Se acabaron las vacaciones

por Alicia Pérez Gil



Es difícil volver de unas vacaciones, aunque sean muy cortas. Es difícil plegarse a horarios que otros escogen: el tiempo establecido para levantarse, los diez minutos del desayuno, la pausa del cigarro, la hora estricta de la comida, las reuniones concertadas y, por fin, el momento en que ya puedes recibir un golpe de aire o de sol o de luna porque te es dado salir a la calle.
En vacaciones eres dueño de tu tiempo, que al final es esa materia escurridiza de la que está hecha la vida; y decides cómo emplearlo. Decides cuándo duermes, cuándo comes, cuándo te emborrachas, cuándo lees y cuándo no haces nada porque para eso son vacaciones y te las has ganado. Mi premisa es que el ser humano debería vivir siempre como si fuesen vacaciones. Ya, ya veo las manos alzadas, armadas con porras, garrotes y hoces con que rebanarme todo lo rebanable: Que si no es viable, que si no es sostenible, que si las cosas se hundirían, que si esto, que si aquello.
Parafraseando a uno de mis personajes favoritos: PAPARRUCHAS.
Y me consta que lo que voy a decir a continuación podrá ser utilizado en mi contra en un juicio, pro la terrible realidad es que DEBEMOS vivir en unas permanentes vacaciones. De hecho, ya lo hacemos. Lo que ocurre es que la mayoría de nosotros no hemos escogido el destino que queríamos y por eso vamos por ahí siendo más infelices que cazos, lamentándonos de nuestra suerte.
A ver, casi todos nos quejamos de nuestro trabajo, de nuestro cuerpo, de nuestro dinero, de nuestra falta de amor, de nuestra familia, de nuestros amigos y de nuestra salud.  Echamos la culpa a nuestro trabajo de no darnos suficiente tiempo ni suficiente dinero. Echamos la culpa a nuestro cuerpo de no procurarnos suficiente amor o de tener una salud frágil. Pero todo eso son mentiras que nos contamos, excusas que nos ponemos para no tomar las decisiones que debemos tomar. Por ejemplo: evitamos a toda costa desnudar nuestros problemas hasta el tuétano para no verlos como son: pequeños y fruto del miedo. Tratamos de adecuarnos a esos horarios que vienen de fuera para no decidir qué haremos con nuestro tiempo.
Seguro que os suena: Levantarse a las siete, vestirse, salir corriendo de casa, llegar a la oficina, producir hasta las 1, tomar un café de 5 minutos, comer a las dos, producir a hasta las seis. En ocasiones ser lo bastante ineficiente como para necesitar quedarse dos horas más, llegar a casa a las nueve, quizá las diez, derrotado, tan cansado que no puedes ni pensar en nada que no sea una película ligerita en la tele. Acostarse y vuelta a empezar…
¿Por qué no elegimos levantarnos una hora antes, pasear un poco bien envueltos en nuestros abrigos, escuchando música, llegar pronto a la oficina, desayunar tranquilamente, trabajar a pie firme hasta las dos y pasar una tarde relajada? O, mejor ¿Qué nos impide dejar el trabajo? Esta es fácil y no voy a meterme ahí, aunque podría. No está la cosa para explicar que no necesitaríamos trabajar si cambiásemos algunas estructuras. Así que sigamos con la primera línea de pensamiento:
¿Qué nos impide ser los dueños de nuestro cerebro? ¿Quién pone límites a nuestra capacidad para gestionar el recurso del que estamos hechos? NOSOTROS MISMOS. Y lo malo del asunto no es que lo hagamos, sino la cantidad de justificaciones que esgrimimos para hacerlo: No madrugamos más porque estaríamos más cansados, no hacemos más ejercicio porque eso acabaría con nuestras ya exiguas fuerzas, no cocinamos porque nos merecemos un descanso, no trabajamos más duro a nuestra mejor hora porque eso es dar lo mejor a nuestros explotadores. No comemos lo que nos conviene porque nos merecemos un capricho. Y lo que obtenemos a cambio de toda esta autoindulgencia, de todo este echar la culpa a los demás por las consecuencias de nuestras propias decisiones, es un salario pobre, ojeras, la piel apagada, el culo gordo y un enorme sentimiento de frustración.
Si pudieras cambiar cuatro cosa de tu vida, sólo cuatro, que haces y te gustaría no hacer o que no haces y te gustaría hacer ¿cuáles serían? Yo comería mejor, haría más ejercicio, entrenaría algunas de mis capacidades mentales y me organizaría para poder dedicar más tiempo a la fotografía y la literatura sin que sufrieran mis relaciones personales ¿Por qué no lo hago? Esta es una cuestión de dónde tenga cada uno ubicados sus temores. Una buena manera para encontrarlos es la deducción lógica:
– ¿Qué pasaría si empezases a comer de manera sana y razonable?
– Que perdería peso.
– ¿Qué pasaría si perdieras peso?
– Que me vería más guapa-
– ¿Qué pasaría si te vieras más guapa?
– Mi vida me gustaría menos porque las guapas se merecen una vida que yo no puedo proporcionarme.
Por supuesto, lo anterior es un juego, no os voy a desvelar aquí mis más recónditos secretos sicológicos, pero espero que os sirva. De vez en cuando tengo que procurar recordarme a mí misma que hay mucho liquen viscoso debajo de la superficie.
Está terminando el año. Así que es el momento de hacerse todas estas preguntas, de ser honesto en las respuestas y de dar así el primer paso para que el 2013 nos trate mejor. A fin de cuentas, somos nosotros quienes decidimos cómo será nuestra vida.
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