Que es mi estante mi tesoro

por Alicia Pérez Gil


Ikea. Ikea es ese sitio donde los muebles tienen un nombre propio que el cliente recuerda. Mis favoritos son los dormitorios Aneboda, por su precio y su estética a medias entre lo country chic y lo infantil; y los Expedit, esa serie de estanterías con los bordes más gruesos que las baldas del centro, lo que les da cierto empaque del que carece, por ejemplo, la serie Billy. Luego están los módulos de pino sin tratar que la gente usa para almacenar y que yo tengo en mi cuarto poblados de papel reciclado, cajas de zapatos reconvertidas en archivadores, libros de Photoshop, velas –que procuro encender en otro entorno- y algún que otro artefacto extraño, junto con los zapatos de mi novio.

Sin embargo, hoy hablaremos de las Expedit. Cuando entras en mi casa, lo primero que ves es la puerta mal pintada del salón, un pasillo muy largo que termina en una viñeta de comic, un gato que se te arremolina en los pies y tres que huyen como alma que lleva el diablo. Pura pose: son un peligro. Si cruzas la puerta del salón ves una elíptica que destroza el aire  vagamente nórdico que quise darle a la habitación y dos estanterías Expedit de 5 columnas por cuatro filas. Una blanca y la otra negra. Ves más cosas, pero en este momento nos interesan estas.
¿Por qué? Porque en esos 40 huecos guardo mis libros. Lo sé, no son muchos huecos, así que no hay muchos libros. Bueno, en realidad lo de que sean muchos o no depende de para qué los quieras y lo que vayas a hacer con ellos. Para una mudanza son un buen puñado. Para una limpieza de otoño son legión. Lo sé porque antes y después de mi primer contacto con la librería Libros Libres del que hablo en la entrada anterior, los inspeccioné para ver de cuáles me quería deshacer y con cuáles me quedaba. Saqué una docena, lo que creó un vacío bastante feo, y me dije que a la vuelta lo solucionaba.
Cuando volví miré las estanterías, miré los libros, miré a los gatos y pensé que sí, que una librería ordenada bien valía el esfuerzo. Ni corta ni perezosa llené un balde rojo que había comprado para mis lavados de pies rituales en mi época sectaria, le puse un tapón de detergente jabonoso para madera y me volví a mi punto de origen.
Lo que  había olvidado era que, cuando mi novio se mudó, sus propios libros lo hicieron con él, y que los habíamos colocado un poco al desgaire, en espera de que vinieran tiempos mejores, o al menos más propicios a la tarea de ordenarlos. De todas formas, decidí no amedrentarme y comencé a sacar los ejemplares de sus celdas y a apilarlos en columnas por orden aproximadamente alfabético. Por apellido.
Eso me llevó a extremos tales como tener una pila de emes que llegaba casi al cielo, una buena cantidad de uves dobles, casi ninguna ce… Y un lío monumental. Es curiosa la cantidad de dudas que suscita un montón de libros. Para empezar, no tenía nada claro si quería mezclar los de Emilio con los míos ¿Y si la relación no dura y tenemos que separarlos? ¿Recordaremos de quién es cada uno? ¿Haremos del reparto una guerra? ¿Creerán las visitas que yo compré toda la colección de Anne Rice? (Lo hice, en su tiempo, pero luego lo mandé todo al cuerno excepto Entrevista con el Vampiro).
Y luego la cosa de la clasificación: por género, por autor, por título, por me gusta no me gusta, por me lo he leído o no, por colores, por editorial, por cariño, por antigüedad… Confieso que estuve a punto de dejarlo todo a medias, limpiar el polvo por donde pasa la suegra y olvidarme del asunto. Hasta que eché un vistazo a los volúmenes que tenía entre manos y descubrí alguna biografía olvidada, algún autor relegado, una recopilación de poemas que ni siquiera sabía que tenía y un catálogo antiguo de Mango que me dejó perpleja. También tenía el de Ikea de 2012, pero eso no me causó el menor estupor.
Las estanterías son lugares extraños. En ellas puedes encontrar a señoritas británicas de la mano de macarras norteamericanos y españoles trasnochados, limas de uñas, el mando de la tele, letras de canciones, recetas de cocina, mucho polvo, pelos de gato, figuritas inexplicables y recuerdos. Sobre todo muchos recuerdos. De los que son de verdad y de los que son de otra verdad. Yo conservo intactas imágenes y emociones que acompañaron a la compra de un libro. Por ejemplo, dos de Uki Yoe de tamaños poco manejables. Al primero lo encontré en un puesto de segunda mano en la plaza nueva de Bilbao; el segundo de saldo en el VIPs de Neptuno. Entre ambos media casi una veintena de años. Pero también se me han grabado a fuego experiencias ajenas que en algún momento sentí como propias. La sorpresa al final de La Nieta del señor Lihn, por ejemplo. O el dolor por la muerte de un héroe, o el amor incontestable por un mago en cuyos ojos se veían relojes de arena.
Todo eso está ahí y sólo el tiempo lo borrará, como lo borra todo. Con toda probabilidad, ayudado por un arrebato mío. Sucederá que los objetos me parecerán lastre y me desharé de una parte importante de ellos. Me pasa con frecuencia y me quedo sin muebles. Pero da igual. A eso venía todo esto. Las cosas dan igual. Los libros dan igual. La magia ya está hecha. Podemos revivirla tantas veces como deseemos mientras poseamos los recipientes físicos que la contienen, sí. Y si perdemos esos recipientes no podremos manosearla, pero ya habrá pasado por nosotros.
Y eso es lo importante. Lo importante es vivir. Vivir cada día. Revivir es bonito, pero se parece demasiado a recalentar un plato de primera: la carne se hace correosa, el sabor se pierde, la calidad ya no es la del primer momento. La vida no se puede retener en estantes. Las emociones no pueden  perpetuarse de modo artificial. Hay que buscar nuevas fuentes de alimentación. Porque el sobreuso de lo pasado lo convierte en deshecho, y nadie puede vivir de desechos mucho tiempo.
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