Ojos que no ven

por Alicia Pérez Gil



Esto acabo de terminar.

Esto dicen de ello en la página de la editorial y yo no doy crédito. Extraigo:

Termino “Ojos que no ven” en un cierto estado de sonambulismo y regreso a la primera página para fijarme con más cuidado en su meticulosa construcción. Me acuerdo siempre de Cyril Connolly: literatura es algo que ha de ser leído al menos dos veces”. (Antonio Muñoz Molina, Babelia, El País).

Y yo disfruté mucho de “El Jinete polaco”, y me gustaba más una floritura que a una fashionvictim un brillo, pero para lo que hay que regresar a la primera página de esta novela es para comprender el sentido de las frases. En serio, está escrita en un estilo más cercano al churrigueresco que a ninguna otra cosa. De hecho, durante las 23 primeras páginas no tuve ni la más remota idea de lo que hablaba. Uno de esos momentos de expediente x: tú conoces el significado de todas las palabras, pero no entiendes lo que quieren decir… 

Cyrill Connolly diría lo que quisiera, pero si hay que leer algo dos veces, dada una capacidad intelectual base y un texto no científico, lo que pasa es que está mal escrito. Lo dice Castany y yo lo corroboro.

“J. Á. González Sainz es un narrador excepcional y un maestro del idioma que se prodiga menos de lo que sería deseable… Quizá no exista, en la tragedia vasca, una visión propia de los vencidos, pero ésta de unos ojos que a pesar suyo ven es lo que más se le parece”. (Jon Juaristi, Abc).

No sé si este señor es un narrador excepcional, pero desde luego esta novela no es uan narración excepcional en absoluto. Es aburrida y farragosa. Los diálogos son inverosímiles, incluso los diálogos internos no se sostienen, el decorum es inexistente. En serio, es que es una mala novela. Eso sí, habla de terrorismo vasco y lo habla desde un tono que justifica esa crítica en el ABC. Un tono, además con el que estoy de acuerdo.

Diré más. Hay una única parte de la novela que me emocionó, de la que disfruté, que me dejó con el corazón en un puño: Las poquísimas páginas en las que describe el horror, imaginado por el protagonista, que debió de sufrir un secuestrado de ETA durante un año de cautiverio en un zulo. Son, ya digo, cuatro o cinco páginas y son tan buenas que estuve a punto de salvar la novela por ellas. Pero es que… es que luego seguí leyendo.

Ojos que no ven es una historial de conflictos personales y universales enlazados, coherente con las propuestas literarias dominadas por la exigencia, el rigor y la intensidad de las tensiones… Como es frecuente en González Sainz, pasado y presente están estrechamente vinculados, para tender uno de los muchos puentes presentes en la novela, aquí el que une la Guerra Civil con el terrorismo de ETA”. (J.A. Masoliver Ródenas, La Vanguardia)

Yo sospecho que a este señor de La Vanguardia le dijeron que no podía decir nada malo de la novela. Y como no encontró nada bueno que decir (nótese que yo sí), se inventó esto de los puentes. Exigencia, rigor e intensidad de las tensiones… Sí, estoy de acuerdo en la intensidad de las tensiones. Creo que es lo que mejor resuelve el autor. Pero rigor y exigencia, no. A la novela le falta una buena revisión de estilo. Lo que viene a ser un corrector con doce ojos que le señale qué es incomprensible, qué es innecesario… Y que con 50 páginas sobraba para escribir una historia para la que este hombre ha empelado 129.

“Bastan ciento cincuenta páginas de prosa hipnótica y enorme sabiduría moral para poner ante nosotros una verdad al tiempo evidente y asombrosa… Ojos que no ven es una novela magnífica: un texto profundo e inspirador que está resuelto con esa aparente sencillez que suele ser fruto de la maestría técnica. Estamos además ante un libro que nos concierne especialmente”. (Pablo Martínez Zarracina, El Correo Español)

¿Prosa hipnótica? ¿En serio? ¡Venga ya! Que uno se quede bizco tratando de dilucidar cuál es el sujeto y cuál el predicado de una frase no es un mérito, es un defecto. Lo de la sabiduría moral me pone un poco nerviosa, por otra parte. Le concedo cierto valor, pero las verdades que dice no son muestra de sabiduría, sino de sentido común. Y traer a colación la moral me parece oportunista y muchas cosas más que terminan en ista.

Y no sigo rebatiendo las críticas que recibió porque me parece una pérdida de tiempo. De hecho, ni siquiera iba a escribir tanto acerca de esta novela mediocre con algunos aciertos, como el tono o el tratamiento carente de rabia de un tema como el terrorismo, pero he leído todas esas cosas que me parecen tan alejadas de la realidad que me ha parecido de justicia ofrecer mi opinión.

Bien, Ojos que no ven habla, desde el punto de vista del protagonista, de una familia de la España rural que se traslada a la Gupuzkoa industrial en una época en la que ETA se mostraba muy activa. La base del conflicto radica en que el padre sigue viviendo su vida como si tal cosa, se acostumbre a su nuevo trabajo, compra un piso para su mujer y, aunque no es feliz, continúa viviendo porque es lo que se hace. Su hijo mayor y su mujer se hacen militantes de HB ella y de ETA él. Cuando el hombre sospecha que su hijo ha participado en el secuestro de un industrial -socio de la empresa para la que trabaja-, se une al grupo de ciudadanos que protestan silenciosamente contra el terrorismo. En algún momento de la nocela el hijo mata a alguien y bla bla bla.

Sí, bla, bla, bla. Porque el autor se centra tanto en poner de manifiesto que está hablando de terrorismo en el País Vasco, que se pierde la oportunidad de hablar del conflicto generacional, de la separación de las parejas que se enfrentan de modo diferente a retos que debían ser comunes, de las dificultades de adaptación a un medio nuevo… Se pierde mil cosas. Y lo malo no es que no cuente todo eso, que quizá al autor no le interesaba y en su derecho está; lo que de verdad es terrible (terrible en este contexto y en ningún otro, estamos hablando de libros,  nada más), es que lo que cuenta lo cuanta mal, es que no es asequible a un lector medio. Y es que es tendencioso. Tendencioso en una dirección de pensamiento que comparto, pero tendencioso. Y con algunos temas no se debe frivolizar.

Este es el primer párrafo:

Era el primer día que había vuelto a hacer lo que quizá nunca debió dejar de hacer, dijeron algunos; el primer día que, de nuevo, como imantado por la fuerza de una antigua preponderancia, había vuelto a saltar de la cama cuando aún estaba oscuro y se había
preparado, ahora ya él solo y para él solo, su café negro, muy largo, con sus gruesas rebanadas de pan con miel, y el primer día que, con las primeras luces, como tantas otras veces tiempo atrás, cuando daba la impresión de que la claridad volvía a estrenar las mismas cosas que la víspera había dejado confusas y gastadas, cansinas a más no poder, y así lo iba a hacer siempre, se había vuelto a echar al hombro su chaqueta más raída y el viejo morral de hacía veinte años camino del silencio del río y el trabajo de la huerta.

Y aquí hay un extracto gratuito. 

Juzgad vosotros mismos.



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