles. Estaba en un coma total. Perohe conservado el pánico a las camas sin hacer.
Quizá no sea el mejor ejemplo de lo que decía, pero es sin duda un buen ejemplo de los motivos de mi amor. Esta mujer pone toda la carne en el asador, siempre. Todas las veces. Cada vez que coge una pluma (que la cogía). Por eso estoy escribiendo sobre ella hoy. Porque ayer me di cuenta –otra vez, soy muy de darme cuenta de las cosas hasta que las aprendo. Luego ya no me doy cuenta, sólo las sé-, me di cuenta, digo, de que en la literatura, como en la vida, hay que ser de verdad.
A mi alrededor muchos se esconden. A veces también yo me escondo aunque crea que es un error. Cuando te escondes no das lo mejor de ti y cuando no das lo mejor de ti, los demás no quieren lo que les ofreces. Hay que escribir de verdad, no como si fueras escritor. Cuando una escribe, debe ser escritora. No una secretaria que escribe. Cuando se trata de llenar una hoja de papel con cosas que antes no estaban allí ni en ninguna otra parte, no se puede hacer nada más que eso. Al 200%. Con todas las fibras del cuerpo. Si no, las cosas no salen. Los lectores se dan cuenta. Hasta tú te das cuenta y te detestas un poco por ello.
Y detestarse no está bien.
Os dejo con unos fragmentos un poco aleatorios que he encontrado por estas redes de Dios. Si no la conocéis, para que la conozcáis.
De mi reserva personal: La lluvia de verano y Yann Andres Steiner.
FRAGMENTOS
Ya no lo recuerdo con certeza. Debió de mirarme y reconocerme y sonreír. Grité que no, que yo no quería ver. Me volví a ir, subí de nuevo la escalera. Gritaba, de eso me acuerdo. La guerra salía en mis gritos. Seis años sin gritar. Me encontré en casa de unos vecinos. Me estaban obligando a beber ron. Me lo vertían en la boca. En los gritos
El dolor
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Dejó de hacer preguntas sobre lo que había pasado durante su ausencia. Dejó de vernos. Su rostro se cubrió de un dolor intenso y mudo porque se le seguía negando el alimento, porque ocurría lo mismo que en el campo de concentración. Y como en el campo, aceptó en silencio. No había visto que llorábamos. Tampoco había visto que apenas podíamos mirarle, apenas contestarle

El dolor
“Alrededor de una persona que escribe libros siempre debe hacer una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día, esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir.”
Escribir


“Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado.”
Escribir


“La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros.”
Escribir
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