El mendrugo

por Alicia Pérez Gil






Alimento a los perros de caza desde que recuerdan, desde que los trajeron, esmirriados y cubiertos de pelusa. Cuando me acerco a la misma hora con el cubo, se arriman ansiosos a la malla; las bocas abiertas, babeantes, colean; alguno gime. Si me entretengo, ladran: primero uno, el mas impaciente, el mas hambriento; luego otro, luego un coro de fauces que no pueden esperar mas, pero que lo harán. Porque el cubo está en mis manos, tras la verja. Cuando abro la portezuela me rodean con avidez, alzan los morros hacia la comida. No me atacarían. Nunca. Están bien enseñados.
La galería se extiende fría, impersonal, hasta donde alcanza la vista. Por ese pasillo largo, vacio, aparecerá un enfermero. Primero le veremos desde lejos, pequeño dentro de su bata blanca, más poderoso a medida que se acerca a la puerta que solo él puede abrir, poco a poco más grande dentro del rectángulo de cristal a través del que le vemos. Hoy se retrasa, así que uno de nosotros alza la voz cuando se detiene frente a una puerta distinta. Aún hemos de esperar, pero esa primera queja ha abierto la espita y otro familiar se lamenta. Luego todos formamos una cacofonía de reclamaciones, indignación y llantos sofocados. En medio del griterío la puerta se abre y el enfermero recita las palabras mágicas:

– UCI 1. Pueden pasar.

– ¿Y la UCI 2?

Desde aquí detrás no se oye la respuesta, así que nos acercamos, ansiosos. No podemos esperar más, pero lo haremos. Porque él es el unico que nos separa de aquellos a quienes quizá estemos ya perdiendo.

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