12 fragmentos de azogue

por Alicia Pérez Gil

No puedo, en conciencia, dejar ir el año sin el resumen más querido para mí. Os cuento: Después de 20 largos años sin escribir, por motivos que no vienen al caso, en 2012 decidí que ya venía siendo hora de recuperarme a mí misma. Suena un poco místico y raro todo esto pero podéis creerme: es así.


Más o menos en marzo me dije que Amazon era mi última oportunidad. No para publicar -jamás he enviado nada a una editorial-, sino para someter a juicio público mis relatos. A lo largo de los años había juntado una colección exigua de historias de terror que decidí completar con algunas nuevas para airearlas todas juntas y que fuera lo que Dios quisiera. Tenía que quitarme de la grupa el miedo al fracaso primero y el miedo al éxito después.

Para ser sincera -no humilde, sino sincera-, debo aclarar que nunca confié de verdad en mi capacidad como escritora, ni en el gancho de los relatos, ni mis oportunidades de éxito. Lanzar Inquilinos del espejo en la red fue para mí una manera de exorcizar fantasmas varios, de sacudirme el polvo de todo lo que aún no había escrito, de reencontrarme con los bolígrafos y el papel. Lo que pasa cuando uno no tiene demasiada fe en sí mismo es lo que les ha pasado a mis cuentos: Puesto diez mil de las listas. Un sonorísimo fracaso.

Sin paños calientes. A todos los efectos mi carrera de escritora se encuentra en este momento en el mismo peldaño que Hitler en su ascenso para ganarse las alitas de ángel. He vendido unos 200 ejemplares en 4 meses.

La otra cara de esta moneda, en cambio, es de oro puro incrustado de diamantes y esconde uno de los mayores éxitos de mi vida: escribo. Escribo mucho, escribo a diario y escribo bien. Para eso me ha servido la auto edición; para aprender que lo que me gusta es poner una palabra detrás de otra y construir una historia y trasladar esa historia a un público que sé que crecerá. Porque el producto es bueno. El fracaso no es nada. El fracaso no existe más que dentro de la cabeza del que intenta algo y no lo consigue.

Lo había leído cientos de veces antes, aquello que decía Edison de que no erraba cien veces, sino que encontraba cien maneras distintas de cómo no hacer las cosas. Ahora comprendo que es cierto. Fracasar significa sentirse pequeño, creerse menos que otros porque no se consiguen las mismas cosas que ellos. Fracasar, en última instancia, es dejar de intentarlo, es dejar de hacer aquello con lo que disfrutas porque aparentemente no va a ningún sitio.

Hoy he releído los diez cuentos iniciales de Inquilinos y el número 11 que se les unió después: Deabru. Y me ha gustado lo que he encontrado en ellos: pasión, una redacción fluida  diálogos vibrantes, sorpresas, vaivenes. Una colección de monstruos antiguos reconvertidos en nuevos monstruos y sobre todo, debajo de todo ello, una visión personal, la mía, de los fantasmas que acosan la vida de todos y cada uno de nosotros.

Me decía un amigo hace poco que el terror vende mal y los relatos peor. Para mí el único significado real de eso de las ventas es el de llegar a más gente, así que os digo que   estos diez cuentos  y la novela corta que les acompaña no son sólo terror. Van muchísimo más lejos.

Os dejo con un fragmento de cada uno de ellos. Los disfrutaréis.

Añado también un adelanto de la novela que publicaré en 2013: En el país de los ciegos. Y deseo para todos y cada uno de vosotros que encontréis lo que sea que os haga tan felices como a mí escribir.

1.- Los motivos
– ¿Eres un vampiro puro? Todos creen que sois una leyenda, que no existieron nunca. Aunque eso explicaría el sonido de tu voz. No te ofendas.
– ¿Y de dónde habríais salido vosotros?
Lo preguntó con el mismo tono que las madres usan cuando quieren que sus hijos comprendan que han dicho una tontería. El mismo tono, pero la voz de un fantasma o una criatura prehistórica.- Ya te he dicho que creo que soy el último, de todas formas. Los demás han ido muriendo, en su mayoría de inadaptación. Nos hacemos más fuertes con el paso del tiempo, sí, pero eso no nos hace invulnerables. Los humanos han ido evolucionando como raza, y la nuestra también. Compara tu cuerpo con el mío. Mira qué diferentes somos. Estás acostumbrada a vampiros refinados, todos ellos conversos. Hombres y mujeres con una mentalidad y una constitución parecidas a las tuyas. Yo he tenido que pasar por inventos como la rueca, la radio, el televisor, las armas de fuego. Cuando llegamos a la madurez, ahí nos quedamos. Y a mí me ha tocado vivir con esta pinta de hombre de las cavernas: frente prominente, pelo por todas partes. Hay quien dice que parezco más un mono que un hombre. A veces me cuelo en el zoo para verlos. No puedo dejar de estar de acuerdo: tengo aspecto de primate.
2.-  Los mecanismos del amor
La señora Vega le pareció una mujer despierta. Observaba cómo montaba los focos, se fijó en la disposición de las cámaras y sonrió cuando Alicia la enfocó, sin preámbulos.
– Sin flash.
– Nunca lo uso.
– Ya veo.
– No se preocupe. –Dijo mientras se acercaba a la punta de su nariz con un objetivo de tamaño desproporcionado.- Sólo estoy probando. Mañana comenzaremos a trabajar. Ahora nos conoceremos un poco, para relajar tensión. He comprobado que los modelos no profesionales se sienten más cómodos si se hace una sesión previa, informal.
Las arrugas de la anciana, las manchas de su piel, no parecían importarle. Miraba al objetivo con determinación, como si quisiese extraerle algo. Tenía unas ojeras oscuras, casi moradas, como si la hubiesen golpeado; y las manos engarfiadas. Sin embargo lo que Alicia percibía a través de la lente era su avidez.
– Tengo un par de cosas que hacer. –Comenzó.- Luego moriré sin pena. No volveré a molestarte. Necesitaría saber si los efectos se notan enseguida…
– Ya sabe lo que opino de eso.
3.- Melodía en verde
Medio a tientas encontró el pomo. Parecía agarrotado. Trató de girarlo,  pero no consiguió que se moviera. Lo soltó y se alejó un par de pasos. Miró hacia la puerta, pero la oscuridad parecía haberse solidificado en aquella esquina. De nuevo se acercó, recuperó los dos pasos con los brazos extendidos, para empujarla. Chocó contra ella con toda la fuerza de su cuerpo esbelto, modelado en un gimnasio, pero no hubo resultado. No sólo permaneció cerrada, sino que tampoco crujió, ni tembló, ni se recolocó sobre los goznes. No se dieron un pequeño titubeo, ni la impresión de que cedía unos milímetros para volver enseguida a su posición inicial. Nada.
Noemí miró hacia atrás por encima del hombro. La mujer y el bebé callaban como muertos. Ni siquiera oía sus respiraciones. La verdad era que no sabía si seguían allí. De nuevo alargó el brazo en busca del interruptor, pero dejó que cayera inerte a lo largo de su cuerpo antes de encontrarlo. Se había olvidado de que la luz no funcionaba.
– ¿Oye? – La punta de la lengua se le pegó un momento al paladar. Necesitaba un vaso de agua.
– Pensé que te habías ido.
Noemí se sobresaltó. Supuso que se debía a la oscuridad tan densa, a ese ambiente al que sólo le faltaban los crujidos, los sonidos extraños de pies que se deslizasen o los chirridos de bisagras mal engrasadas.
– No puedo abrir.
4.-  La esquina
Dejaron Oscar a  sólo dos escalones del éxito. No le gustaban la soledad ni la proximidad de la puerta rota. Sabía que los monstruos no existían porque se lo había dicho su padre y su padre no mentía nunca, pero detrás de las puertas podía esconderse cualquier cosa. Además, allí olía tan mal que le daban ganas de vomitar. Pero tenía que bajar un peldaño más, tocar la puerta y subir. Sólo un peldaño más, desde el decimonoveno alcanzaría los tablones por los pelos. Ni se le pasó por la cabeza la posibilidad de una mentira. Avanzó con la pierna izquierda y posó el pie en la superficie de cemento tan cercana al agua pestilente y medio cubierta de restos de bocadillos de la semana anterior, envoltorios de chocolatinas y salpicaduras no identificadas. Para llegar hasta la puerta desde allí tendría que soltar la barandilla, bajar el pie derecho y estirarse todo lo que pudiera. No le habían dejado el compás, los muy cerdos. Se quitó el flequillo de la frente sudorosa, soltó la barandilla y, muy despacio colocó el segundo pie junto al primero. Había alcanzado el escalón diecinueve sin novedad. Ni se movía el aire. Lo peor que le había pasado era el olor del charco. Esbozaba una sonrisa de triunfo cuando sus dedos no distaban más de dos centímetros de la madera. Entonces sonó el timbre que indicaba la vuelta a las clases. Dos pitidos largos, estridentes. El ruido le pilló desprevenido, perdió el equilibrio y cayó de bruces sobre la inmundicia del descansillo final. Cuando apareció en clase los demás niños se rieron hasta que no pudieron más. Todos menos Javi y Amparo. Ellos sabían que, a partir de ese momento, la guerra se había convertido en otra cosa.
5.- A las dos serán las tres

Se sentía limpio y nuevo. Sin estrenar. Betina exploraba el resto de la casa mientras él remoloneaba en la cama, en la que no encontró ni rastro del olor de Milagros. Sonrió. De repente ya no quiso cama, ni casa ni nada. Le apetecía estrenar la calle con pasos nuevos de soltero redescubierto y se levantó. Betina se había sentado en uno de los sillones relax del salón, desnuda aún. Mario no hizo caso de su erección incipiente.
– Vamos a la calle.
– ¡Uy, no! En la calle no hay sillones de estos.    
– Bueno, pues quédate en el sillón. Yo me voy.- La besó en el pelo.
La temperatura agradable, la brisa leve que refrescaba la piel de sus antebrazos, libres de la camisa laboral y la chaqueta corporativa le pusieron romántico. Había salido del piso con la intención inocente de dar un paseo. Suponía que la ciudad se vería distinta desde la perspectiva de un hombre libre. No se había equivocado. Quizá se debiera a un brote de calor temprano, aunque el aire que le enfriaba los brazos sugiriese lo contrario, pero todo tenía un aspecto extraño. Los mismos edificios se mostraban más nítidos, o difusos. No podía precisarlo. Quizá había bebido más de lo que recordaba.
6.-  A la tercera

Pero no había sido un accidente. Aquel silencio sólo podía deberse a un crimen. Y el gemido. Recordó el gemido, que no parecía un estertor final, sino una especie de quejido de esfuerzo o… de placer. Bajo la ropa de cama Albert sintió que se le iba el color de la cara. Se alegró de no haber increpado a la pareja para que parasen el escándalo. Era posible que su falta de valor le hubiera salvado la vida. La misma falta de valor que le impedía bajar a la recepción a avisar de lo que había ocurrido. Si lo hacía se convertiría en uno de esos héroes de provincias de los que la televisión hablaba de vez en cuando. Y también podía suceder que se encontrase con el asesino en las escaleras, o en el ascensor, que le viera en la cara que sabía lo sucedido y que en lugar de en un héroe, Albert se convirtiese en el segundo cadáver de la noche.
Se arrebujó en las mantas hasta las orejas y cerró los ojos. Un poco sin querer y desde luego sin darse cuenta retomó su cuenta atrás. 295, 294, 293… Con cada número recuperaba el control de su respiración y el de sus pensamientos. Se le ocurrió que había una explicación mucho más sencilla… 284… quizá habían terminado de… de hacerlo y a él le había llegado el quejido del clímax. Sí, se había parecido más a un sonido animal que a uno humano, pero en la cama cada uno es como es… 277…  Ya lo decía su terapeuta. Hasta Rose lo decía: lo normal es que pase lo normal.  Lo más probable era que en la habitación contigua no hubiera sucedido nada extraordinario…265…
7.- El fiordo
– Elena –su hermana no le hizo caso. Habría extendido el brazo y le habría tocado el hombro para llamar su atención, pero no se atrevió a moverse.
– Elena –Fue Hans quien la señaló, sin apartar la vista de la carretera imposible, para que la otra la escuchara. Había estado mirándola por el retrovisor, con una sonrisa forzada.
– Elena, no ha sido una buena idea sacar el tema.
– ¡Ah! ¿Es que te has enterado de algo? –Ella también sonreía, con una dulzura fingida que no conseguía disfrazar la ira contenida.
– No tengo ni idea de lo que habláis, pero aquí detrás   se ha sentado una chica muerta. Tú sabrás qué le estás diciendo.
– No empieces con tus cosas, Gilda, por favor. No hace falta que saques nada de quicio. Mira, por algún motivo estaba segura de que te lo pasarías bien aquí. Todavía lo estoy. No hay nada sobre humano. Volveré a España sabiendo algunas palabras en noruego y algunas historias nuevas que contar. Verás como a ti también te gusta. Hans es un gran narrador. Este cuento se lo he pisado yo y está un poco molesto –Agitó la rodilla del noruego como si le conociese desde siempre.- Tenía un programa de mucha audiencia en televisión y está acostumbrado a ser la estrella. Eso es lo que le pasa. Creo que ya no lo hace. Ya sabes como son esas cosas: éxito, envidias… lo de siempre, como en casa.
Gilda miró a su izquierda por instinto, para buscar un aliado, y la vio por primera vez: pequeña, azulada. Escrutaba el espacio más allá de Gilda con sus ojos sin iris. Hans se subió el cuello de la camisa con una mano. Cuando la devolvió al volante Gilda notó un ligero temblor. 
– Lo que tu digas, pero cambia de tema.
8.-  La rusa
– Es la última vez que ves el mundo desde ahí arriba con un defecto de visión. Míralo bien, Laura, y acuérdate de la pinta que tiene, que cuando te pongan las gafas todo será distinto. Sólo un poco distinto, pero distinto.
No les permitieron montar en la rusa. Un par de vueltas antes de que les tocase a ellos hubo un accidente. El tren se paró boca abajo en uno de los loops, la gente se volvió loca y el parque anunció que se suspendía la atracción hasta nuevo aviso. En el suelo muchos se quedaron mirando a los que se habían quedado colgados. La mayoría con caras de susto. Se cogían nerviosos de las manos, o se abrazaban afectando normalidad. Laura y su abuelo se marcharon tan rápido como pudieron, con las bocas taponadas a duras penas por sus puños. El cuerpo les pedía reírse a carcajadas. A los dos. En cuanto cesó el sonido de las ruedas y supieron lo que había pasado, les asalto el impulso de reír.
Al final subieron en la lanzadera. Desde arriba del todo se veían los límites más lejanos de la ciudad. El cielo no podía ser más azul a aquella altura, pero cerca de los edificios todo parecía envuelto en una especie de bruma. Laura sabía que se trataba de contaminación, pero aún así fijó la imagen en su mente por si acaso las gafas eliminaban aquella pátina de misterio y nada volvía a ser lo mismo.
A los pocos días la llevaron a la óptica y resultó que la habían graduado mal. De alguna manera, la máquina había encontrado dioptrías donde no las había. El error había sido del oftalmólogo, pero obligaron a su madre a pagar de todas maneras. Aquel había sido el comienzo de su mala relación; sin embargo, Laura recordaba la risa de su abuelo y el bienestar inexplicable que la invadió cuando bajaron de la lanzadera. Ese día también había visto cómo un niño muy pequeño se caía de un pato verde con manchas moradas en el tiovivo. Su hermano mayor se había distraído, había aflojado el abrazo y el pequeño había resbalado de la grupa del pato. Sin duda, aquel había sido un accidente menor en comparación con el parón de la rusa. Y de todos los recuerdos agridulces, si su abuelo formaba parte de ellos, Laura conservaba lo dulce. Sin perder lo agrio, pero sin dejar que le estallase en la boca el sabor desagradable.
9.-  Hasta que crezca

Caminaba tan despacio que podía oír sus pies cuando los apoyaba en el suelo. Con cada paso le devolvían un sonido como de esponjas preñadas. Recordó el gesto de  asco que su hermana solía hacer cuando se bañaba después que él y cogía la esponja llena de agua.
-¡Está lamigosa, mamá! ¡Me la ha vuelto a dejar de mocos!
Así sonaban sus pasos: como un puñado de mocos envuelto en felpa. Se miró los pies y vio por qué: las toallas del hospital habían recogido una buena cantidad de mugre. A su espalda había dejado un camino de babosa. Se habría librado de ellas en ese mismo momento, pero no tenía guantes. Se acercaría a la ventana de la sala de incubadoras, analizaría el panorama y luego buscaría un par. El tétanos no era nada si se comparaba con la posibilidad de que sangre seca de hueco se filtrase en su cuerpo.
El corazón no le latía cuando alcanzó el primer cristal. Contuvo la respiración y estiró el cuello. El resto del cuerpo le siguió con recelo. Aquello no tenía buena pinta: Casi todas las incubadoras estaban vacías. Había dos bebés muertos en cunas cerca de la ventana, justo debajo de su nariz. El cristal de seguridad no permitía que se filtrasen los olores, pero dentro de la sala la cosa no sería igual. Una niña diminuta vestida de rosa respiraba muy levemente dentro de una incubadora, a su izquierda. Los monitores se habían desconectado o se habían estropeado o lo que fuera. El caso es que eso había salvado la vida de la criatura de momento. Nada a su alrededor hacía ruido. Ni siquiera ella. Desde su posición Rafael no podía asegurarlo, pero parecía dormida o inconsciente. Un problema menos. Si se despertaba y se ponía a chillar… pero se ocuparía de eso a su hora.
10.-  Disfunciones
(3)
Anoche no pude salir a alimentarme. Un grupo de jóvenes vándalos se adueñó de los pisos superiores. Se supone que este es un país donde todo el mundo está educado a la perfección. Se supone que la juventud corrupta existe solo mas allá de nuestras fronteras, pero aquí estaban esos ayer, hablando de escaparse, de organizarse y dar un golpe de estado. Más les valdría dormir en sus casas en vez de venir a los bosque a cantar canciones obscenas y a llamar la atención sobre mi laboratorio. Al menos no eran de esos que se creen exploradores. Se contentaron con vociferar toda la noche y proferir amenazas contra los lideres del partido. Ninguna de sus voces me resultaba familiar.
A nosotros no se nos habría ocurrido. A ninguno de los nuestros ¡Malditos juegos de palabras! Entonces nos dijeron que éramos invitados. Más tarde engrosamos las listas de camaradas. Uno no abofetea a su anfitrión, no traiciona a su camarada. Estos niños mimados, estos hijos de la revolución, carecen de modales. Estúpidos desagradecidos incapaces de disfrutar de la paz. Aunque sea de la paz rusa.
En un momento se dispersaron y uno de ellos se quedo solo. La sed era tan fuerte que pensé en salir y matarle. Si es que a eso se le puede llamar pensar. Cuando estoy en ese estado, cuando de verdad necesito beber no es mi cerebro el que actúa, sino todas las demás células de mi cuerpo. Tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad. Pero ni siquiera estoy seguro de que fuera mi decisión. Quizá fue este nuevo instinto de conservación el que registro el peligro de cazar tan cerca de mi cubil. No puedo evitar hablar de mi como si hablase de un animal. Salvo por mis análisis, pocas veces me comporto ya como una persona. E incluso estos los llevo a cabo con una cierta compulsión muy impropia de mi. Al menos he recuperado la costumbre de escribir.
Si me paro a pensarlo, creo que no me echo de menos. Una carrera ciertamente prometedora, si, pero nunca habría dejado de ser un inmigrante. Ahora mis orígenes no importan porque ya no soy de aquí ni de allí. Ahora soy una nueva especie. Da igual que no tenga patria, ni bandera, ni himno nacional ni orgullo de raza. Ahora nadie podrá mirarme por encima del hombro y murmurar que por culpa de la caridad rusa los extranjeros tenían acceso a puestos de trabajo mejores que los de los propios rusos. Ese imbécil de Alexei tendrá que rendirme vasallaje como si yo fuese descendiente de los zares y la revolución del 17 no hubiese existido.
Podría haberles seguido hasta sus casas y haberlos matado allí. Sin embargo no lo hice. Y no fue por prudencia, maldita sea, sino por vestigios de terror. ¿Qué me sucedería si llamase la atención sobre este sitio y viniesen a buscarme? Me molesta, pero me alegro de haber tenido miedo. Alguien habría sabido que habían estado todos aquí y habrían venido a buscar pistas. No estoy tan bien escondido que sea imposible encontrarme.  Aún no. Tampoco ellos serán tan anónimos que nadie sepa de sus utópicos planes.
11.- Deabru

En cuanto cruzó la puerta y unas campanillas tintinearon sobre su cabeza, la dependienta apareció tras el mostrador con los brazos en jarras.

– Está cerrado.

Amelia sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. La mujer, tan parecida a la posadera desaparecida que asustaba, afianzó su posición: se cruzó de brazos y separó las piernas como si su indeseada clienta supusiese algún tipo de amenaza física.

¡Son las…! – Amelia no llevaba reloj. Nunca se lo ponía durante las vacaciones porque se sentía más libre si no dependía de las horas. En esa ocasión, además, menos que en ninguna. Si se permitía que la dominase el transcurso del tiempo se volvería loca.- ¡Es muy temprano!

– También abrimos temprano. Está cerrado.

– Me da igual.- No se creyó que aquello hubiese salido de su boca. – Necesito ayuda.- Pareció que la segunda mujer con moño y aspecto de escena bucólica del dieciocho vasco no tenía nada que oponer. Había entrado allí en busca de instrucciones para localizar una farmacia, pero aquella falta de educación la había sacado de sus casillas. – Necesito algo para los labios: cacao, vaselina. Cualquier cosa.

La dependienta dudó un momento antes de desaparecer en la trastienda.

– Grasa.

– ¿Grasa?

– De pescado. No le gustará, pero es lo único que tenemos. Va bien para las desolladuras. Tiene usted la boca como si se hubiera frotado los morros con una zarza.

– ¿Cuánto cuesta? – Trató de reconciliarse con la aldeana. La había tratado con una brusquedad inmerecida, pero también era cierto que en otra circunstancia  Amelia no habría perdido los papeles de ese modo.

La mujer dudó de nuevo.

-No se preocupe, no está a la venta. De todas maneras, he cerrado ya la caja.

– Pero tendré que pagarle algo.- ¿Es que no le permitiría rectificar? ¿Es que no tenía derecho a arrepentirse’

No te vayas así, Raquel. Tenemos que hablar de esto. Cuando lo hagas será irrevocable.
Cuando su hija se dio la vuelta, deseó que no lo huiera hecho. Leyó algo más que enfado en su rostro. A los berrinches de niña única estaba acostumbrada; cada semana le sucedía alguna desgracia irremediable, el mundo se complacía en girar en dirección contraria a su conveniencia. Pero en aquella ocasión no se trataba de una pataleta infantil. Así de frágiles eran sus vínculos más sólidos.
– Márchese y déjeme cerrar. Con eso vale.

Salió mareada de la tienda. Fuera, bajo los soportales, llegaba tan poca luz que parecía de noche. Sin embargo, en el centro de la plaza, donde se levantaba una fuente redonda de un color rojizo muy poco acorde con el resto de los edificios, el sol lo iluminaba todo como en pleno verano.
12 .- En el país de los ciegos

– Si le dejamos marchar correrá la voz. La única manera de evitar que los rateros se multipliquen es cumplir con la ley. Ya hemos pasado por épocas más permisivas. Creo que todos lo recordamos. No se podía salir a al calle.

El hombre a su espalda estrechó la presa sobre su hombro y su muñeca. Los demás se alejaron, pero el que se había vuelto le mostró de nuevo un rostro en el que sólo se distinguían sombras más oscuras donde deberían estar los ojos y el filo de la nariz débilmente iluminado por algún haz de luz furtivo. Enrique miraba ese fragmento absurdo de luz, concentrado en mantener la regularidad de su respiración, cuando sintió que un puño se le hundía con fuerza en un costado. Se dobló sobre sí mismo, trató de protegerse, pero medio cuerpo se le quedó encajado en el abrazo del hombre que no le había soltado. Con la mano izquierda quiso alcanzar el lugar del impacto. Le palpitaba la carne. Bajó la vista de manera refleja y el otro le golpeó de nuevo. Una patada en la entrepierna le dejó clavado en el sitio. Le fallaron las piernas y vio como la negrura del suelo se lo tragaba. Fue lo último que vio antes de una patada en la cabeza que le removió el cráneo. Sintió como si el cerebro se golpease contra el hueso. Ni siquiera se dio cuenta de que le goteaba la nariz y se había mordido la lengua. Lo único que le importaba era continuar respirando y que no le tocaran los ojos. Se encogió automáticamente; replegó las rodillas contra el pecho y se cubrió la maltrecha cabeza con los brazos. De alguna parte una nueva patada se alojó en sus riñones. Sintió que algo se le rompía por dentro cuando la cuarta bota se encontró con su cadera.

– ¿Oís eso?
– Suena como un perro.
– ¡Ni siquiera!
– Dejadlo ya, chicos.
– No podemos. Aún no se ha identificado.
– Si no ha gritado ya, no creo que vaya a hacerlo.
– A lo mejor no puede.
– Son listos, estos cabrones. No podemos rendirnos.
– Tampoco podemos matarle.
– Mi hermana…
– Todos sabemos lo de tu hermana, Marcelo, pero no podemos matarle.

Marcelo se agachó. Enrique temblaba. Los mocos se mezclaban con la sangre de la nariz y de la lengua mordida. También con las lágrimas. Cuando le empujó para gritarle de frente no vio que la luz se estrellaba en la circunferencia casi perfecta de su rostro transpirado por el esfuerzo de la paliza. En su estado, tampoco el herido lo vio. Si hubiera abierto los ojos se habría dado cuenta de que el dueño de los zapatos ensangrentados no sólo sudaba. También había llorado. Le pareció que unas gotas se estampaban contra su frente mientras un aliento agrio se le filtraba por la garganta. No podía respirar por la nariz aplastada.


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