Niños peculiares

por Alicia Pérez Gil



Es lo que soy: público objetivo para esa portada: fotografía de época, tipografía ídem, regusto a freak show, un hogar infantil, niños raritos… Sin leer la sinopsis, porque en FNAC venden el libro con no sé qué cosa que tapa la contraportada, me quedé con unas ganas locas de comprarlo. Imaginaba una historia a lo David Copperfield un poco más moderna. Algo así de mucho drama, muchas injusticias que se resuelven más tarde, mucho trauma infantil que redunda en vidas adultas atormentadas.

Y el viernes pasado, paseando por la calle Arenal, encontré una librería pequeñita. En realidad me había parecido una juguetería: el escaparate estaba repleto de rompecabezas de madera, miniaturas de latón, muñecas antiguas y, un poco fuera de sitio, algunas novedades editoriales.

Entré en la tienda a ver si encontraba los libros de mis amigas y resultó que aquello era una “librería general” repleta de los clásicos de Cátedra y Austral, libros de texto, un estante pequeño para Alfaguara, las mismas novedades que el escaparate, dos títulos de Salamandra (que no publica obra mala, en serio) y El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares. Sin plástico protector y sin la cosa esa antisinopsis. leí un párrafo al azar, miré el precio, calculé que me quedaba leche suficiente para desayunar el resto del mes y lo compré.

Lo empecé ese día, lo aparqué el fin de semana y, en dos trayectos de metro, me he plantado en la parte de la trama donde todo lo bueno resulta no ser tan bueno. Tengo una idea general bastante precisa de lo que va a suceder, la estructura de la historia no es precisamente la cúspide de la originalidad literaria, la traducción al español no revela una prosa especialmente cuidada, ni brillante ni nada PERO.
PERO
Pero estoy disfrutando de la historia de Jacob, nieto de Abraham, que entra en un bucle temporal y descubre un hogar donde niños con las más variopintas habilidades viven el mismo día durante años. Conoce a la adolescente que amaba a su abuelo, a su profesora, a sus amigos. Y ahora, ya os digo que me encuentro en la mitad, están a punto de aparecer los monstruos. Algo malo pasará que nos llevará a algo bueno. Seguro. Prometo una segunda entrada para revelar si acierto o si me sorprende el autor. Ojalá me sorprenda.

Es un libro en el que existe la piroquinesis, hay un niño invisible, una mujer capaz de transformarse en pájaro, un mundo paralelo, niños de nunca jamás, un bombardeo alemán… Me da un poco de repelús decir que es un libro mágico porque le veo los hilos (y habría que arrancar los ojos a quienes ven los hilos de las marionetas), pero es mágico. Uno de esos libros que  te arrastra a seguir leyendo. Me pasaba de pequeña con historias de Margaret Weiss y Tracey Hickman. Yo sabía que Raistlin no era trigo limpio igual que sé que el personaje que me es más simpático en esta ocasión no va a terminar bien. Un lector sabe esas cosas.

Un lector se enamora aunque no lo sepa, y establece lazos con los personajes a los que ama. Mucho más que un autor. Un autor decide y la capacidad para decidir anula el romance. Un lector se entrega a las decisiones del autor y entonces está perdido. Si es un buen lector, un lector creativo, de los que lee entre líneas, de los que le da muchas dimensiones al personaje, sufre. Porque cuando amas de verdad a alguien sabes cosas. Es lo que da el amor.

Un autor crea un personaje de esa nada de mentira de la que nacen las ficciones y le ve desarrollar algunas aptitudes, actitudes, virtudes y defectos. Pero ya sabe qué hará, cómo se portará ante un reto, si sucumbirá a la tentación o no. Incluso aunque no sepa todo esto, el autor sabe lo que le va a pasar a su personaje. No seré yo quien diga que escribir carece de misterio. No es así. Sin embargo sí carece del misterio de la lectura. Cuando lees te dejas llevar. Abrir un libro es como comprar un billete de tren a ciegas, subirte en el vagón y mirar por la ventana mientras a tu lado se sientan personas con las que no volverás a encontrarte pero que marcarán tu vida al menos mientras dure ese viaje.

En mi caso, cuando un libro despierta en mí esta clase de ecos abro mucho los ojos y me pongo alerta. Intento aprender todo lo que puedo. Porque a la vez que me enamoro me entran unas ganas locas de escribir. Cuando veo “Mira quien baila” quiero bailar, cuando veía OT quería cantar y cuando leo un libro que me emociona quiero escribir. Es un poco como cuando eres pequeño y tu compi del parvulario tiene unas pinturas nuevas chulísimas y tú las quieres. Yo quiero eso: quiero poner una palabra delante de la otra  y que alguien, quien sea, mi madre, mi hermana, mi vecina del segundo que tiene más paciencia que una santa y me lo aguanta todo, lea una de mis historias y se emocione. Y quiera escribir.

El hogar de Miss Peregrine ha conseguido eso. No es un gran libro, los he leído mejores. Pero llevaba tres abiertos en este último mes que no me decían nada mientras que este me recita al oído.

Ya os contaré qué pasa en la segunda mitad, si el libro se queda fuera o dentro de mi espejo.
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