Felices siempre

por Alicia Pérez Gil


Los años tienen 365 días. 366 si son bisiestos. Eso quiere decir que tras el 31 de diciembre llega de nuevo el 1 de enero y que no es el mismo uno de enero que el año anterior. El tiempo ha transcurrido, han muerto personas a las que amamos, han nacido personas a las que nos estamos acostumbrando, se han extinguido voces, detenido corazones, enterrado sueños. Se han movilizado ideas, publicado libros, compuesto canciones.

Me gustan los finales. A veces me duelen, como a todo el mundo; pero en general me gustan. En el cole me enseñaron que la energía no se crea ni se destruye, se transforma. Y no, no lo entiendo muy bien porque como yo no soy infinita ni eterna ni poseo ninguna de las cualidades que me permitirían comprender eso de verdad, me tengo que conformar con intuir de qué va la cosa. Eso sí, lo que intuyo me gusta.
Este año he cumplido muchos de los propósitos que me he ido marcando. No me he teñido el pelo, no he comprado ropa que no necesitara, he escrito a diario, he conocido nuevas personas. He sido sustancialmente más feliz que en los cuatro o cinco años anteriores. Hay quien dice que esto es culpa de un hombre con la cabeza poblada de rizos. Puede que sea cierto.
No lo es menos que durante estos 12 meses no todo lo sucedido ha sido bueno. Me he llevado algunos sustos, algunas decepciones, he engordado, me han salido arrugas, me he descubierto defectos nuevos –y que algunos de los conocidos perduraban-. Aún así el balance es positivo. Lo que se torció se endereza, lo que me molestaba desaparece.
Se esfuman muchas cosas en un año. En 2012 hemos perdido a la arquitecta que reformó uno de mis museos favoritos, El Orsay de París. Murió el hombre que marcó el primer gol de la Bundesliga, Paco Valladares no recitará más poemas, la gorra de Miliki adornará la vitrina de alguna galería aún por construir, Whitney Houston no se recuperará de su adicción a la cocaína, Mingote no hará más borratajos para que yo sonría; de Vidal Sasoon no queda más que su nombre en los champús, para Donna Summer ha sido finalmente suficiente, Ray Bradbury no levantará de nuevo su pluma, Chavela no desgranará más notas amargas… Y me aterra que en 2013 enmudezca Raphael, que es el último icono de una época que no terminó con su 31 de diciembre, sino que acabará cuando mueran quienes la perpetúan.
En 2009 la muerte de Michael Jackson me arrastró a un concierto de Springsteen ¿Por qué? Pues porque los grandes también se van y el vacío que dejan no se llena con facilidad. Pero se llena. Antes o después, con mayor o menor acierto.
Por eso sé que en el año que comienza nacerá una niña, o quizá un niño, con una garganta capaz de conmover a las piedras. Un bebé con una sonrisa radiante se colocará dentro de unos años una nariz colorada y conseguirá que generaciones de niños solo sepan contestar “¡Bieeeeeeeeen!” cuando les pregunten cómo están. Algún mal estudiante dibujará comics enteros en los márgenes de su ipad, con una app con la que yo no puedo ni soñar, las próximas crónicas de marte quizá se escriban desde la superficie del planeta rojo…
Porque con cada final se abre un comienzo. Porque lo bueno no se crea ni se destruye: se transforma. Por eso hay que empezar el año con los ojos muy abiertos, los sentidos alerta y las manos tendidas a quien lo necesite. Está en esas manos, en las de cada uno de nosotros, que el año nuevo sea un año bueno, un año de energía transformada.
Y esto no es un deseo, es una certeza.
Hagamos felices a los demás. Es garantía de que seremos felices.

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