En el país de los ciegos : Presentación

por Alicia Pérez Gil

Presentación

En el país de los ciegos iba a ser un relato muy corto que hablara de incomunicación y de necesidad de contacto humano. Ahora es casi una novela adulta. Me pasa eso con muchas de mis historias: crecen sin que me lo proponga y ganan -quiero creer- en complejidad y en significado.

¿Cómo nace un proyecto en el que el protagonista es un niño sordo e incapaz de hablar, huérfano de padre,  que pierde a su madre a los once años y se encuentra solo en un mundo en el que todos los demás son ciegos?

En Facebook y en el  metro de Madrid.

Facebook nos pone en contacto ficticio con tantas personas como queramos. El metro de Madrid nos pone en contacto físico íntimo, con muchas más de las que queremos. Hoy mismo, sin ir más lejos, venía escuchando música con los brazos cruzados sobre el pecho y la mujer que se ha sentado a mi lado me ha rozado varias veces con su brazo mientras buscaba algo en su bolso. Por lo general, este tipo de accidentes me ponen muy nerviosa. Mi espacio íntimo intercomunicacional es muy reducido y me siento invadida con frecuencia. No sé si a vosotros os sucede lo mismo.

En el otro extremo, disfruto muchísimo de mi interacción en Facebook. No porque con la red de por medio muestre una persona diferente de la que en realidad soy, sino porque hago públicas características mías que no me atrevo a desplegar en la vida analógica. Busco contacto virtual porque no puedo con el físico, pero lo necesito.

Así las cosas, nace Enrique. Enrique, que vive en un mundo muy extraño donde los únicos colores son los de la naturaleza, protegido por su madre, que le adora. Cuando esta madre muere, la vida de Enrique se convierte en una pesadilla. Imaginad un mundo de ciegos donde las personas se comunican mediante el tacto y el oído. Imaginaos un crío que no puede emitir palabras ¿No os asustan las personas con las que no os podéis comunicar?

Estos son los mimbres sobre los que se construye En el país de los ciegos. A continuación os presento el fragmento inicial. 

Como siempre, espero que lo disfrutéis.

Despertó sobresaltado. La luz del sol le hería los párpados. Durante la noche había apartado la sábana con los pies y aún conservaba el pelo pegajoso de sudor nocturno. Miró hacia la mesilla desierta y su sensación de alarma se acentuó: su madre no le había dejado el vaso de zumo de la mañana. Siempre lo hacía cuando trabajaba temprano.

Abandonó la cama de un salto y, sin pasar por el baño, se dirigió al otro dormitorio. Deseaba con toda su alma encontrarlo vacío, la ropa de cama revuelta sobre el colchón, las puertas del armario abiertas, un pequeño desastre matinal que indicase que se había levantado tarde, sin tiempo para arreglar el cuarto ni para preparar el zumo de Enrique. No fue así.

Desde la puerta, el cuerpo acostado semejaba dormir, pero él había aprendido las diferencias de los pequeños detalles: los tendones rígidos del cuello, la mano que apretaba un puñado de tela arrugada, ningún movimiento, nada. Ni tan solo uno muy leve en el pecho. Su madre había muerto en mitad de la noche, sin avisar. A Enrique le temblaron las piernas ¿sin avisar? ¿Seguro? El cuerpo yacía con la cabeza girada de modo que el rostro quedaba oculto. El chico se acercó a él muy despacio, como si quisiera dar tiempo a su sentimiento de culpa a instalársele en el pecho.

Rodeó la cama con cuidado de no tocar nada. Estaba despierto. Sabía que estaba despierto porque, cuando soñaba, las cosas cobraban una calidad etérea mientras que la penumbra de la casa  resultaba tan sofocante como cada día. A los demás no les importaba. Los demás no veían. Enrique habría preferido ser ciego también. No era la primera vez que formulaba ese deseo.

– Dios, quítame la vista y haz que pueda oír y hablar como los demás. – Dio otro paso hacia la pared del fondo.- Dios: te lo pido por favor, que no haya muerto gritando. – Un paso más, lento como el fuego que cocía a los condenados en el infierno.- Dios: si se ha muerto por mi culpa, te mataré a ti.

Las otras veces se lo había pedido arrebujado en las mantas, o sumergido en el agua fresca del río. Se bañaba en el río, sólo, porque no le querían en la piscina. Los niños ciegos que chapoteaban, todos juntos, en el recinto acondicionado, se reconocían por el tacto y por las voces. Desde el bordillo veía moverse sus bocas, se reían, salpicaban, saltaban porque en ese entorno se sentían seguros.  Enrique no les gustaba. No respondía a sus llamadas ni a sus chillidos de placer. Tampoco hacía ruido. Salvo unos quejidos inarmónicos que a los demás les sonaban como chirridos extraños. Para los otros suponía una amenaza.
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