Alicia – tetas

por Alicia Pérez Gil

FEAT-VIVIRQuerido lector o lectora que has llegado aquí porque has buscado “Tetas Alicia” en Google y el destino te ha guiado hasta el blog de una tal Alicia, que soy yo. Esta entrada está escrita en tu honor y te animo a que la leas hasta el final y dejes tu comentario. No encontrarás en ella ningún insulto, lo prometo. No creo que seas un degenerado, ni una degenerada. Muchísimas gracias por tu atención.

Cuando era muy pequeña, no pasaba de los siete años, mi vecino de enfrente, se llamaba Rafa y tendría unos diecitantos, me tocaba por encima de las bragas a cambio de cromos de Don Quijote de la Mancha, la serie de dibujos animados de los ochenta. Eso me convierte, dependiendo del punto de vista, en una puta precoz o en una víctima de abusos. Recordé el hecho mucho después, a los 17 años, mientras me daba el lote con mi novio en el parque. Cosas de la adolescencia, de esas que hemos hecho todos. Por supuesto, Rafa me pedía que aquello se mantuviera en secreto y yo nunca lo conté. Por mucho que me esfuerzo no consigo imaginar qué satisfacción de tipo sexual podía obtener un postadolescente manoseando la ropa interior de una niña que acababa de empezar el colegio.

Antes de ese flash de memoria que me dejó estupefacta pero que no me traumatizó, al menos en un nivel consciente que yo perciba, sufrí –y esto sí lo recuerdo con dolor- una humillación de la que me costó recuperarme. Vaya por delante que hoy en día mantengo una relación muy sana con mis pechos. Sólo me molesta la dificultad para encontrar sujetadores de mi talla que no parezcan sacos de patatas. Aunque la lencería evoluciona y, con esto de los implantes, cada vez hay más modelos de mi gusto que además me sientan bien. Incluso he recibido un bonito conjunto como regalo las pasadas navidades.

En la escuela, allá por los catorce años, mis tetas eran las más grandes de mi curso. Es un hecho. Es otro hecho que nunca estuve en el grupo de las guapas, populares ni tías buenas. Había algo, posiblemente desparpajo, seguridad en sí mismas y sentido de pertenencia que ellas tenían y a mí me faltaba. Para compensar, ellas carecían de los kilos que a mí me sobraban y además se me conocía como pico largo –ni debajo del agua me callaba, cualquier cosa con tal de figurar, de llamar la atención, de demostrar que era la más lista; aunque esta es otra cuestión y nadie llega a esta página buscando “Cerebro Alicia”, ni “Traumas Alicia”-. Mis notas fueron excelentes hasta COU; eso, además de revelar mi edad (38, casi 39), no ayudaba.

Todo esto junto me llevó a una situación muy extraña: los chicos de mi clase me acorralaron, en una única ocasión, para tocarme las tetas. Fue humillante, me sentí frágil y estúpida porque no supe defenderme. Ellos eran cuatro o cinco aunque ahora sólo soy capaz de ponerles cara a Santi, a Andoni y al chico que les convenció de que se fueran con un grito de guerra que hace que se me encoja la garganta: Dejadla en paz. Si por lo menos estuviera buena…

De algún modo extraño no relacioné aquello con un ataque sexual. Me doy cuenta ahora. En mi cabeza da lo mismo que a una mujer le corten una mano o un pecho. Me atacaron, me empujaron, se reían, armaban mucho alboroto y yo me protegía las tetas porque ese era su foco de atención. Habría hecho lo mismo con mis rodillas o mis tobillos llegado el caso. Nadie atentó nunca contra mis rodillas ni contra mis tobillos, aunque una vez tuve que batirme en duelo con un chico de mi clase que descubrió que le había dedicado, en mi diario, una canción del Dúo Dinámico. Y no, eso no es de mi época, pero en mi casa se escuchaba mucho. Quiero decir lo siguiente: el abuso de mi infancia no dejó ninguna huella en mí. Viví el asalto de mi preadolescencia como un acto de violencia sin adjetivos. Todas las partes de mi cuerpo tienen para mí el mismo significado y merecen el mismo escrupuloso respeto. No me gusta que me toquen desconocidos –Hmmmm, quizá algún trauma sí me ha quedado-. En ninguna parte. Yo decido quién se acerca a mí. A cualquier parte de mí. Por igual.

Tres años más adelante yo ya me había convertido en una mujercita llena de complejos que se vestía para ocultarse: blusas y jerseys amplios –donde amplios quiere decir bolsas que me cubrían desde el cuello hasta medio muslo sin rozar siquiera mi cuerpo-, pantalones casi sin excepción, zapato plano. Aun así me las apañé para echarme novio. Fue un asunto de acoso y derribo, lo confieso. Confieso también que jamás he vuelto a acosar ni a derribar a nadie. Me he ido dejando querer. Después de ese novio llegaron otros, y alguno rollos esporádicos –pocos, he perdido mucho el tiempo-. y hoy en día me gustan los escotes y la ropa que se ajusta a mi pecho. Evolución personal, divino tesoro.

Me gustan mis tetas igual que me gustan mis ojos, me parece que tengo un pelo bonito, no me quejo de mis piernas, mi nariz me cae bien y, salvo por algunos puntos que estropean el paisaje, me parece que lo que veo cuando me miro al espejo entra dentro de lo correcto. Mi culo, por cierto, también me gusta: es generoso, se conserva firme y llena con gracia según qué vaqueros. Vamos, que sigo sin ser un pibón, pero tengo un polvo.

Dicho lo cual, no entiendo el entusiasmo que los pechos de una mujer despiertan en algunos hombres. Son una parte de la anatomía bastante absurda, de hecho: glándulas mamarias. Son fuentes de leche, se componen en su mayoría de grasa, sujeta por los músculos pectorales –de esto también tienen los señores- y, personalmente, no me inspiran mayor simpatía ni deseo sexual que las orejas o los gemelos. Será por lo de volver al seno materno, que es de lo primero que conocen los bebés. O será porque ellos no tienen. Aunque no, no creo que sea por la carencia de pechos, porque yo, que no tengo polla y que me declaro decididamente falócrata en el contexto sexual, no me excito en modo alguno con la visión del miembro viril.

Debe de ser una cuestión conductista: los hombres a los que les sucede esto se comportan como los perros de Paulov: asocian la visión de unas tetas con el coito igual que los animales asociaban el sonido de la campana con los filetes. De modo que los perros salivaban con el tañido, hubiera carne a la vista o no; y estos hombres disfrutan con la imagen de los pechos haya posibilidades de mojar o no. Les pediría que hicieran el ejercicio de mirar unas cuantas fotos de tetas bien gordas, o pequeñas, de las que más les gusten, hasta que se les pasara el subidón inicial. Hasta que vieran solo eso: tetas. Quizá se dieran cuenta de que no es la cosa para tanto y la siguiente vez que se cruzaran con la portadora de un buen par le prestaran más atención a la portadora que al par.

 

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