La cama deshecha

por Alicia Pérez Gil



Gabriel García Márquez necesita una flor amarilla sobre la mesa en la que escribe.


Vargas Llosa se rodea de figuras de hipopótamos.

Marguerite Duras dice que con la cama desecha no se puede escribir.

Isabel Allende comienza todas sus novelas en ocho de Enero

Saramago escribe dos folios al día y se acabó.

Henrry Miller decía que podía escribir en cualquier sitio, de cualquier manera, en cualquier pedazo de papel.
Cada autor tiene sus manías. Las mías son pocas. No he establecido ningún ritual extraño, no necesito ningún elemento sin el que no pueda comenzar con mi labor, no conjuro a ninguna musa ni nada digno de mención. Podría decir que en esto me parezco un poco más a Miller que a ninguno de los de ahí arriba. En esto y sólo en esto, ya me gustaría que las semejanzas fuese más.

Sin embargo, si me es más fácil escribir en unas condiciones que en otras. Por ejemplo, me resulta totalmente imposible juntar dos palabras si no me apetece. En serio, me sé lo del 2% de inspiración y el 98% de trabajo y trabajo de firme… siempre que de verdad quiera hacerlo. Si no, me hago un boicot digno de un comendo terrorista, todo lo que sale de mi bolígrafo es lamentable, me deprimo y debo dejar pasar mi buen par de días –o una semana entera- antes de volver a intentarlo. Imagino que esto es algo en lo que trabajar, pero como en realidad me gano la vida como secretaria y no tengo más fecha de entrega para mis obras que la que yo quiera imponerme, no sufro mucho.
Lo que me fastidia más es la cantidad de dinero que me he gastado en la búsqueda, de momento infructuosa, de un método de escritura que supere al bolígrafo. Lo intenté con los móviles de teclado qwerty, pero carecían del software ideal. En aquel entonces sólo se podían escribir notas en el teléfono, con una limitación de caracteres que quitaba el hipo y las ganas. Para reírse a mandíbula batiente de Twitter, de verdad. Más tarde me compré un portátil chiquitín que cabía en el bolso, pero la pantalla reflejaba, así que mi estupenda idea de salir con él al parque y escribir a la fresquita o al sol quedó en eso, una idea estupenda. Además, en el metro la gente me miraba raro.
Por fin, el año pasado, por mi cumpleaños, me hice con una Tablet. Práctica, manejable, cabe en un neceser, la llevo a todas partes, la pantalla táctil capacitiva funciona a las mil maravillas, tiene una versión gratuita de un procesador de texto más o menos compatible con Word, los archivos quedan ordenados, su capacidad de almacenaje es más que suficiente… ¡Es hasta bonita! ¿Dónde está el problema entonces? La verdad es que se me da un poco mal lo del teclado táctil: con el traqueteo, los frenazos y las prisas me bailan muchísimas letras, así que escribo muchísimo más despacio de lo que pienso. Y luego, que una es un poco pija y se apega a sus costumbres.
Comencé a escribir con un boli bic a los doce años, lo he repetido hasta la saciedad. Mi diario, mi sueño con Michael J. Fox y todo lo demás. En el instituto me pasé a las plumas de Busquets, que dejé años después porque lo de la tinta era un engorro. Les siguieron los pilots porque resbalan exactamente como me gusta; y ahora mismo los bolígrafos bic de color negro se han impuesto a todos los demás métodos. La tinta no traspasa el papel que prefiero (pautado de una línea si puedo elegir. Y casi siempre puedo elegir), el trazo es grueso, el manejo agradable.
Pero todo esto no es lo que necesito para enfrentar mi actividad creativa, todo esto es lo que hace de ella algo mucho más disfrutable, mucho más… sensual, de los sentidos. Y, desde luego, a pesar de la incomodidad y de las otras desventajas evidentes que escribir a mano presenta frente al ordenador, pocas cosas superan la sensación de llenar una página de tu puño y letra. Una página a la que además puedes pegar recortes, colorear con rotuladores o pinturas de colegio y convertir en otro estilo de obra de arte. Imagino además que recupero un poco de estudiante y de niña cuando me pongo con mis lapiceros y mis cosas a emborronar páginas. Y que por eso mi sección favorita en todas las grandes superficies es la de papelería. Hedonismo, se llama.
Lo que sí me hace falta es que no haya conexión a internet. Internet me distrae mucho más que las moscas. En cambio, me concentro muy bien en las cafeterías y en los parques. Creo que porque el esfuerzo inicial es mayor y, una vez conseguido el estado de aislamiento, se está muy a gusto allí, viendo a los demás como desde dentro de una burbuja. Ellos se mueven a su ritmo extraño mientras yo escucho Placebo y tomo notas con café. El escenario ideal suele ser un Starbucks. Sí, ese lugar odiado por los puristas de casi todo.
Así que no, no me importa que la cama esté desecha, que en mi mesa no haya flores ni la fecha en la que caiga el comienzo de lo que sea que escribo. A mí lo que me gusta es escribir y lo que prefiero es la comodidad.
A cambio, si salgo de mi habitación en mitad de la noche por algún motivo, lo hago con los ojos cerrados. Porque todo el mundo sabe que monstruo que no ves, susto que te ahorras. Pero de la oscuridad y de mí ya hablaremos en otro momento…
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